A fuerza de frecuentar títulos de literatura concentracionaria, ésta termina por mostrarse como una reiteración. Abunda el maniqueísmo y, pareciera, la intención de construir un relato colectivo casi idéntico. ¿En verdad no hubo un solo oficial alemán con algo de humanidad? ¿Todos eran robots llameantes sedientos de sangre? El registro de esa expresión literaria pide fidelidad a los hechos, con lo que se anula la posibilidad de plastificar la materia verbal.

Ya se ha contado una y otra vez el relato de lo sucedido en Auschwitz y Buchenwald, por mencionar a los dos campos de concentración más célebres, y ya se empieza a leer con algún cansancio. Esto, además, no sólo por escritores o artistas que se vieron afectados de modo directo por las políticas del Tercer Reich, sino también por individuos que testificaron parte de lo sucedido, como los que aparecen en el documental de Claude Lanzmann. Así que cada que uno está por iniciar una historia de los campos de concentración, adivina lo que hallará.

Sin embargo, la historia de lo sucedido en los campos de concentración —por ejemplo: cuál es la cifra de muertos más próxima a la realidad, o si en verdad hubo “cámaras de gas”—, se muestra renuente a queda en piedra. Diferentes voces, que van de investigadores serios a individuos antisemitas abiertos o velados, han cuestionado las cifras oficiales. Ahora que volví a las páginas de la Trilogía de la noche de Elie Wiesel (1928-2016), recuerdo los cuestionamientos del profesor Robert Faurisson sobre la historia de Wiesel, a quien recrimina que en el primer volumen de la trilogía, La Noche (1960), se hace referencia a que en Auschwitz los alemanes asesinaban en masa a los judíos obligándolos a caminar en las llamas o introduciéndolos vivos en hornos gigantescos. También le reprocha que los protagonistas de la historia, al final, hayan decidido irse con los alemanes en lugar de esperar la liberación soviética, lo cual supondría que el trato que recibían no era tan degradante como lo reiteran una y otra vez. Esto motivó que Faurisson llamara a Wiesel “el prominente falso testigo”, un apelativo que aún resuena cuando se menciona su nombre y el testimonio que escribió sobre la experiencia concentracionaria.

El informe Leuchter (1988) realizado por Frederick Leuchter, Jr., fue un parteaguas de la revisión sobre los hechos del Holocausto. Leuchter viajó a Auschwitz para colectar de manera furtiva trozos de las paredes de las supuestas “cámaras de gas”. Una vez que lo hizo regresó a Estados Unidos y las entregó a un laboratorio para su análisis sin explicar su procedencia o lo que buscaba. El resultado, según consta en el expediente judicial en contra de Ernst Zündel, es que no se hallaron restos de Zyklon B en las paredes, que tardaría décadas en esfumarse por la acción del mero paso del tiempo, con lo que se pusieron en entredicho los “gaseamientos” en masa de la población de origen judío. Los postulados del revisionismo oscilan entre posturas que van desde que no hubo una política del Estado alemán de exterminio o una instrucción de Hitler para hacerlo, hasta que no fueron seis millones los judíos asesinados sino muchos menos.

No queda constancia de que a Wiesel le haya importado lo que el revisionismo filonazi o de auténtica inspiración científica, haya expresado de sus libros. Lo que es un hecho es que negar el Holocausto es un delito en varios países europeos, lo que imposibilita las vías de acceso a la construcción de una verdad histórica de cara a los hechos. Lo anterior, no anula el valor literario de La Noche, en especial, ya que la historia de sobrevivencia de un padre y su hijo, resulta conmovedora hasta para los temperamentos menos susceptibles. Es una historia de sacrificio mutuo y comprensión epidérmica, con el trasfondo de un escenario ruinoso. El tiempo de la novela es secuencial y no admite inflexiones. Aquel horror de hambre y enfermedad fue degradante para los individuos y nadie merece un tormento semejante. Las dos entregas siguientes, El alba y El día, se leen cruzadas sólo de manera tangencial por el Holocausto. Los protagonistas son sobrevivientes que se vieron forzados a reiniciar su vida luego de que ya estaban convencidos de que lo habían perdido todo.

Tanto en lo literario como en lo cinematográfico, como espacio de conquista y persecución de lo humano y lo divino, el campo de concentración anda hacia el agotamiento de sus posibilidades. La sobreexplotación terminó por derramar la paciencia de lectores y espectadores y acaso el otorgamiento del premio Nobel de literaria a Imre Kertész en 2002, haya cerrado el ciclo para asomarse a esos horrores para dimensionar la acción del Estado en la vida del individuo, y lo que puede intentarse para que la experiencia no se repita. Sin destino (1975), al igual que La Noche —y otros libros de Primo Levi, Jorge Semprún, Jean Améry, etc.—, ofrecen un testimonio del hombre en condiciones inhóspitas para la sobrevivencia. Es un doloroso espejo en el cual mirarnos cuando nadie más quiere hacerlo.