Hay escritores cuya transparencia los hace acreedores a un lugar en las puertas de la experiencia literaria. Son quienes reciben a los nuevos lectores, ávidos de confirmar el poder de las palabras y de la imaginación. Algunas de sus obras, una vez confirmado por millones de lectores alrededor del mundo, les permiten asomarse a esa vivencia de la imaginación con la seguridad que ofrece un guía experimentado. Cada generación tiene los suyos, cuya presencia atiende a factores históricos de cada época. Pese a ello, algunos mantienen su lugar pese a quienes puedan llegar en el futuro, como es el caso de Julio Verne, Charles Dickens, Emilio Salgari, algunas obras de Shakespeare, etc.

Tuve la suerte de hallarme en los tempranos días de la adolescencia con las obras de Gerald Durrell (1925-1995), quien ejerció como ese Virgilio con el relato fabuloso de una naturaleza que lucha por mantenerse salvaje. Su labor como conservacionista ha opacado en parte su obra literaria, para quedar tan sólo como “el hermano” de Lawrence Durrell, autor, ese sí, del notable cuarteto de Alejandría y otras obras de gran significación. Esta apreciación, sin embargo, es equivocada. Gerald, admirado por el propio Lawrence, a quien le reconocía un carácter de temeridad incontenible y a un tiempo de una simpatía infinita, cuenta con una obra literaria comparable a la de Conrad aunque en un entorno natural de selvas, sabanas y entornos remotísimos de los que la humanidad sólo se acuerda cuando visita el zoológico.

La obra de Gerald Durrell es el relato de una épica para los tiempos sin ella. Me reencuentro con sus páginas sin desperdicio en las que relata cómo recolectó los animales necesarios para armar un zoológico, o cómo viajó hasta lugares remotos para “atrapar” (entrecomillo, no sin ironía) especies para diversos zoológicos. Estas acciones de Durrell, a la luz de una época en la que no pocos claman por el cierre de los zoológicos al considerarlos inhumanos, suenan escandalosas e incorrectas, pero relatadas por su autor integran un mosaico de acciones pícaras e hilarantes para disfrute de quienes dividen el hecho literario de las exigencias morales de quien ejerce la lectura. Nadie como él, además, ha ejercicio el arte de la autobiografía con ese garbo de singularidad y ligereza inteligencia. Páginas de Un zoo en mi equipaje (1960), por ejemplo, o de cualquier título de denominada “la saga del arca”, son grandes lecciones de relato de aventuras, humor y contacto con la naturaleza.

En parte es entendible el rechazo al hecho social del zoológico. Las escenas de maltrato son dolorosas y que Pablo Escobar haya fundado uno de ellos con dinero del narcotráfico, sin condiciones reales de conservación o con cuidado de expertos, ha demeritado la función del zoológico hasta volverlo un acto tiránico y caprichoso. No obstante, acciones como la de Durrell, con recursos de fundaciones para la conservación y estudio de las especies, ayudan en el entendimiento del mundo natural. La serie televisiva The Durrells in Corfu (de 2016 a la fecha), que adapta la vida familiar de los Durrell durante 1935 a 1939 en esa isla griega, devolvió el interés por su obra literaria por lo que hace a la parte autobiográfica. La trayectoria de Durrell es larga y fructífera, lo mismo en el aspecto de conservacionismo que en la autobiografía y la literatura a secas.

Durrell es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, pese a que la crítica no le otorgue el relieve que debería tener, ya que hizo del mundo natural el leitmotiv central de su obra, lo cual debe agradecerse pues lo distanció de cualquier forma de amaneramiento en la escritura. Eso lo volvió el menos snob de los autores. La transparencia que exige la descripción del comportamiento animal, o de un entorno que no ha sido visitado por el ser humano durante milenios, exige dotes de observación por encima de la media de los escritores. Si la literatura aún admite ser considerada como un gozo, transmisión de experiencia y ojos para ver lo que no nos fue dado vivir, y no sólo un juego mental con estructuras para desmontar, Durrell es un príncipe que no necesita cortesanos pagados porque detrás suyo hay lectores agradecidos por las páginas de sensibilidad con los animales.

En la parte estrictamente literaria, El paquete parlante (1974), por ejemplo, mantiene su lugar en el gusto de los más jóvenes, pues con su lectura desarrollan habilidades para integrarse a un mundo que los recibe con los brazos abiertos. Con Durrell no hace falta nada más que transparencia en el relato, su modo de contar exige visibilidad total. Apenas algunos de sus lectores podrán viajar a los sitios fabulosos a los que él tuvo acceso, pero la obra literaria es una aproximación afortunada para cualquiera que disfrute el relato de aventuras en medio de fatigosas travesías.

Por supuesto que la competencia que enfrenta Durrell con los nuevos documentales de naturaleza no es menor. Las nuevas tecnologías permiten no sólo acercarse a especies en su hábitat natural, de muy difícil acceso, sino reconstruir sus ceremonias de apareamiento, alimentación y sobrevivencia. Quien no conozca a Durrell podría pensar que cualquier canal televisivo dedicado a la naturaleza lo hace mejor que él. Y, pese a ello, su olfato de naturalista del siglo XIX, aunado a una emotiva capacidad para relacionarse con el entorno, transforma el mero registro de los hechos en literatura a secas, en hecho narrado para encapsular una vivencia sazonada con una saludable dosis de ironía con respecto al ámbito humano y, a su vez, con una aceptación de que puede hacerse mucho con los recursos de los países del primer mundo.

El ambientalismo radical, como cualquier otra forma de fundamentalismo, pasa por alto los beneficios que se han logrado para la conservación de miles de especies. Por supuesto que es necesario limitar la caza y pesca que no respeta los periodos de veda, que utiliza métodos inhumanos para la recolección, o que gusta de infringir dolor innecesario en las piezas. Pero cancelar la opción de llevar especies para fines de estudio o conservación es negarnos, como especie, a una forma de interactuar con el mundo que nos rodea. Regreso a las páginas de Viaje a Australia, Nueva Zelanda y Malasia (1966) para comprobar que el viejo raconteur, sentado alrededor del fuego, se transformó en un cronista con forma de telescopio para entrever geografías remotas e inaccesibles. Cada línea de Durrell suena escrita por el primer hombre sobre la tierra.

La imaginación apenas necesita estímulo si se manifiesta como un principio vital. No obstante, ciertos entornos generan una experiencia envolvente, lo cual funciona como un motivo para fabular sobre los alcances de la percepción. En mi caso, los zoológicos me hipnotizaron desde el primer contacto. Entiendo que a Borges le sucedió lo mismo, que los visitaba con su hermana Norah. No es difícil sentirse atrapado por el color del pelaje de algunos animales. El paseo, además, tiene la virtud de generar nuevas filias. Ya era un devoto de la vida al natural —difícil no anhelar un amanecer en el campo, lejos de los errores de la civilización—, pero al mirar con atención la dinámica de sus procesos se me reveló una gama insólita de posibilidades. No he hallado una mejor fuente de palabras que la intuición, acaso porque concluye irrefutable y ese es su mejor transcurrir. Desconfiar del yo equivale a un suicidio sin necesidad de disparos.

Al final, luego de explorar de nuevo varios de sús títulos, Durrell recuerda a la línea de Friedrich Nietzsche en El paseante y su sombra: “No pienso leer ni un solo autor más al que se le note que quería hacer un libro: tan sólo a aquellos cuyos pensamientos, de improviso, se volvieron libros”. Y es que las aventuras de este autor, de pronto, se volvieron libros, y esto amerita celebrarse.