IX. Punk en México: Massacre 68, Síndrome y Espécimen

 

El punk mexicano germinó con los signos propios de la identidad nacional. En una vertiente plausible hizo del humor y el primitivismo una forma de caminar en el paisaje ruinoso de la modernidad, previo al cambio de siglo; en otra, menos encomiable, adoptó de manera ciega cualquier actitud imaginable sólo porque provenía de los Estados Unidos. La rama nacional del punk, además, enfrentó condiciones más adversas que en otros países del continente. Los hechos de 1968 dejaron lecciones imborrables sobre la intolerancia del poder a la juventud y, por lo mismo, una manifestación radical como lo es el punk se recibió con sospecha y hasta molestia. Los sectores conservadores no tardaron en señalar a los punks como una patología social y se les buscó marginar con el mote de “tribu urbana”, denominación que aún se emplea con fines denigrativos. Esto con la finalidad de segregarlos de la juventud que sí estudiaba para lograr su plena integración al aparato productivo.

La década de los años noventa dejó una estela de entusiasmo y decepción tras de sí. La debacle económica y el brote del movimiento zapatista, perfilaron el activismo social para hallar en el indigenismo un estandarte con el cual oponerse al desastre del neoliberalismo, que por entonces empujaba con el objetivo de que sectores prioritarios para el desarrollo del país fuesen concesionados a la explotación de los particulares. El resultado de este modelo económico, en donde el Estado da pasos atrás para dejar que la ley de la oferta y la demanda “regule” la distribución del ingreso, ya mostró su verdadero rostro, por lo común incapaz de equilibrar el interés individual y el colectivo, lo que de modo natural ensancha la brecha entre ricos y pobres. México, de los años noventa a esta fecha, escucha malas noticias todos los días.

Tocó a Massacre 68 el rol de ser una de las bandas más dedicadas en la escena punk del país. Ahí donde nadie tocaría, fuera por la distancia o porque no había una audiencia rockera y menos aún punketa, ellos se sumaban al cartel y lo hacían del mejor modo posible con las precarias condiciones de conciertos organizados a la brava. El estoicismo, lo mismo que una inexplicable devoción por la vida punk, los llevó a coronarse como los campeones de la gira en ciudades del interior, lo que en un país sin apoyos es un esfuerzo más que doble, triple. Su primera entrega de larga duración, No estamos conformes (1990), grabada en malas condiciones, casi con calidad “garage”, les permitiría presentarse en conciertos multitudinarios y, además, ser telonero de muchas bandas que vinieron del exterior.

Llegado cierto punto, esta banda parecía liderar una escena en la que pocas tentativas duraron más allá de algunos meses. La crudeza de sus letras —urbanas, inconformes, siempre al margen— corre aparejada con la fuerza en bruto de sus instrumentos. La labor pedagógica de la materia política, ejercida por Massacre 68 ante miles de jóvenes, implica reconocerse como un desclasado en un país rapiñado por una clase política a la que no le interesa el bienestar colectivo, sino la consolidación de sus privilegios. Sin duda, una de las bandas mexicanas que serán puntero para entender lo que sucedió durante esa década de agitación y pérdidas.

Aquel primer disco nutriría la primera etapa en activo de la banda, que va de 1987 a 1991, para volver luego en los dosmiles con más producción y una vez que se aprendieron las lecciones que tenían que aprenderse. Massacre 68 ha compuesto canciones que se han vuelto clásicas del género en México, coreadas por cientos de jóvenes de aquella generación que los conoció durante la adolescencia, aunque también de las nuevas. A su modo y con sus alcances, han sido reconocidos como figuras tutelares en uno de los artes menos fáciles del punk en México: sobrevivir. Ellos han dado una pauta que no resulta nada despreciable.

De manera paralela, el Síndrome del punk o sólo Síndrome, cuyo timón visible es un individuo autodenominado “Amaya Ltd.” (sic), ha alimentado no solamente la escena con canciones y covers del punk clásico, tropicalizados con gran aceptación, sino que igualmente aportó parte de la iconografía que hoy por hoy ilustra las playeras de cientos de jóvenes que aún identifican el punk con la rebeldía.

El año de 1990 saldría a la luz un disco titulado Síndrome en el legendario sello Denver y, a partir de entonces, “el Síndrome” es una de las bandas más reconocibles del punk nacional. La incorrección política y la denuncia social son el santo y seña de sus letras, lo mismo que la ironía y la burla de los poderosos. Al igual que Massacre 68 es una de las bandas cuya resistencia para el “toquín” se ha vuelto célebre, al punto de que ya funcionan como un ancla en el cartel de los conciertos para atracción de los potenciales asistentes.

Canciones como “Punk suicida” o el cover de “A mí manera”, se han vuelto imprescindibles en cualquiera de sus presentaciones. De modo instantáneo, encienden un “slam” en el que no es difícil ver sangre o algún diente roto para beneplácito de los asistentes. Las malas condiciones del país, que se agravan de manera paulatina, han dificultado más producción de Síndrome, cuyas grabaciones circulan en tirajes muy limitados con lo que su permanencia se vuelve menos fácil en un país de memoria muy corta.

Massacre 68 y Síndrome son bandas que han tenido su principal circuito de actuación entre la Ciudad de México y el Estado de México, caso diferente al de Espécimen, banda originaria de Tijuana, liderada por Benny Rotten, a la que la cercanía de los Estados Unidos ayudó a darle una consistencia diferente a su música, lo mismo que a su forma de acción musical. Hay mucho de teatralidad en la música popular contemporánea, y el punk no escapa a estas fórmulas de conectarse con la audiencia. El rock, además, es una discursividad de esencia trasgresora, cuyos puntos de unión con el escándalo son claros y hasta necesarios. Pese a lo anterior, el punk mexicano no ha sido fructífero en escándalos.

Luego de un par de grabaciones que circularon escasamente, Placer y Dolor (1991) los hace pisar fuerte en el terreno del punk nacional. El estilo de su música, muy diferente en velocidad y alcance al que se producía en la capital del país y otras ciudades del interior, privilegiaba la velocidad y la rudeza. Es un disco de secuencias hardcore antes de que se gastara esta modalidad de punk.

Espécimen protagonizó una revitalización de la parte musical en los tempranos años noventa, aunque en el espectro ideológico apenas mostraron interés por hacer señalamientos directos sobre tal o cual problemática social. Es una banda de corto alcance ideológico. Su defensa del aborto, por ejemplo, nunca fue del todo entendida por los partidarios del género, radicalizados en su mayoría por las lecturas del anarquismo y disolución social.

Y, lejos de lo que podría pensarse, en los círculos radicales de izquierda, la tolerancia es menos bienvenida que un ataque frontal desde otra barandilla política. En su irrenunciable primitivismo, el punk mantiene la bandera de “quien no está conmigo está contra mí”. Aquellas posturas casi reaccionarias y su cercanía con los Estados Unidos, enfriaron su relación con otras bandas de la escena punk, lo que no afectó en esencia su trayectoria musical que, a la distancia, es una de las más sólidas del rock mexicano.

El éxito de Placer y Dolor (1991), nada despreciable, sería menor al que disfrutaría Genética (1994), que terminó como un hito del género. El terror nuclear, la defensa de los animales, el culto a las drogas, sacaron a la banda del circuito provinciano de quienes aún se quejaban de la represión policial a los punks y los abusos de los políticos. A fuerza de repetirse en las canciones, aquellas vetas se agotaron sin generar otras nuevas y esto tendría consecuencias en el tiempo. Sus canciones sincronizaron a los seguidores del género con el reloj del punk que daba el tiempo en los Estados Unidos, en donde ya había dejado atrás la defensa rupestre de la libertad ejercida incluso en contra de terceros inocentes (el grafiti, el vandalismo, la violencia contra la mujer), para enfocarse en un estudio más en forma de la realidad para hacer propuestas más serias.

En el país del norte, el punk comenzó a tomar su papel de actor político con más seriedad. Ya tenían claro que no podría intentarse un cambio social de fondo sin proponerlo con la mínima civilidad, sin ofender a los otros actores políticos. El punk debía, so pena de condenarse a la desaparición, abrir su base comunicacional a toda la sociedad, lejos de confinarse al minúsculo grupo de punk, ya por entonces sin apenas crédito ante la sociedad.

El punk de producción nacional, que ha germinado sin ningún tipo de apoyo y fuera de los circuitos de venta masiva, ha realizado significativas contribuciones a la cultura del país, al punto de que pasados los años se le reconoce con exposiciones fotográficas y diversos libros para reconstruir lo sucedido. Aquella postal, sin embargo, está lejos de hallar su forma final. Fueron demasiadas las bandas y los actores que saltaron a la escena y luego de manera sorpresiva declinaron continuar. Ese rastreo es una tarea pendiente.

El punk mexicano es una estrella minúscula en el firmamento de la historia de la música popular contemporánea, que pese a su incorrección y su modo frontal de denunciar los problemas del país, buscó entender a la sociedad para ofrecer caminos de salida. No todas las periferias de producción cultural logran hacer un aporte de importancia. El punk sí lo hizo y se requiere una labor arqueológica para sopesar lo que sucedió durante las décadas en que latía en el corazón de miles de jóvenes.