[La tradición poética mexicana es apasionada y controvertida. Como en la mayoría de las tradiciones, es extremosa y prende los ánimos. Es un organismo vivo en permanente mutación. Pese a lo anterior, no deja de ser un susurro en las librerías, si bien cada año se publican propuestas significativas y hasta temerarias. “Actualidad de la poesía” abrirá una vía de acceso a diversas voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que sostienen el presente poético de nuestro país. Manuel Iris (Campeche, 1983) ha publicado cinco libros de poesía: Cuaderno de los sueños (Tierra Adentro, 2009), Los disfraces del fuego (Atrasalante, 2015), La luz desnuda (Ediciones del movimiento poético de Maracaibo,Venezuela 2016), Frente al Misterio (Ediciones la Fragua, Ecuador 2016), y Traducir el silencio/Translating silence (Artepoetica Press, NY 2018)

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—¿Por qué escribir poesía?

“Prefiero lo ridículo de escribir poemas/ a lo ridículo de no escribirlos”, dice Wislawa Szymborska en un texto precioso, y yo le creo. Tengo la completa certeza de que escribir poemas es un modo de saldar cuentas con la realidad. Quiero decir que si la realidad es horrible debemos (debe la humanidad) contestarle con belleza porque eso es lo mínimo que podemos hacer, reaccionando. Y si por el contrario la realidad es hermosa, debemos igualmente contestarle con belleza porque es lo mínimo que debemos hacer, agradeciendo.

Debemos siempre recurrir a la belleza frente al mundo, no para maquillarlo sino para entenderlo. La belleza no es una distracción sino una inmersión en la realidad. La belleza punza, despierta, mueve a quien la vive. Yo creo en el poema como agente de transformación de quien lo experimenta. La poesía es una forma de conocimiento, y un triple acto de comunicación entre nosotros mismos, los otros y la trascendencia.

Y además escribo porque se me da la gana, porque puedo y porque lo necesito.

 

—¿Cuándo sabes que el poema está terminado?

Yo renuncio a seguir corrigiendo un poema cuando he pasado a otro momento creativo, cuando mi sensibilidad se ha mudado de intereses o de tono. Ahí, cuando ya no puedo regresar a un poema sin traicionarlo, sin convertirlo en algo que no era al inicio, es que decido dejar de corregir. Hablo, por supuesto, de cambios de sentido y significado. Las cuestiones técnicas las abandono cuando me están volviendo loco, a veces luego de años. Tengo un ejemplar de mi primer libro lleno de correcciones. Prefiero, para dormir tranquilo, ignorar algunas de ellas porque estoy consciente de que hablan más de mi neurosis escritural que de los poemas mismos.

 

—¿Se ha modificado el oficio de la poesía con los nuevos medios digitales?

Se han modificado varias cosas alrededor de la creación artística, en general. El oficio, en cuanto a las prácticas de escritura, también lo ha hecho. Cada vez más poetas experimentan con nuevos soportes y cosas por el estilo. Yo no soy uno de ellos. Yo uso los nuevos soportes (publico mucho en páginas de internet, como cualquiera), pero no me concentro en ellos. Como escritor no me interesan el papel ni la pantalla, sino lo que se pone en ellos. Soy muy anticuado: me interesan las palabras.

Lo realmente nuevo, creo, es que la socialización de lo que se escribe por medio de redes sociales ha cambiado mucho el modo en que los textos se encuentran con sus lectores, y la manera en que esos lectores reaccionan, recomiendan, censuran o valoran lo que leen. Los lectores de hoy ya no son ni callados ni remotos. Este cambio en el lector, su nuevo poder inmediato, me parece lo más importante del nuevo modo de vivir la experiencia literaria.

 

—¿Aún hay lugar para la realidad social y política del país en el discurso poético? ¿Te interesa esa vertiente del acto poético?

La poesía puede hablar de todo. Cualquier cosa, cualquier tema puede ser el centro de un poema, siempre y cuando el poeta pueda lograrlo. Personalmente me interesan mucho los poemas políticos, pero escritos por otros. Salvo dos (tal vez menos) excepciones que he publicado en su momento, los poemas políticos me quedan muy mal. No me interesa mucho escribirlos. Leerlos, sí.

 

—¿Se benefició la poesía con las nuevas opciones para la autoedición, el libro electrónico o la proliferación de editoriales independientes? ¿O le resultó contraproducente?

Se beneficiaron los autores que no tenían acceso a editoriales formales. Por supuesto, esta libertad de publicar por cuenta propia trae como consecuencia una enorme multitud de libros de entre los cuales el lector tiene que seleccionar lo que vale la pena. Pero siempre ha sido igual: la cantidad de libros que se publican es muy superior a la de libros que valen la pena. Los lectores tienen, tenemos, el deber de separar la paja del trigo.

Pero no pasa nada: la poesía ha sobrevivido cosas peores. Esta sobreabundancia de publicaciones que se dicen poéticas es un molino de viento.

 

—¿Cómo sucedió el cambio de residencia a los Estados Unidos? ¿Qué aportó a tu labor escritural?

Yo llegué a Estados Unidos en 2006 para estudiar la maestría en literatura en la Universidad Estatal de Nuevo México. Luego de concluirla inicié mis estudios doctorales en la Universidad de Cincinnati, y al terminarlos conocí a la que ahora es mi esposa y bueno, me quedé. Sin embargo mi vida literaria en México ha continuado ininterrumpidamente. Incluso, ahora es justo decir que la mayor parte de mi obra publicada ha sido escrita en Estados Unidos.

Como es natural, esta experiencia de extranjería ha modelado mi manera de escribir y de concebir la escritura, cuando menos de dos modos fundamentales. El primero es la conquista de una libertad práctica: no estoy compitiendo por becas ni apoyos del Estado o la ciudad, de modo que no escribo muchos proyectos ni mis libros obedecen a proyectos. Por eso, incluso, he podido escribir y publicar muy poco, lo cual me parece un lujo. Mis libros son apenas dos: El cuaderno de los sueños y Los disfraces del fuego. Los otros libros hasta ahora son recopilaciones, antologías o selecciones de los primeros. En realidad, escribo cuando tengo la necesidad expresiva de hacerlo y no cuando tengo la obligación de publicar un libro que escribí porque tenía la necesidad de ganar una beca.

Con tanto dinero repartido en becas y premios, y tan pocos trabajos decentes, en México escribir puede ser un acto de necesidad económica. No me parece mal hacerlo, pero me parece terrible que esa circunstancia, esa necesidad, exista. He dicho muchas veces que el poeta mexicano necesita más trabajos permanentes y bien remunerados y menos becas de un año.

Igualmente se ha transformado la imagen que ahora tengo de mí mismo y de mi propia poesía. En Cincinnati mis amigos poetas son colombianos, puertorriqueños, dominicanos, españoles, venezolanos, etc. Cada uno de nosotros ha terminado por sentirse al mismo tiempo poeta de su país y poeta latinoamericano. Por supuesto que ya lo éramos, pero ahora lo somos de un modo más consciente y hasta militante. Antes, cuando vivía en México, estaba tan concentrado en la abrumadora vida literaria mexicana que sus sistemas de validación y reconocimiento literario me tenían completamente confundido. Yo pensaba, por ejemplo, que un poeta que hubiera ganado el Aguascalientes era ya un poeta consagrado. Y lo es: un poeta consagrado en Mé-xi-co, y ya. Y puede ser (suelen ser) completamente desconocidos en el orbe del idioma. México me ocupaba casi todo el espectro poético.

Entender, de verdad entender, que un poeta mexicano puede ser fundamental en México y completamente desconocido fuera, y que las estéticas de un país no coinciden con la de otro, fueron cosas muy importantes para mí, y creo que lecciones vitales y literarias como aquella han sido centrales para todos los que vemos nuestros países desde aquí.

En resumen, yo sé que soy un poeta mexicano y nunca dejaré de serlo, pero me asumo cada vez más como poeta latinoamericano, como poeta del idioma y como poeta a secas, gracias al hecho de que escribo desde Estados Unidos.

 

—¿Es perceptible la diferencia entre quienes escriben fuera del país y quienes viven en él?

Me parece que lo es, de distintos modos. Uno, el más claro, es que los que radicamos fuera estamos en constante contacto con escritores de otros países hispanos y terminamos por contagiarnos de su literatura. Incluso el español que hablamos se hace un poco la mezcla de todos esos modos del español en que vivimos. Algunos tenemos cuidado de no dejar esa nueva manera del idioma mostrarse en nuestra escritura. Otros no.

Por otro lado me parece evidente que, siendo la vida cotidiana distinta, sus frutos igual lo serán. Por ejemplo, yo estoy completamente seguro, cada vez que salgo a la calle, de que no voy a encontrarme a mi futuro tutor del Fonca, ni a mi compañero de beca, ni un amigo escritor mexicano. Tampoco estoy tomando cafés con nadie que puede ser mi competencia inmediata. No hablo de legitimidad literaria sino de la competencia encarnizada por dinero, ya sea para la subsistencia o por un grado de comodidad económica. Yo, en Cincinnati, salgo a la calle y ni siquiera escucho el idioma en el que escribo poesía. En México, muchos pleitos entre escritores que supuestamente se deben a motivos estéticos son en realidad guerrillas por dinero o prebendas. Mi distancia con esas minucias del campo literario mexicano me parece buena y la agradezco. Creo que algo similar sucede con otros escritores que desarrollan su trabajo desde fuera.

Al mismo tiempo, el precio de esta libertad es alto: uno puede ser muy fácilmente ignorado por los escritores que están en el país, y eso sucede, mucho.

 

—¿Qué has encontrado en la poesía que no tienen otros géneros literarios?

La sensación de que es mi idioma, mi territorio. Me encantan las novelas, y el cuento es mi género narrativo favorito. Pero no he podido escribir lo uno ni lo otro. La poesía es mi primer idioma, el que puedo hablar. Es mi casa. El ensayo igual es una habitación que siento mía.

 

—En la actualidad, ¿cuáles son los poetas que frecuentas?

Cada vez leo con más cuidado a Wislawa Szymborska (llevo ya un par de años regresando casi obsesivamente a ella), a su coterráneo Czeslaw Milosz —cuya antología “libro de cosas luminosas” me parece un prodigio total, una clase de cómo leer poesía— a Borges poeta y a gente como el mexicano Jorge Fernández Granados, que es uno de los poetas que más me interesa de mi país. Además, recientemente he frecuentado mucho a Fina García Marruz y a poetas religiosos, como la poeta americana Kathleen Norris o como Tomas Merton, quien igual se ha convertido en una especie de obsesión personal.

Por supuesto, en mi casa hay muchos libros de poesía y casi todos los días elijo algún libro al azar para leer por las tardes. A veces leo el libro completo, pero casi siempre leo durante horas desordenadamente. Soy un sistemático un lector de poemas, no de libros de poemas. Soy obsesivo pero desordenado.

Luego, la música: ahora estoy pasando de Arvo Pärt a otros compositores minimalistas o sacros contemporáneos, pero no dejo de escuchar salsa o boleros. Creo que la música es tan importante para mi poesía como la literatura.

 

—Recientemente fuiste condecorado como Poet Laureate de la ciudad de Cincinnati por el Cincinnati City Council. ¿Podrías explicar a los lectores cuál es el significado de este hecho?

Los significados son varios. El primero es lo que en Estados Unidos significa ser un poet laureate. Lo hay a nivel nacional, estatal y en algunas ciudades americanas. En Cincinnati y, por lo tanto, en el Estado de Ohio, significa que debido a algún mérito literario y de promoción de la literatura, el Ayuntamiento ha decidido nombrarme oficialmente como representante de la ciudad en todo lo que tenga que ver con poesía, y como promotor de la escritura y apreciación de género literario. Yo decido como hacer esas cosas y el nombramiento dura dos años. Es el mayor reconocimiento que un poeta puede tener en la región, y tiene resonancia nacional.

Por otro lado, que un poeta mexicano (no tengo la doble nacionalidad: soy solamente mexicano) que escribe en español sea nombrado el poeta laureado de una ciudad en la que los hispanos no tienen una presencia notoria, tiene otras lecturas, que son las que me interesan: creo que es una victoria para el idioma español, y una respuesta a las afirmaciones de que los mexicanos y los hispanos en general somos malos hombres, o delincuentes: somos artistas, hombres y mujeres trabajadores, y nuestro idioma es capaz de belleza y profundidad.

Estas afirmaciones, que deberían ser obvias, ahora no lo son. En mi caso, ahora mismo existir es protestar, es mostrar que es mentira lo que se dice que somos. Es probar que mienten, que se equivocan. Es celebrar la belleza del idioma, y la hermandad de aquellos que, en este país, han sido lo suficientemente generosos para elegir a un poeta extranjero como su poeta laureado. Eso es importante: es un gesto que da esperanza y que ayuda, igual, a pensar de nuevo que no todos los americanos son, tampoco, lo que podría parecer desde fuera. En general, el hecho de ser el poeta laureado de Cincinnati en estos momentos, significa muchas cosas literariamente, y más allá de la poesía.

 

—Leí en tus redes sociales alguna molestia porque la prensa nacional parece no estar atenta a sus escritores radicados en el exterior. ¿Es correcta esta apreciación?

Es correcta. El centralismo me ha molestado siempre. Como poeta mexicano da lo mismo vivir en Chiapas o en Yucatán que en Vietnam o Macedonia: basta con no estar en el DF para que lo que hagas sea poco visto y poco comentado. Por el contrario, basta con hacer una reunión en la Colonia Roma para encontrarte a todo mundo, hacer relaciones sociales y tener cierta presencia nacional, aunque sea efímera.

Estando fuera de México he podido concentrarme en publicar en otras partes (en otros países, quiero decir) y en no tomar tanto en cuenta esa realidad que, de vez en vez, me fastidia y molesta.

Estoy consciente de que esto no va a cambiar, pero no por ello voy a dejar de señalarlo.

 

—¿Aún es posible hablar de una poesía del compromiso social? ¿Eres un poeta comprometido?

Soy un poeta comprometido con mi propia poesía y con la idea de siempre decir la verdad, mi verdad personal, en ella. Por ello puedo escribir acerca de temas sociales cuando quiera y puedo no hacerlo cuando me plazca. No soy un poeta social y tampoco soy un escapista. Creo que todo poema es un acto político pero no escribo por consigna ni creo que sea posible hacer poesía programáticamente.

No soy un poeta comprometido del modo en que eso normalmente se entiende. Pero creo, por supuesto, que es posible hablar de poesía social: existe y es necesaria. Yo la escribo muy poco. Me gusta en antologías. Casi a nadie le sale un libro completo de poemas sociales que valgan la pena.

 

—La violencia se instala en la conversación diaria, incluso en su vertiente más radical. ¿Este panorama de sombras que se vive en el país permea hacia el exterior? ¿Qué idea se tiene de México?

En Estados Unidos, la idea de México varía de persona en persona y de contexto en contexto. La mía, desde fuera, es muy triste: creo que es el país es rehén de sus políticos, de la clase oligarca y del crimen organizado. Veo un país lleno de gente trabajadora y capaz, de gente esencialmente buena, que no puede vivir tranquila por la enorme codicia de gente que desea poder comprar un avión privado sin importar que para ello tengan que morir o sufrir literalmente miles de personas.

México es un país que sufre y cuyo gobierno, a todos los niveles, suele dar mucha vergüenza. Las próximas elecciones sirven muy bien para darnos cuenta de que prácticamente no hay salida. Es imposible ser optimista.

Por otro lado: el mundo entero va por caminos semejantes. Vivimos momentos políticos que dará vergüenza recordar.

 

—Has publicado cinco libros de poesía. ¿Cuál ha sido la respuesta de tus lectores?

Empecemos por decir que he tenido lectores, y eso ya es bastante para un poeta. Saber que alguien te lee, y luego tener contacto (las redes sociales me lo han permitido muchas veces ya) con esos lectores que quieren preguntarte cosas, mostrarte sus poemas, contactarte de diversas maneras, es precioso. He conocido gente que ha viajado varias horas para ir a una lectura de poesía y poder platicar luego, y he llegado a conocer en persona a lectores que me han escrito mensajes y correos electrónicos por años. Como es natural, varios lectores de mis poemas son ahora mis amigos, gente que aprecio y con la que mantengo contacto. He tenido mucha suerte. La respuesta de los lectores ha sido fabulosa.

Pero además están los otros lectores: los colegas, los escritores que yo también leo y con los que no pierdo contacto. Ellos son importantes, sobre todo cuando se vive fuera del propio país, porque te ayudan a no perder el sentido de comunidad, de amistad entre escritores. Son una parte íntima de lo que escribo.

A unos y otros, les agradezco. Nunca deja de parecerme un milagro que lo que uno escribe en soledad pueda significar algo para otra persona, en un contexto diferente.