VI. Punk latino en Estados Unidos: Los Crudos y The Casualties

 

Estados Unidos terminó por parir una realidad más compleja de lo que pudieron proyectar, en sus sueños más imaginativos, los Padres fundadores. Su geografía inmensa, que por ahora ya cobija a casi cualquier tipología humana y cruce posible, genera problemas que cuando no se atienden o intentan minimizarse lesionan de gravedad al tejido social en rubros tan sensibles como el terrorismo, la xenofobia o el tráfico de armas sin control. La realidad norteamericana tiene un lado amable, hecho de la ebriedad que genera el consumo ilimitado, y otro siniestro de millones de muertos cada año por hechos asociados a la violencia de sus calles. Este modo polarizante de composición social logró un excelente fermento para que los partidarios del punk, tanto músicos como simpatizantes fervorosos, hallaran problemas por doquier para escribir sus canciones. La nación más poderosa del mundo alimentó con sus repetidas crisis el discurso contestatario.

Durante los años de la Guerra fría, que dejaron tras de sí una estela de temores y desconfianza hacia los gobiernos, capitalistas y comunistas por igual, el espectáculo de horrores prometía no tener fin. Los países latinoamericanos, victimizados bajo la hegemonía política norteamericana, se vieron sometidos a su ámbito de influencia, que incluyó lo mismo una agresiva política en contra del régimen castrista, que intervenciones militares en Panamá, Chile o Nicaragua. La segunda mitad del siglo XX, y en específico las dos últimas décadas, fueron un espectáculo permanente de violaciones a los derechos humanos, polinización forzosa del modelo “democrático” con cualquier método imaginable y, por encima de todo, la distribución masiva de un mensaje fuera a través de los medios de comunicación o de la industria fílmica, de que los Estados Unidos aún eran una tierra de libertades para todos, sin distinción de origen, nacionalidad o lengua, en donde no faltaba nada más que estirar los brazos para recoger los frutos de esa tierra pródiga.

Esa promesa, que en parte fue verdadera, alentó a millones de personas alrededor del mundo a realizar la travesía para instalarse de forma permanente en los Estados Unidos. El país se pobló con nacionales de los países más disimiles, esparcidos por todo su territorio aunque agrupados bajo sus propias señas de identidad. Latinos y árabes en general, sin distinción clara de nacionalidad, chinos, italianos y otras nacionalidades menos identificables para el ojo distraído, se instalaron en el país del norte para vivir el sueño americano y, de ser posible, hacer aportaciones sociales y culturales en cualquier ámbito de la actividad humana. La música popular, entre ellos, en donde los Estados Unidos han destacado en géneros como el blues, el jazz y el reggae, todos ellos con ritmos de origen africano.

En ese ambiente de sincretismo, que sin ser abiertamente hostil tampoco motivó la integración total, surgieron bandas de punk de origen latino cuya misión fue subrayar los abusos a la población llegada de otros lugares, la cual apenas aparecía retratada en las películas de Hollywood o en las series de televisión transmitidas en todo el mundo. No fueron demasiadas estas bandas, que escasamente podrían competir con las bandas “locales” blancas, aunque sí hubo quien cantó la diferencia y lo hizo con plena conciencia de la marginación. Eran punks e inmigrantes ilegales o legales, en un país que preconizaba toda clase de fantasías utópicas sobre el “libre mercado” y la “libertad de expresión”, pero que en realidad hacía lo posible para neutralizar narrativas en las que se eclipsaran las coloridas imágenes de felicidad sin límites de la vida norteamericana. Denunciar las dificultades de trabajar para sobrevivir con una familia numerosa en casa, a partir de oficios miserables para individuos de la misma nacionalidad, se por ejemplo, se reveló como una forma musical de resistencia. El punk se encontró con el paraíso de los problemas contra los cuales dirigir sus dardos.

Chicago vio nacer en 1991 a una de las bandas más poderosas de la década, formada con un componente latino: Los Crudos. Martin Sorrondeguy, líder de la banda, de origen uruguayo, junto con el guitarrista José Casas, perfiló sus canciones para actuar en contra de la discriminación, el racismo y la homofobia, como rubros principales. Y si bien escribieron algunas canciones en inglés para conectar con la audiencia local, la mayor parte de su repertorio fue escrito en español como una forma de marcar la diferencia e invitar al público anglosajón a asomarse a otras formas de expresión cultural. Canciones Para Liberar Nuestras Fronteras (1996), el primer disco de larga duración de Los Crudos, luego de varios sencillos y discos conjuntos con otras bandas, se produjo apenas sin recursos y se distribuyó como sucede con todo lo que se produce en la escena underground: de mano en mano y a paso de hormiga. Pese a ello, la fuerza de sus canciones —explosiones sonoras que duran segundos, en realidad—, no han dejado de escucharse en todo el mundo. Los Crudos, si cabe señalarlo, además de canciones poderosas y enérgicas, han legado un modelo moral de actuación frente a la injusticia.

Se percibe irritación en la música de Los Crudos. Hay malestar y rencor, enojo y deseos de mostrar sin cortapisas. La tierra de la libertad no cumplió a todos las promesas que le dieron brillo y un renombre ya no es sino un vestigio. El espectáculo de las dictaduras militares, el encierro y acoso a los homosexuales, la falta de oportunidades laborales o educativas para los inmigrantes, nutrió su discurso hasta volverlo una referencia para quienes llegaron con aspiraciones de crecimiento y desarrollo, y se encontraron con muros de segregación y xenofobia. Sorrondeguy, junto con Los Crudos, generó un sistema de canciones para poner a punto la rabia de quienes padecen la exclusión en carne propia. Ya no sólo se trataba de quejarse, una y otra vez, sino de transformar ese malestar en acciones. Mostraron que es indispensable fusionar el punk con la acción directa. La vieja escuela de cantar contra la reina, así fuese desde una barcaza en el Támesis, se volvió un referente anémico y acrítico, sin motivación real para enfrentar un mundo lleno de problemas sin solución a corto plazo.

El crecimiento poblacional de los inmigrantes en Estados Unidos no deja de crecer. Esos punks que llegaron en la década de los noventa se casaron, fundaron familias y tuvieron hijos, buscaron oportunidades en el país que los había acogido a la buena o a la mala. Los Crudos dedicaron sendas canciones a denunciar toda forma de marginación. El latino y, en general, el extranjero ha sido utilizado como carne de cañón para realizar las labores que nadie quiere hacer. Se les tiene en menos y, de modo velado, hay un pacto mudo entre los norteamericanos originarios de reservar los mejores espacios sociales para preservar su élite dirigente. El hecho de que Barack Obama haya llegado a la presidencia genera un precedente de relevancia, pero Donald Trump encarna un retroceso a favor de la intolerancia y la xenofobia. Esto hace que el discurso de Los Crudos se encuentre más vivo que nunca, lo que no deja de ser lamentable, ya que Sorrondeguy sería feliz de no tener que denunciar más los abusos a los inmigrantes.

Casi de manera paralela a Los Crudos aunque en Nueva York, nació una banda con preocupaciones semejantes: The Casualties, que estuvo liderada por Jorge Herrera, de origen ecuatoriano, y quien abandonó a fecha reciente la banda, luego de más de veintisiete años de labor continua. Esta banda mira a la realidad norteamericana desde la perspectiva del atraso y la miseria que padecen los olvidados de siempre. El primer álbum de la banda, For The Punx (1997), fue un excelente banderazo de salida para confirmar que lejos de estar menguado por el paso del tiempo, el punk aún puede ser un portavoz de las demandas sociales de los más jóvenes, que por lo común viven fuera del aparato productivo y son críticos de su entorno. La misión central de The Casualties, en poco más de treinta años de carrera musical, ha sido poner el dedo en la llaga en los problemas que aquejan a la sociedad norteamericana, y no sólo a los inmigrantes. Esto porque una parte estimable de la población originaria de los Estados Unidos, también vive en condiciones de miseria pese a las ayudas que el propio gobierno les dispensa. El modelo liberal y democrático se empieza a descoser y alrededor suyo van quedando anillos de pobreza y segregación.

The Casualties, a diferencia de Los Crudos, eligió cantar en lengua inglesa, pero en 2005 reeditaron su disco In the Front Line y lo cantaron en español: En la Línea del Frente. El asunto de la lengua es de primera importancia cuando se vive en un país extranjero, ya que es un importante punto de contacto con otros connacionales dispersos que necesitan de un vínculo compartido. Tanto Los Crudos como The Casualties dan testimonio de las dificultades que implica abrirse paso en otro país desde la música, y más aún desde el punk, que por definición genera una actitud en contra del sistema. Ambas bandas recorrieron caminos llenos de dificultades en los que se impuso la amistad, el gusto por la música y una devoción compartida por detectar en qué momento la distribución de la riqueza se volvió inequitativa. Su música puede o no gustar, pero el ejemplo de tenacidad y entrega merece respeto.

Las naciones mutan y lo hacen de manera constante, casi imperceptible. Quizá para la década de los ochenta aún era posible llegar a Estados Unidos con un sueño y materializarlo con apoyos gubernamentales o privados. Ya para la década de los noventa y más aún llegado el fin del milenio, todo cambió para revelarse más complejo e inhóspito. Se ha modificado el esquema de valores del país más poderoso del mundo. La multiplicación exponencial de la población, aunada a la falta de recursos, limita las posibilidades de desarrollo de los individuos. El Estado, antes providencial y protector, se quita del camino para dejar que cada quien logre lo que pueda. Esto genera incomodidad y malestar en los más jóvenes. Entramos en una época crepuscular.