La tradición poética mexicana es apasionada y controvertida. Como en la mayoría de las tradiciones, es extremosa y prende los ánimos. Es un organismo vivo en permanente mutación. Pese a lo anterior, no deja de ser un susurro en las librerías, si bien cada año se publican propuestas significativas y hasta temerarias. “Actualidad de la poesía” abrirá una vía de acceso a diversas voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que sostienen el presente poético de nuestro país. Rubén Márquez Máximo (Puebla, 1981) ha publicado 2 libros de poesía: Pleamar en vuelo, Ediciones Alforja (2008) y Las batallas de Eros, Valparaíso México (2016).

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—¿Por qué escribir poesía?

Es evidente que existen muchas maneras de contestar la pregunta. Ahora pienso en ésta: la poiesis, es decir, la creación, implica cierto acto de hedonismo. Toda obra parte del vacío que los dioses notan. A este primer momento, sigue el deseo de colmar la nada con imágenes, sonidos y todo sentido que pueda ser percibido. Y después de este acto creativo viene el momento de la contemplación, momento de placer por ver que la materia tomó una forma. La poesía, por lo tanto, en un primer momento es consciencia de orfandad. El poeta mira a su alrededor y a pesar de que ve un mundo poblado de imágenes y sonidos siente un vacío. Existe el presentimiento de que algo falta, ese algo es el poema que se nutrirá del impulso creador. Entonces, primero es un vacío y luego la plenitud de la creación, la angustia seguida del goce.

[Imagen proporcionada por el autor]

Hace tiempo, en la época de cuando uno comienza a descubrir la fuerza de la creación, había perdido un amor. En esos días tuve el deseo de pintar una famosa obra de Egon Schiele, la pintura que habíamos disfrutado juntos y que de alguna manera recreaba a la mujer que se disipaba en ese momento. Había un placer extraño en recrear aquella imagen, en ver cómo las líneas y los colores del óleo comenzaban a tomar forma. Aquella sensación que me daba el poder de la experiencia creadora fue lo que me ayudó a sobrellevar las primeras semanas de la nueva vida que se instauraba, una vida en donde no estaba ella, pero sí el cuadro que terminé pensando en su rostro. Escribo poesía porque miro el mundo y siento un vacío que sólo puede llenar el poema. Entonces, el poema es la recreación y goce de una imagen que no podemos asir, la imagen de un deseo.

Por otra parte, toda creación implica el acto de manipular la realidad por medio de la modelación de la materia. Recordemos que Aristóteles decía que mientras el poeta trabaja con las palabras, el escultor lo hace con el mármol y el músico con los sonidos. Todo poeta es un gran manipulador. Por un lado, manipula las palabras, les da un orden, las confronta y las hace cantar. Por el otro, manipula al lector que mueve su ser al ritmo del poema. Se trata de un yo que por medio de la manipulación del lenguaje manipula el ser del otro, sus pasiones y su intelecto. Como el flautista de Hamelin o como las sirenas de la Odisea, deseamos que con nuestro canto el otro haga lo que deseamos, que sienta o piense a nuestro antojo. Ese dominio es la fuerza que busca el poema, el rayo de Zeus y la fuente de un placer que sólo el acto creativo nos otorga.

 

—¿Cuándo sabes que el poema está terminado?

Cuando el poema alcanza la precisión del rayo. Esa precisión la entiendo en dos sentidos. En el primero, uno tiene la certeza de que al poema no le falta ni le sobra ninguna palabra y que cada palabra está colocada en el lugar necesario. En el segundo debe haber una correlación entre la logopea, la fanopea y la melopea. Sentido, imagen y ritmo deben ser una sola unidad articulada. Hay poemas donde el ritmo guía a la imagen y al sentido, otros serán gobernados por el sentido y otros por la imagen. Sin embargo, los tres elementos deben estar presentes para servirle al lenguaje del poema. En mi caso, cuando puedo leer el poema en voz alta sin detenerme es el momento de concluirlo para pasar al siguiente. Llegar a ese instante no es fácil y el camino es tortuoso porque está lleno de complicaciones, pero equivale a la felicidad que te da el haber tomado un espresso en una tarde clara cuando todo adquiere sentido.

 

—¿Se ha modificado el oficio de la poesía con los nuevos medios digitales?

El oficio del poeta sigue siendo el mismo. Toda sociedad se ha impregnado de su realidad técnica y el ánimo de una época a veces adopta un papel a favor y otras en contra. Mientras el espíritu renacentista ponía su ánimo en el desarrollo de la técnica, el romántico la desfavorecía por considerarla destructora de la naturaleza y del hombre. Las actitudes frente a los avances tecnológicos van cambiando, sin embargo, el oficio del poeta sigue siendo el mismo. Lo que sí creo firmemente es que el hombre está mudando sus formas de sentir y de pensar el mundo. En este sentido creo en lo que ha mencionado Mario Bojórquez en Reinventar el lirismo, estamos siendo partícipes de una poesía del resentimiento. Pero en esto, no es el oficio lo que ha cambiado sino la misma percepción de eso que llamamos realidad. El poeta puede dar cuenta de ello en su poesía, pero tampoco está obligado, pues sigo creyendo que lo humano finalmente es atemporal.

Para explicar lo anterior pienso en Sor Juana Inés de la Cruz, en su soneto amoroso Detente sombra de mi bien esquivo… El poema es más posmoderno que el de muchos poetas actuales que quieren verse posmodernos. Esto lo logra al señalar con mucho ingenio el poder de la imagen frente a lo que llamamos realidad. De la misma manera que Calderón de la Barca, Sor Juana duda de la fuerza de lo tangible, sin embargo, mientras Calderón termina regresándole su peso al entorno material de lo real, Sor Juana instaura la imagen como la gran vencedora. El mundo de las apariencias domina el mundo de lo concreto y con esta propuesta de pensamiento la Décima musa es tan posmoderna como el mundo virtual de las redes sociales.

Hace tiempo impartí una conferencia sobre “El internet y la literatura” en la que planteaba de qué manera la literatura ya había abordado los problemas más destacados de nuestra época regida por la virtualidad de lo cibernético. En ella observamos que la cuestión de la identidad, de la simultaneidad o de la misma virtualidad ya ha sido trabajada de manera contundente por varios escritores de todos los tiempos. Con todo esto vuelo a recalcar que el oficio del poeta sigue siendo el mismo y que inclusive ciertos temas de la posmodernidad son temas viejos para la literatura y que simplemente ahora estamos viviendo de una manera cercana. Hay que notar que estoy hablando de contenidos y no de formas. Considero que el asunto de la nueva poesía debe ser sobre todo una cuestión de pensamiento y que ese nuevo pensamiento cuando esté bien planteado dará un verdadero quiebre a las formas. El poema es ante todo comunión y toda comunión es una plenitud de sentido, por lo que no creo en la experimentación de la forma sin dirección.

 

—¿Aún hay lugar para la realidad social y política del país en el discurso poético? ¿Te interesa esa vertiente del acto poético?

Claro que sí. El mejor trabajo que he leído hasta el momento sobre poesía y realidad social es Memorial de Ayotzinapa que desde el discurso de la mitología náhuatl recrea el hecho de la desaparición de los 43. En este poemario se confunde magistralmente la verdad mitológica con la verdad del suceso histórico. Poesía y realidad social se amalgaman para conformar una realidad que permite al lector comprender los sucesos desde una perspectiva más profunda. De esta manera, si la política logra alcanzar lo poético no debe haber error en ello. El problema del panfleto se da porque el “poeta” quiere bajar el poema al terreno mundano de la política. Dicho de otro modo, el poema social no debe obedecer una necesidad social sino una necesidad del espíritu como todo poema.   

 

—¿Aún es posible hablar de una poesía del compromiso social? ¿Eres un poeta comprometido?

Un poco parafraseando a Propercio, podemos decir que lo único que debe valer la pena en nuestra poesía es complacer a la musa, tanto si se tratara de Erato como si tratara de Calíope. Si el poeta es verdadero y la musa invocada por Homero habla a través de él, el poeta cumple con su compromiso social, dándole al pueblo un imaginario desde el cual podrá interpretar el mundo. Bajo este sentido soy un poeta comprometido y por eso pongo mucho cuidado cuando se trata de publicar, es lo menos que podemos hacer.

Por otra parte, pensemos que el poeta antes de ser poeta es un ciudadano y como todos tiene un deber social en el que nada tiene que ver su poesía. El poeta, como ciudadano de este mundo, tiene un compromiso con su gente, pero no es por ser poeta sino por ser un ciudadano de carne y hueso como todos, que acude al banco y paga sus impuestos. De repente, se piensa en el poeta como un ser alado y bondadoso que siempre busca el bien común con sus versos y nada es más erróneo que eso, pues el ser del poeta no implica de manera intrínseca ninguna reflexión ética necesaria para el compromiso social. Repito, el único compromiso que debe tener un poeta como poeta es con la musa, por ella existe y por ella canta.

 

—¿Se benefició la poesía con las nuevas opciones para la autoedición, el libro electrónico o la proliferación de editoriales independientes? ¿O le resultó contraproducente?

Si un escritor como Fernando Pessoa se hubiera autoeditado no habría duda que la poesía hubiera ganado con mucho tiempo de anticipación. Lo que quiero decir es que la autoedición en sí misma no es mala, aunque existe el cliché de que quien se autoedita seguramente lo hace porque ningún editor cree en su trabajo. No obstante, por el lado contrario, nos encontramos sellos editoriales de cierto prestigio que editan sin mucho conocimiento, ni del ámbito estético ni del ámbito representativo.

Mencionando lo anterior, considero que cada esfuerzo editorial tiene su propio público. Desde el círculo familiar hasta la gran crítica literaria. Cuando jóvenes estudiantes con ciertos gustos y cualidades literarias se han acercado a mí para pedirme alguna orientación sobre el tema de la edición de sus obras, lo primero que les preguntó es ¿para qué quieren publicar?, ¿para ver su nombre en la portada de un libro?, ¿para que los lean con un poco de suerte sus familiares y amigos?, o ¿para intentar dialogar con los grandes autores? Les comparto que mi idea de publicar radica en intentar que nuestros versos sean al menos la mitad de buenos que los de Dante. Sin embargo, tampoco creo que le haga mal a la literatura un libro con poco o nulo valor estético, pues el parnaso de los dioses seguirá intacto en su inmortalidad. El mal tal vez éste en el ámbito ecológico si el libro es impreso, aunque para la ecología lo mismo da si el autor es bueno o malo, el daño a un ecosistema es el mismo.

 

—¿Qué has encontrado en la poesía que no tienen otros géneros literarios?

La hibridez entre los diferentes géneros literarios realmente es algo tan viejo como las mismas sátiras de Juvenal, por lo que una revisión del término “sátira” podría darnos una luz al respecto. Si eso sucedía en la época romana ahora es más difícil marcar la línea divisoria entre los géneros. Sin embargo, apostaré por decir que la intensidad del poema lírico es algo peculiar de Erato. Ese arrebato que encontramos en muchos poemas de Catulo o de Apollinaire es difícil ubicarlo en un cuento o una novela que trascurren en otro tempo. El poema lírico marca un ritmo de las pasiones que nos lleva a un enajenamiento que no está, en un principio, en otros géneros.

 

—En la actualidad, ¿cuáles son los poetas que frecuentas?

Para no mencionar los poetas de siempre, esos que todo mundo dice que lee o relee una y otra, vez quiero mencionar poetas contemporáneos que marcan una enseñanza de cómo escribir poesía en este siglo. En este tenor hay tres poetas que ha publicado Círculo de poesía y Valparaíso México que me interesan mucho. El primero es Al Berto, su libro Tres cartas de la memoria de las Indias me parece brutal, de una intensidad narrativa que sabe cómo, desde la poesía, se debe mantener un tono elevado. Bailando en Odesa del poeta ucraniano Ilyá Kamínsky tiene un sabor a Europa del Éste inconfundible, por sus poemas habita una especie de realismo mágico al estilo de la película de La doble vida de Veronique del polaco Krzysztof Kieslowski. Por último, el norteamericano Josef Komunyakaa tiene un poemario titulado Dien Cai Dau que aborda desde el lirismo los problemas de la poesía épica al documentar vivencias sobre la guerra de Vietnam. En esos tres poetas podemos encontrar tres propuestas muy diferentes de la última poesía del mundo. De ahí podrían venir poetas, también de la misma colección, como Abdellatif Laâbi, Kim Addonizio o Dou Dou. De la colección conmemorativa de los 10 años de Círculo de Poesía hay mucho que aprender de Sujata Bhatt, de Marin Sorescu, de Ko Un o de Michael Brennan.

Considerándome a mí mismo como un lector conservador acudo en más de una ocasión a estos poetas que tienen mucho que decir de los que podemos llamar la sensibilidad de este tiempo de los cinco continentes. En cada uno de ellos hay una manera particular de entender la construcción del poema por lo que se desprende un abanico muy amplio de posibilidades. Si queremos ser partícipes de una significativa parte de la poesía del mundo recomiendo acudir a ellos con detenimiento.   

 

—¿Por qué elegir una escritura poética del momento presente?

En el terreno del tiempo de la escritura creo lo mismo que Harold Bloom. Cuando las grandes obras literarias se confrontan pierden su temporalidad y leemos a Homero, a Dante o a Shakespeare al margen de sus momentos históricos. El escritor, más que preocuparse por hablar de su tiempo, debe crear estrategias poéticas para que, desde la fuerza de su individualidad, dialogue cara a cara con los grandes poetas. La verdad de la poesía está fuera de la historia.

Sin embargo, también considero que indudablemente la fuerza de nuestra individualidad nos la da el estar atentos a nuestras propias circunstancias, tanto temporales como espaciales. A ellas debemos acudir para enfrentarnos a Petrarca o a Borges. Pero una vez estando los poemas cara a cara, la circunstancia histórica de cada uno de ellos pierde importancia. Sólo queda el tiempo de la poesía que es un tiempo mítico, divino si realmente se ha tocado la locura de las ninfas.

 

—La violencia se instala en la conversación diaria, incluso en su vertiente más radical. ¿Qué puede encontrar el lector preocupado por la situación actual del país en tu poesía? ¿Piensas en los lectores al abordar tu escritura?

La violencia ha llegado a niveles desproporcionados y es vergonzoso que nos estemos acostumbrando a ella. Con respecto a la primera pregunta puedo decirte dos cosas. Primero que en mi poesía no hay una reflexión sobre la situación social de nuestro país, por el momento no son los poemas sociales ni políticos lo que me han interesado como escritor. En términos generales pienso que los más grandes poemas no hablan de los problemas sociales en un contexto determinado. Por lo tanto, un lector preocupado por la realidad social puede encontrar en la poesía la epifanía necesaria para respirar la tranquilidad o la desesperación de un alma ávida por vivir porque la poesía sobre todo es deseo de vivir, incluso la misma muerte. Si estamos angustiados por la situación social hay mejores escenarios para aportar cambios significativos, uno de ellos es la docencia. En mis clases procuro desarrollar el espíritu crítico, la duda como base del conocimiento. Es ahí donde la reflexión de nuestra realidad social adquiere un papel importante.

En segundo lugar, la violencia es algo muy humano y gran parte de nuestros actos se rige por ella. El tema de la violencia como estudio antropológico me interesa mucho y lo he explorado desde mi libro de epigramas llamado Las batallas de Eros. En él retomo la analogía griega entre el amor y la guerra que más tarde esquematizaría Ovidio en su Ars amandi. En este sentido nada más violento que amar a otro o dejar que nos amen. El rapto amoroso es un padecimiento, un estado de ánimo que violenta al que lo sufre y posteriormente éste ejerce su violencia sobre el otro que intenta capturar para satisfacer su deseo. Por eso Eros está siempre armado, es un dios de la guerra, de la violencia.

A la siguiente pregunta contestaré que siempre que escribimos hay un lector enfrente, ya sea hipotético o real. Escribimos para los otros, inclusive cuando escribimos para nosotros mismos hay un yo que escribe y un yo que nos lee que no es el mismo. Por lo tanto, siempre pienso en un lector. A propósito de esto tengo un epigrama que quisiera citar: “La que antes era mía / ahora yace en otros brazos. // La que estaba en otra cama / en la mía combate ahora. // Todo muda como el río / y tú muchacha que lees mis versos / los oirás mañana entre mis brazos.” En otro poema de hace ya más tiempo digo: “Tal vez sin que lo sepamos / exista un momento dentro de todos los momentos /en que estarás leyendo este poema que se escribe.” En ambos casos el poema se vuelve performático y actualizante porque en algún instante de la lectura ese tú que nos lee se da cuenta que nos dimos cuenta que nos está leyendo. Con mayor o menor consciencia toda escritura lo es más en relación al que lee que al que escribe, porque el yo que escribe se configura a partir del otro que quiere que lo lea. Dicho de otra manera, el poeta es un yo que se transforma y se configura a partir del otro, porque sólo el que lo lee le da plena existencia al que escribe. De este modo, entiendo el oficio del poeta como el arte de seducción porque el que seduce siempre piensa en el seducido para generar su estrategia. Por lo tanto, sé que un poema ha cumplido su motivo de existencia si ese poema ha seducido a un lector y sin ese lector la realidad es que no hay poema. Si lo entendemos en término de Humberto Eco podemos decir que en todo acto de escritura siempre existirá un lector modelo que lo acompañe. Entonces, cuando escribo un poema siempre está el otro al que quiero llegar, un lector que quiero que me escuche y que siga cada uno de los pensamientos y emociones vertidos en el verso.

 

—Has publicado dos libros de poesía. ¿Cuál ha sido la respuesta de tus lectores?

Como profesor de literatura no faltan los estudiantes que tienen curiosidad por lo que escribe aquella persona que se para frente a ellos. En 15 años de docencia creo que puedo decir que me ha leído un buen número de personas, al menos en ese espacio íntimo y cercano del salón de clases. En ese ámbito he tenido lectores tan queridos como Héctor Solorio, Ángel González o Héctor Román, con quienes en varias ocasiones discutí algún aspecto de mi propia poesía. Compartir con ellos un borrador o un poema ya terminado para mí ha sido una gran experiencia.

De repente hay mucho egocentrismo de parte de los poetas que consideran que los lectores llegarán solos por la gracia de las moiras. En los tiempos que corren, ahora que tenemos la posibilidad de entrar a Netflix desde nuestro smartphone al momento que se nos ocurra, creo que el escritor debe estar de ánimo para buscar a sus propios lectores, de todos los ámbitos profesionales y sociales, en las presentaciones y en las mismas redes sociales. Hay una fascinación extraña, tanto para el que lee como para el que escucha, cuando se comparten poemas ante un público casi virgen con respecto a la literatura. En varias ocasiones he sido invitado a leer bajo esas circunstancias y en muchos sentidos la experiencia ha sido enriquecedora.

De repente, se oye mucho la frase de “entre poetas nadie se lee” y creo que tiene mucho de verdad. Tal vez sólo te lee, y eso con “suerte”, el poeta que quiere hacer una antología para construir un espacio de poder, por lo que más que leer tu poesía revisa tu nombre y tus influencias político-literarias. Por otra parte, entre poetas hay mucha vanidad, por lo tanto, muy poca intensión de leer a los camaradas o, si se lee, se hace con el prejuicio de las amistades. Por tal motivo, a mí me interesa sobre todo el lector de la calle, ese que va de paso y ve tu libro en un stand y decide llevárselo o aquel que asiste a una lectura organizada por su universidad y llega a la fuerza, pero después se va con un buen sabor de boca. Hace unos días mi amigo Iván Vivanco, librero erudito de El péndulo de Ciudad de México me platicó que una chica acudió a él para que le recomendara un libro de poesía, confesando que sólo había sido lectora de novelas. Iván pensó en mi libro, así que le recomendó Las batallas de Eros. Para nuestra sorpresa, la chica regresó emocionada unas semanas después pidiendo más recomendaciones de poesía. En Instagram me encontré hace tiempo que a partir de uno de mis poemas habían hecho ejercicios de interpretación plástica como parte de una práctica de terapia a través del arte. Esas anécdotas son las que me interesan como autor y sobre todo para esos lectores escribo.