De las incorrecciones políticas de la actualidad, una de la más mediáticas es negar el Holocausto judío sucedido con motivo de los hechos de la Segunda Guerra Mundial. O, al menos, ponerlo en entredicho con premisas como las siguientes: (i) no existen pruebas documentales de que Hitler haya ordenado el exterminio sistemático de los judíos; (ii) no hubo cámaras de gas en Auschwitz; (iii) no fueron seis millones de judíos los que perecieron como consecuencia de la política alemana nazi, sino muchos menos, etc.

Uno de los momentos más álgidos de la discusión entre historiadores fue el litigio interpuesto por David Irving en contra de Deborah Lipstadt, al punto de que se transformó en una película: Denial (2016). Lipstadt habría difamado a Irving en su libro Denying the Holocaust: the growing assault on truth and memory (1994), poniendo en tela de juicio su objetividad como historiador, lo que el autor inglés aprovechó para demandarla en Inglaterra y pedir que probase su dicho. Ahí comenzó una discusión que pese a su tratamiento mediático, involucró a especialistas de la talla de Richard Evans y a otros expertos en la Segunda Guerra Mundial. Este ha sido uno de los puntos más altos de un juicio a un negacionista, además de aquel a Ernst Zündel, del que derivó el denominado “Informe Leuchter” (1988), en el cual se habría acreditado que no hay restos de ácido cianhídrico (Zyklon B) en las paredes de las cámaras de gas de Auschwitz. Las hipótesis para reconstruir los hechos de ese campo de concentración en específico, se reproducen sin control, a lo que no ayuda la opacidad en la que se mantiene la zona del campo, a la que después de lo sucedido con dicho Informe, ya no puede accederse más que a las partes incontrovertibles.

Robert Faurisson (1929-2018) fallecido en días pasados, de ser un modesto profesor de lenguas clásicas y francesa, experto en Rimbaud y Nerval, entre otros autores, comenzó a documentarse sobre el Holocausto y pronto se mostró como uno de sus críticos más extremos. Su obra no es la de un escritor de imaginación sino la de quien lee para encontrar fallas y es capaz de detectar cualquier clase de fisura. Llamó “falso testigo” a Elie Wiesel, por ejemplo, ya que halló en La noche (1956) que los prisioneros de Auschwitz eran “obligados a caminar entre las llamas”, lo cual no se ajusta a los testimonios de otros sobrevivientes. Wiesel, que jamás se pronunció sobre los dichos de Faurisson y no aclaró si aquello fue una licencia poética o si en verdad había sucedido, dedicó sus energías a ser portador de esas terribles experiencias vividas en carne propia, a todo lo largo de Estados Unidos.

El negacionismo del Holocausto, apenas una curiosidad intelectual en los países de Hispanoamérica, es una actividad delictiva en al menos trece de los veintitrés países de la Unión Europea. Esto vuelve álgido que una persona, de pronto, se detenga en Picadilly Circus o en la Place Vendôme y con ayuda de un altavoz publicite apologías para el régimen nacionalsocialista. El destino es seguro: cárcel. El caso de Faurisson se repite en cada uno de los países europeos. No es inusual que los negacionistas sufran agresiones físicas y, de modo consecuente, terminen por ser expulsados de cualquier entorno. Si tienen una cátedra universitaria, como fue su caso, la pierden, como si se tratase de una ley inexorable. El momento más alto de Faurisson, en perspectiva, fue haber sido invitado por Mahmud Ahmadineyad a la Conferencia Internacional de Teherán, en donde el odio a Israel se promueve desde el Estado, para lo cual organizaron un foro con el objetivo de desacreditar los hechos del Holocausto. Para entonces, Faurisson ya era un anti-celebridad, pues Noam Chomsky había defendido su libertad de expresión en los tempranos años ochenta, pese a hallarse en polos políticos opuestos.

En Teherán, ante cientos de personas, de un modo vehemente, Faurisson leyó el texto que lo ha vuelto célebre: Las victorias del revisionismo. En él recorre casi veinte argumentos que ha sido debilitados por el revisionismo, en los que es perceptible que acaso no todo esté dicho sobre el exterminio de los judíos. Los partidarios del revisionismo leen con detenimiento cada uno de los testimonios, y sea porque la memoria se empolva con el tiempo o porque cada quien experimenta una situación traumática de un modo diferente, pero es claro que el error humano genera materia para poner en crisis las verdades que se despachan como oficiales, a fuerza de ser repetidas.

Pero el caso de Faurisson y de otros revisionistas importa a causa de que pone a debate la libertad de expresión, de informarse e investigar y, finalmente, de sostener un punto de vista diferente, así sea un disparate. Faurisson, muerto en el olvido y en la pobreza, a quien sólo visitaban investigadores ocasionales y curiosos de la cuestión judía, se decantó por la persecución de la “exactitud” en la escritura de la Historia, más que por la búsqueda de la verdad por ser un concepto tan frágil como veleidoso. Él, que murió en la ruina por su convicción de que el judaísmo internacional lucra con la muerte de los judíos europeos, prefirió no contestar a la pregunta expresa sobre si sostener la postura negacionista “había valido la pena”. La verdad de la Historia, en ocasiones más un consenso que una verificación efectiva motivada por una imposibilidad material, se muestra plástica.

Nietzsche, desde su lejanía, disparó un aforismo aplicable a la lectura de cualquier situación humana: “No hay hechos; hay interpretaciones”. El holocausto, por su parte, está lejos de ser asunto concluido.