El primero de julio, cerca de medianoche, una vez que el candidato de Morena a la presidencia de la República dio su discurso en el zócalo, cerré mi cuenta de Facebook. Esa red social en específico fue engullida por sus partidarios, como él mismo lo señaló al referirse a las “divinas redes”. Se volvió casi imposible hacer un planteamiento crítico o escéptico de su programa político sin recibir toda clase de ofensas. Pero mal haría en atribuir mi salida de Facebook sólo a ese triunfalismo, que adoptó la forma de la agresión más temeraria, ya que meses atrás de ese hecho detecté que mi tiempo de navegación se incrementaba de manera alarmante.

Meses atrás me había propuesto salir para dedicar ese tiempo a otros proyectos, pues el tiempo nunca sobra y los pendientes se acumulan. Lo hice una y otra vez y siempre volvía con la actitud del reincidente. Experimentaba estas vueltas como auténticas recaídas de un preso de sí mismo. Durante esos días, en que me perdía las noticias falsas —que dan más de qué hablar que las verdaderas—, las imágenes de animales rescatados por la bondad humana y, en general, del espectáculo del mundo, sentía que la historia pasaba frente a mis ojos con un apretón de teclas y yo me rehusaba a ser parte de ella, así fuera como espectador. Facebook genera la impresión de que todo sucede dentro de sus límites, lo cual es tan equivocado como alucinógeno.

En mis años de usuario (2008-2018), me permití utilizar esa red social como quien camina en una plaza pública y entabla conversaciones con desconocidos. Este modo de uso, en contraposición a quien sólo la utiliza dentro de los límites de lo conocido, amplifica su potencial hasta límites insospechados. El círculo familiar y de amistades, por lo común, es limitado y evita cualquier interacción sorpresiva. En cambio, agregar a personas de otros países, de tendencias diversas, incluso con ideas contrapuestas, permite asomarse a la gran licuadora del mundo. Aquel timeline, llevado hasta el límite de los cinco mil usuarios permitidos, fue sentarse en un polvorín. Todas las formas posibles de registro de la realidad pasaban frente a mis ojos, de manera permanente. Desde quien registró un choque vial con su teléfono a suicidios en vivo —los usuarios orientales son especialmente mórbidos—, ese timeline se convirtió en la nueva televisión sin ningún tipo de censura. Era la felicidad en la pantalla, pero también la posibilidad más auténtica para tirar el tiempo por la borda.

Facebook, a su modo y con sus limitantes, es un enorme libro de un presente que nunca deja de suceder. Con los meses modulé a quienes no se ajustaban a mis parámetros de seriedad o respeto por la diversidad. Este proceso fue lento. En esa red pasean miles de usuarios sin nada de interés para compartir, cuyas publicaciones son ecos de ecos de ecos. En la parte más escabrosa y menos visitable, abundan grupos cerrados sobre los intereses más diversos. En Facebook puede leerse información que no circula en ningún otro lado, con detalle y sistematización. Un mundo paralelo habita en Facebook, listo para desempacarse por los ojos que necesiten tal o cual forma de consuelo. Luego de una década ininterrumpida, me doy un respiro de Facebook. A poco más de un mes de ausencia, retomé una novela empezada, corregí tres libros pendientes y recobré tiempo de vida el cine, la lectura y el paseo de ocio. Ya no me enteraré de la actualidad más epidérmica, pero si debo enterarme de algo, la información llegará a mí de modo inexorable.

En el ámbito de lo político, la actitud escéptica que debe guardar la intelectualidad del país cedió paso al entreguismo y a las muestras irrestrictas de beneplácito. El espectáculo de las pasadas elecciones no fue la denominada “consolidación de la democracia”, como algunos se apresuraron a promulgar, sino la revelación de uno de sus vicios menos previsibles: la masa es un tractor en movimiento que acalla la diferencia con la fuerza del número. ¿En verdad es el modelo más avanzado para organizar a la sociedad? Me mantengo en una duda razonable. El entorno de hostilidad hacia la diferencia y el escepticismo partieron en dos a la sociedad mexicana, lo cual no es saludable ni debe fomentarse. Pero así sucedieron los hechos y los rencores se mantendrán incluso si el candidato de Morena logre o no materializar sus proyectos.

Me quedé con Twitter por ser una red menos personal y porque lo tengo constreñido a unas pocas personas a las que sigo. Esto es fácilmente regulable. Facebook, sin embargo, se volvió el principal aparato de prensa del partido ganador, con la ayuda de millones de espontáneos incapaces de ejercitar los principios más elementales de prudencia y sentido crítico. Mi razón de ser en la arena pública ha sido y es la literatura, su trato frecuente y la consignación de algún entusiasmo, aunque sobra decir que eso tiene un alto componente político. Vuelvo a mi escritura hasta que el tiempo político mejore las condiciones de participación de las voces críticas, o el desastre de la realidad logre sacar del marasmo a quienes saltaron a las vías del tren incluso cuando sabían que no tardaría en llegar a la estación.

Facebook, entre tanto, es un territorio hostil por el que mejor conviene no andar sino hasta que se estabilice la realidad política del país.