La literatura occidental, vertebrada como un conjunto heterogéneo de obras, se ha alimentado más que ninguna otra con aportaciones de las más diversas procedencias. Otras, como la japonesa, la china o la africana —entendidas de un modo genérico—, mantienen su carácter casi impenetrable ya sea por el idioma o por los usos y costumbres. Obras de esas tradiciones se filtran a la occidental cuando sucede algún cruce cultural ocasionado por el exilio forzado o voluntario, o por el mero placer de relacionarse con elementos de orígenes diversos.

Encuentro significativa la obra publicada hasta este momento de Teju Cole, nacido Obayemi Babajide Adetokunbo Onafuwa en la ciudad de Nueva York en 1975, aunque de origen nigeriano. No fue gratuito el entusiasmo que suscitó Ciudad abierta (Acantilado, 2013), ya que en su mezcla de vivencia personal y apunte ensayístico, se logró un vínculo entre las exigencias de la vida posmoderna y el origen africano, marcadamente tradicional, que huele a tierra mojada y llama a sus hijos en el exilio. Pese a que las páginas se recorren en un escenario neoyorkino, Nigeria está presente. Esto recuerda a la trayectoria de Wole Soyinka, connacional suyo y quien obtuviera el premio Nobel de literatura en 1986. Ambas son escrituras que miran a los sitios de la actual consagración cultural, pero desde una periferia individual si bien amplia en perspectiva y alcances.

A esta fecha, la Gran manzana se mantiene como el escenario inimitable de la vida ultramoderna. Lo anterior en contraste con la agonía de una Europa que se devora a sí misma por el nuevo brote de los ultranacionalismos, y la mengua del experimento de la Unión Europea. Hoy por hoy, y pésele a quien le pese, todo sucede en Manhattan. Apenas otra ciudad de Norteamérica ofrece su aire cosmopolita y su capacidad para reinventarse a cada minuto, sin descanso. Cole nació en Estados Unidos pero creció en Nigeria y con el paso de los años, volvería a uno y otro sitio. El nuevo sincretismo es pendular y admite entradas y salidas de dos, tres o cuatro países, desde los cuales afilar la mirada para sugerir cómo el ser humano carece de habilidades para mantenerse quieto (que así sea). Ciudad abierta es una vista de microscopio a la vida norteamericana, con un tamiz africano, que vuelve sobre sí misma para confirmar porqué Estados Unidos se mantendrá como potencia de un modo indefinido.

Y como si se tratase de un díptico involuntario, en las páginas de Cada día es para el ladrón (Acantilado, 2017) Cole vuelve a Nigeria, en particular a Lagos, para rastrear cómo sus connacionales se estorban unos a otros hasta lograr que el camino hacia un progreso desconocido, sea largo y tortuoso. Las naciones africanas libran sus batallas contra la corrupción y el lastre de una clase política que no entiende (o prefiere no entender) los beneficios del modelo democrático, sumidas, por lo común, en guerras de intestinas que una vez que estallan deben resolverse en los escritorios del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Era lógico suponer que la visión de Nigeria de Cole es pesimista y crítica. Hay compasión, a ratos, pero también queja amarga. Parece fácil criticar cuando se vive en Estados Unidos y sólo se visita el país de origen de modo ocasional, sin embargo, el autor africano es consciente de su mejor situación y evita ponerla al frente para juzgar a los otros, los que no tuvieron más oportunidad que seguir cada día al frente.

La situación de Lagos es mejor que la de otros países africanos. Se tiene por la mejor economía de la zona. Su acceso al mar y relativa distancia del desierto del Sahara, ha vuelve un foco de atracción para el turismo de la sabana que busca adrenalina y caza furtiva. Pese a esto, el crecimiento demográfico y las luchas internas, entorpecen su conversión a una nación con procedimientos claros de cambio de control del poder público. Lo que Cole ofrece es la postal de una ciudad que no lucha por ser Nueva York y, por el contrario, se afianza sobre el rico pasado como emplazamiento africano. Es previsible que este autor dará obras de estimable valor y prueba de ello es este díptico sobre el origen, la experiencia de asumirse como parte de la diferencia y, finalmente, como un ciudadano a caballo entre varios lugares del mundo.