Un segmento nada despreciable de la narrativa francesa contemporánea, cada vez más a la sombra de la norteamericana, se desmonta a sí mismo en espiral a caballo entre el escándalo mediático (Michel Houellebecq), la ligereza pop a destiempo (Frédéric Beigbeder) y la notación intelectual capaz de llegar al gran público aunque no al punto de interesarlo por lecturas de mayor calado (Emmanuel Carrère). La narrativa de la arena internacional, con sus requisitos de corrección política, cuota mínima de premios o traducciones, ubicación geográfica y otros más, desplaza las tentativas que se apartan del menú estándar al cual está invitado a comer el lector ocasional. Ese lector que desea la experiencia de la cultura sin demasiado esfuerzo de por medio.

Amélie Nothomb (Bélgica, 1967)​ no se aparta de estas directrices pero sí logra emborronarlas hasta generar la impresión de que toda su obra es una repetición distribuida en entregas anuales, calendarizadas con la precisión de un reloj astronómico. Esto salta a la vista al comprobar que poco más de veinte novelas, de las casi treinta que ha escrito, tienen como trama un juego autoficcional en donde una mujer nacida en Bélgica pasa su infancia en Japón, lo cual funciona para dar vida a la parafernalia de la extranjería, la posibilidad del contacto verdadero, la indagación del otro, así como todas las facilidades de explotación literaria que ofrece un país como Japón.

El registro es autobiográfico, las más de las veces, aunque no siempre es claro en qué momento sucede la conversión entre la experiencia y el hecho literario, con lo que el lector queda a la intemperie ante otro “juego” de la posmodernidad, proclive a la metaficción, la descolocación del sujeto y, en general, a las estrategias que permiten toda suerte de camuflaje literario, siempre diestro para impulsar la transformación del escritor en un personaje mediático. Además —y esto es un mérito de Nothomb— el estilo de la narrativa es transparente y casi juvenil, con el que, por ejemplo, se registra la dificultad de asumirse de un sitio en el mapa o la conclusión sin riesgos de que un sentimiento equivale o puede ser considerado como “amor”, con todo lo que esto implica.

Esa modalidad de narrativa ayudó a Nothomb a abrirse paso como un referente distinto a los que se enlistaron en el primer párrafo del texto. La vida individual siempre será distinta a cualquier otra y ella capitalizó este descubrimiento hasta el punto de transformarla en el nodo a partir del cual germinar su proyecto literario. Las últimas entregas, no obstante, mostraron incapacidad para reinventarse y la épica de una infancia transcurrida en Japón mostró sus primeros signos de cansancio. Era urgente un viraje o, de otro modo, la cosificación estaba a la puerta de la esquina.

Luego de la referida etapa de autoexploración, más minuciosa que certera, Nothomb eligió ejercicios de reescritura de cuentos clásicos a partir de Barba azul (2012), El crimen del Conde Neville (2017) y Riquete el del Copete (2018). El primero es un guiño al relato de Charles Perrault, el segundo a El crimen de Lord Arthur Savile de Oscar Wilde, y en el tercero vuelve a Perrault, un autor que conoce y la entusiasta. Este juego tridimensional de apropiación del corpus cuentístico clásico, que motiva juegos humorísticos y de ironía, extiende el alcance de su obra para dar cuenta de las posibilidades que ofrece el reordenamiento de un clásico para, con ello, detonar una forma de reescritura con un mínimo de autonomía.

El territorio de la fábula es un valle que no se abarca con la vista debido a su extensión. Estos son ejercicios narrativos que se disfrutan por su ligereza y contención, pero que hacen por revelar la sequía que produce el exceso de autoficción o el anhelo de mantenerse vivo en las mesas de novedades. Ninguna vida, al parecer, es tan interesante que admita una ficcionalización infinita.

Las narrativas posmodernas, dentro de las cuales se encuentra la obra de la autora francesa, ya muestran síntomas de agotamiento. A fuerza de manipular con insistencia el símbolo, gastaron sus posibilidades de significación para llevar sus méritos hasta la geografía de una broma infinita, de intención hilarante si bien intelectual. Con ello, es natural que produzca el tipo de sonrisas que se dibujan en el rostro pero sin mostrar los dientes. Si el lector ignora el sentido de la broma, dudará en soltar la carcajada y elegirá mantenerse hierático. Haga la prueba. Esta es la impresión que produce la nueva etapa de Nothomb, que deja tras de sí la repetición de su experiencia de vida para proceder a la repetición de sus experiencias de lectura de los grandes autores. Cada autor está destinado a escribir lo que tiene que escribir y nadie puede oponerse a ello. Del entusiasmo, sin embargo, saltamos a la resignación sin apenas presentirlo. Fue tan súbito como imperceptible.