La diferencia principal entre lo que comúnmente se identifica como la derecha y la izquierda, más allá de lo anecdótico o de su forma de abordaje de la realidad, queda puesta a la vista como una lectura diferente de la Historia. Mientras que para la izquierda el progreso no sólo es posible sino que es, incluso, deseable, ya que implica una ampliación de los derechos para el individuo, para la derecha siempre se anda hacia una ruina más angustiante, de la que no queda más que levantar despojos y la Historia es un relato que amerita ser reiniciado. Esto redunda en hechos como que la izquierda considera que la Revolución francesa fue un prometedor renacimiento, mientras que a la derecha le parece una catástrofe de proporciones bíblicas, toda vez que se desplazó a Dios y a los administradores de la divinidad, como filtros de la salvación, para sentar en el trono a una muchedumbre peleona y embustera.

No fue inesperado que nadie recordase el ciento veinte aniversario del nacimiento de Julius Evola (1898-1974). Su sistema de pensamiento se encuentra fuera de las grandes discusiones de la modernidad debido a su voluntad de apartarse de los vítores que cantan las aventuras del progreso, para adentrarse en la vía de quien se propone abrir brecha desde la tradición, el elitismo y la brillantez de espíritu de los más capaces. Su trasplante tenue del esoterismo al plano político —hay casos más alarmantes, como el de Miguel Serrano en Chile—, que lo llevó a vertebrar un sistema de ideas en contra de la modernidad, lo colocan en un sitio atípico, plantado en la radicalidad menos convencional, a partir del cual dinamitar las ideas de libertad, igualdad y fraternidad que se persiguen desde el triunfo del individuo por encima de la colectividad. Para Evola, este desplazamiento implica que todos peleen por salvarse antes que preguntar si puede lograrse un pacto colectivo con el cual salvar a la mayoría. El cáncer más evidente de los nuevos tiempos es la democracia, aunque no únicamente, sino también cualquier derivado de ella, sea que tome la forma de la intervención de las mayorías en la toma de decisiones o sea desde la activa participación de todos en los asuntos públicos.

El tradicionalismo, del cual bebió para sus teorías sobre el “hombre nuevo”, halló en sus ideas a su vez una nueva formulación, en conjunción con el pensamiento religioso que compartió en un principio con René Guénon (1886-1951), pero del cual se alejó por el énfasis metafísico de éste, distanciado de la acción política y para quien la dimensión interior del hombre es primero que la proyección de otra organización posible. Guénon, que ya no pudo escapar de la metafísica, eligió el islam como religión y trasplantarse por completo al irse a vivir a Egipto. Esto, mientras Europa padecía el naufragio entre dos guerras mundiales, la ocupación posterior por parte de los aliados de algunos países, crisis económica y la sombra larga del Holocausto, que comenzaba a mostrar el tamaño de lo que aún hoy se sigue calibrando.

Decisiones de Evola, como dar lecciones sobre el resurgimiento del héroe a la cúpula de las SS alemanas (Schutzstaffel, ‘Escuadras de Protección’), en las que quiso ver el renacimiento de una posibilidad de oponerse a la ruina de la modernidad; o el acercamiento a Mussolini, que alabó sus libros e incluso le propuso hacer tiradas masivas como inspiración doctrinal sobre el fascismo italiano; o hacer público su pensamiento sobre el origen racial de algunos pueblos europeos, entre otros aspectos, han lanzado sus libros a la larga lista de títulos relacionados con el nacionalsocialismo y, por lo mismo, venerados por nostálgicos y afiebrados. Son libros que circulan entre los enterados de su pensamiento político, mitológico y esotérico. También entre quienes, después de la Segunda guerra mundial, aún confían sus energías a la construcción del “hombre nuevo”, con el cual proponer un golpe de timón para los excesos de la denominada “modernidad”. Evola, sin embargo, negó cualquier simpatía por el Tercer Reich, ya que le parecía un movimiento popular y esto no iba con su ideario, en el que debía privilegiarse la acción privada a partir de un conocimiento detallado del mundo.

Cabalgar el tigre (1961), por ejemplo, aún se lee con interés por su llamado a descreer de la aparente felicidad que genera el liberalismo a través de la unión de mercado y democracia. No es Evola un panfletario sin argumentación. Es, a su modo, un mitólogo de la forma tradicional que analiza la vida contemporánea con el pasmo de quien presencia una catástrofe, y no puede hacer demasiado por ayudar a los otros. Para adentrarse en su pensamiento hacen falta los rudimentos esenciales de magia, alquimia, mística, espiritualidad, mitos clásicos, teoría política, historia de las civilizaciones, y más. Nada hay de casual en su mirada compasiva del hecho humano, que se reconoce asincrónica, ya que propone una nueva ponderación de las formas tradicionales de organización social, en donde hay un líder —el más sabio del grupo o quien tiene más derecho a guiar—, que actúa con la legitimidad de los derechos heredados.

La parte menos rescatable de pensamiento, aquella que deriva de su creencia en teorías racistas, es prescindible para privilegiar su cerebral análisis de la época contemporánea, que salta por encima del nihilismo simplón para proponer vías de salida a la catástrofe que impone la dictadura de la masa. Evola, que a su modo se encerró a modelar su sistema de pensamiento, sin atender a las pautas de la actualidad que le tocó vivir, generó una modalidad de abordar la condición humana lejos de los cantos de sirena que suenan a todas horas. Las lecturas del pasado son la lectura del presente y también del porvenir. Desde el pesimismo, justificado cuando la izquierda ha fracasado con estrépito en su mayor experimento a la fecha (la Unión Soviética), Evola da golpes en la mesa para despertar a la audiencia, nada distinta a la que él conoció en sus días, adormecida por los medios de comunicación, el consumo desmedido, las burbujas crediticias y el énfasis en el individuo en perjuicio de la colectividad.

La suya es una invitación a mirar alrededor para comprobar si la verdad que expresan los políticos tiene un correlativo en la realidad, o si no es nada más que otra estrategia para mantener el estado de las cosas y perpetuar los privilegios. A resultas, el pensamiento de Evola no circula porque puede lesionar el tejido social que se ha vuelto la normalidad. Equivale a caerse de la cama a medianoche.