VIII. Punk argentino: Los Violadores, Todos tus muertos y Ataque 77

 

 

El punk hecho en Argentina enfrentó condiciones más adversas para su desarrollo y permanencia que en otros países del continente americano. El Proceso de Reorganización Nacional —eufemismo para llamar a la dictadura cívico-militar— terminó en 1983 y nada más recibir la administración, Raúl Alfonsín dedicó sus esfuerzos a lograr reestablecer al mercado como una de las vías primarias para el desarrollo del país. El régimen impuesto por Jorge Rafael Videla sobresalió por dejar tras de sí un rastro de sangre que aún lesiona la memoria histórica de la nación argentina. Los desaparecidos por el régimen se cuentan por miles y, a esta fecha, no se ha logrado averiguar su destino, no pocos de ellos asesinados con métodos inhumanos con la intención de borrar cualquier rastro. Casi la totalidad del Cono sur, enfermo de dictaduras militares, buscaba su camino hacia la modernización a través de la libertad de expresión como herramienta de una sociedad que demandaba empleo, justicia y equidad, servicios de salud accesibles, pensiones gestionadas con responsabilidad social, etc. Esta es la fisura que permite al punk brotar como discurso para una juventud ansiosa de insertarse en la sociedad y hacer una aportación de valor.

Raúl Alfonsín, por su parte, entregaría el poder a Carlos Saúl Menen en 1989, año en que se derrumba el muro de Berlín y se sacude la órbita occidental con lo que parecía ser la victoria del capitalismo por encima de la barbarie socialista, ya para entonces puesta al desnudo por los excesos de su burocracia. La percepción general era que el mundo ya era un mejor lugar para vivir, sin embargo, pronto aparecerían las amenazas del capitalismo finisecular: rapiña financiera a los mercados pequeños, volatilidad de la inversión extranjera, una distancia cada vez mayor entre las clases sociales, falta de solidez en las monedas nacionales de los países pobres, etc. Los estragos provocados por estas tendencias despertó a los luchadores sociales, quienes dedicaron sus energías a contrarrestar (en lo posible) el avance del nuevo capitalismo sin control. De manera paralela, comienzan las políticas públicas de adelgazamiento del aparato burocrático. Múltiples empresas de ramos sensibles fueron entregadas a los particulares, sin ningún interés por hacer extensivos los beneficios sociales, con lo cual se inició el neoliberalismo.

Por lo que hace al punk, Argentina siempre ha mantenido lazos con Inglaterra y la nueva tendencia se dispersó con rapidez. Las primeras bandas brotaron a principios de los años ochenta, presentándose a tocar en lugares miserables, por lo común en la periferias de las ciudades, en los que era difícil iniciar el concierto por la falta de organización, el desorden de una audiencia juvenil y amante de los destrozos a la propiedad pública y privada, y el acoso de las autoridades, que veían en el punk a los nuevos agentes de la destrucción debido al pelo pintado de colores y la ropa negra de piel con estoperoles. Más de un conservador habrá pensado que se cernía una amenaza sobre la sociedad argentina, mayoritariamente católica. El tiempo probaría que no hay nada de qué preocuparse.

Se ha vuelto lugar común citar que Los Violadores fueron la primera banda de punk argentina que logró grabar un disco, lo que los proyectó en un primer momento al estrellato. Fueron, a su modo, los primeros en mostrar el género a una audiencia impoluta a la que ofertarle una nueva modalidad de juventud, enfática en asuntos de libertad, sexo libre y uso de las drogas para fines recreativos. Su misión fue abrir brecha y organizar aquellos primeros conciertos, que no convocaban a más de cincuenta personas, si bien la policía se presentaba en el lugar para asegurarse de contener aquel tumulto de jóvenes. Sus discos llegaron tarde a México —era una época sin internet—, y eran conocidos sólo por los más eruditos del género o que tenían vínculos con Argentina por alguna razón. Los violadores no podrían haber entrado a “Rock en tu idioma” por el mero nombre de la banda —desquiciante al primer contacto—, pero también porque sus letras fueron de crítica a la dictadura militar y las empresas musicales que desean mantenerse a flote, evitan inmiscuirse en asuntos políticos. La banda subsistió de presentaciones en barriadas clasemedieras con canciones que oscilaban entre el punk, ska, reggea, rock pop y otros géneros que vinieron bien a la revitalización del punk. Su primer álbum, Los Violadores (1983), es un disco de grandes canciones para celebrar la ruina, la adversidad y los momentos felices que ofrece cualquier vida.

Ahora bien, pese a ese despunte de los primeros días, no se les recuerdan como “padres fundadores” del punk argentino. Ese lugar corresponde, a decir de los conocedores, a la banda Todos tus muertos, una agrupación argentina de fuste y belicosidad con un discurso enérgico y sagaz de crítica a la autoridad. El punk de ese país hizo de lado las interpretaciones programáticas del marxismo para concentrarse en críticas espaciadas, no pocas veces humorísticas, sobre la experiencia de ser pobre. El punk de Argentina, diferente a cualquier otro del continente, dedicó sus energías al aspecto melódico y no sólo a ser panfletarios para incitar a los jóvenes a intentar una revolución, ya por entonces imposible por donde quiera que se intentase. Su primera entrega, Todos tus muertos (1988), dejó claro que podían hacer “rock duro” para luego transitar hacia ritmos menos estridentes. Este punk, al igual que el muchas bandas argentinas, se esmeró en llegar a las masas, antes que refrendar el elitismo revolucionario que terminó por alejar a los más jóvenes, que no se entregaron fácil a las causas sociales y también a quienes habían perdido su confianza en la militancia como una vía para lograr un cambio social.

Tanto Los Violadores como Todos tus muertos, además de otras bandas como Flema, pese a la muerte de su líder Ricky Espinosa (1966-2002), dieron vida a una escena plural de hallazgos y pérdidas, latidos imperceptibles y felices estridencias con las cuales mostrarse ante la sociedad como una juventud diferente a las anteriores. La guerra de las Malvinas (1982) dejó material suficiente a los punks argentinos para componer canciones de irritación por los hechos bélicos, y asimismo para escribir historias de separación y ausencia. La guerra no pierde sus cualidades para motivar la escritura de canciones y los punks argentinos mostraron sus cualidades para quejarse del poder con hilaridad e ingenio. Algunas bandas lograron asentarse en el tiempo; otras, como Acción Directa (1993-1997), dieron un puñado de canciones que aún son recordadas como parte de lo mejor del género. Fue de las últimas bandas en darle una oportunidad a la revolución como temática.

Correspondería a Ataque 77 abrir el género al mercado, en la difícil disyuntiva de compaginar su raigambre punk con grabar en sellos multinacionales, ya que la lucha contra el neoliberalismo significó rechazar cualquier cercanía con el capital financiero internacional. En esta batalla, Ataque 77, no siempre saldría bien librada. Esto porque en la década de los noventa se llegó a la conclusión de que entregar sectores prioritarios del desarrollo a la iniciativa privada, equivalía a inocular células cancerígenas en la sociedad, que se mostró renuente a sopesar desde una otra perspectiva la aportación económica de las empresas. De nada importaba que generasen empleo o que aportaran materias primas para el desarrollo del país, si eras una empresa y además multinacional, eras el enemigo del Pueblo. Y más: llegado cierto punto si un producto venía del extranjero, actuaba en contra de aquellos que se producían en el país, lo cual afectaba los intereses nacionales. En un extraño viraje, el internacionalismo de izquierda, capaz de hermanarse con cualquier individuo por el mero hecho de no poseer los medios de producción, mutó para intentar una defensa de la patria como centro neurálgico para preservar los valores nacionales. La petroquímica, la electricidad, las áreas protegidas y otras más, debían ser propiedad de la nación.

La influencia de The Ramones en el punk argentino actuó el sentido positivo y negativo. Muchas bandas suenan idénticas a la banda neoyorquina, aunque esa mímesis coadyuvó para distanciarse del punk más primitivo, monotemático y repetitivo, que terminó por ahogarse a sí mismo. Fue el caso del punk mexicano, por ejemplo, y del peruano. En esa estela, bandas como 2 minutos y Fun People llevaron el género hacia ritmos inexplorados que convocaban a una gran cantidad de jóvenes, deseosos no sólo de criticar al poder sino también de bailar y hermanarse a través de canciones para compartir. A diferencia de lo sucedido en otras geografías, la criptosimpatía de Argentina con el nacionalsocialismo alemán por los hechos de la Historia, generó bandas de skinheads practicantes del Straight edge. Esta es una forma de moralidad punk, semi hermética y agustiniana, que rechazaba las drogas, el alcohol y cualquier forma de corrupción del cuerpo, ya que les parecía que eran otro complot del capitalismo para destruir a la juventud consciente. Argentina, siempre más adelante que el resto de los países hispanoamericanos, logró adaptar lo mejor de Europa y Estados Unidos para generar un movimiento político y musical que alimentó la esperanza de miles de jóvenes. Aquello ya terminó y los movimientos musicales posteriores (noise pop, post-punk, grunge, etc.) continuaron los hallazgos de los punks. El término “independiente” pierde sentido. Una vez que ya había las condiciones necesarias para darle cabida a los movimientos musicales radicales, disfrutar con los formatos estandarizados de la rebeldía, pagados por empresarios sin rostro, se ha vuelto una normalidad desde la cual olvidarse de la anarquía, los movimientos sociales, los derechos de los animales y las búsquedas que cohesionaron a los jóvenes para darles una dirección en tiempos revueltos. Quedan los vestigios de una acción colectiva que cambiaría la música popular de Argentina y del resto del continente.