[La tradición poética mexicana es apasionada y controvertida. Como en la mayoría de las tradiciones, es extremosa y prende los ánimos. Es un organismo vivo en permanente mutación. Pese a lo anterior, no deja de ser un susurro en las librerías, si bien cada año se publican propuestas significativas y hasta temerarias. “Actualidad de la poesía” abrirá una vía de acceso a diversas voces para asomarse a la escritura de ese género, desde la perspectiva de quienes ya lograron cierto dominio en el oficio y, por lo mismo, son las voces que sostienen el presente poético de nuestro país. Enrique G. Gallegos (Guadalajara, 1969) ha publicado 4 libros de poesía: Cantera, 1994; Canáan, 1998; Territorialidades, 2013 (conjuntamente con Goche y Naishtat); Épocas, 2014; y se encuentra en prensa Materia en fuga.

*

—¿Por qué escribir poesía?

Las razones por las que se escribe y lee poesía a lo largo de la historia han cambiado. Para los griegos, era asunto de saberes prácticos y lecciones morales. Homero era una suerte de paideia: el ingenio de Ulises para engañar a Polifemo pasaba por una conducta; el sudario que Penélope tejía y destejía, de astucia femenina; en la Edad Media, estaba vinculada a las prácticas religiosas. Sólo la época moderna, tamizada por el individualismo, ha hecho de ésta una relación del individuo consigo mismo y otras figuras. En mi caso, no escapo a esta estructuración, aunque intento neutralizarla y reorientarla. De niño comencé a escribir algo que parecían versos y balbuceos. Pero sólo hasta que conocí un poeta de “carne y hueso”, tuve una mediana idea de lo que podría significar la poesía y su encarnación, su puntual registro en un cuerpo, tres manos, piernas y una terca voluntad por persistir. Aunque la vida siempre me ha llevado para otros lados y a vivir como si dijéramos otras vidas, he tratado de “terquear” en los versos. Las razones es que en los últimos tiempos vivo inmerso en máquinas: máquinas de trabajo, máquinas codificadoras, máquinas de pensar, máquinas de clases, máquinas trituradoras. Y la poesía me proporciona puntos de fuga, momento de fisuras, pausas que posibilitan concentrar y relanzar la vida a otros lugares o no-lugares. Diría que el poema es como una descarga contenida durante periodos más o menos largos y que operan a través de cortocircuitos, hibridaciones, tóxicos y ciertas preocupaciones. Ciertamente también he practicado un tipo de escritura pausada, deliberada, más metodológica, que reflexiona sus medios, juega al pequeño arquitecto y medita sus contenidos y objetivos. Algo así traté de hacer en Épocas, que es un poemario extenso sobre ciertos registros de la historicidad humana. Me muevo entre la destrucción y la construcción, por más que mi temperamento retenga más los residuos negativos que los positivos. Ciertamente esto es, a primera vista, un tándem personal; pero visto con más calma, mostraría que lo que paradójicamente solidifica y dispara ese dispositivo individual también son ciertos tensores sociales, tendencias epocales y carcasas históricas. Pero dicho lo anterior, prevengo: ni el poema es necesariamente reducible a la época ni las condiciones sociales determinan el poema. De otra manera no se entendería que a pesar de lo anacrónico de los saberes poetizados en la Ilíada, sigamos siendo interpelados por sus experiencias humanas.

[Imagen enviada por EGG]

—¿Cuándo sabes que el poema está terminado?

Soy de los que creen que el poema nunca termina por estar completamente cerrado y que el momento para decapitarlo y entregar su moribundo cuerpo a la edición, es un residuo de la voluntad poética, por más que se le deje al azar. La razón es que sus posibilidades de escritura pueden ser infinitas al tiempo que finitas. Esta aparente contradicción descansa en su naturaleza hecha de palabras, experiencias, imaginación, azares, carne, subjetividades e historia. Pero diría que no es tanto una contradicción como una ambigüedad, que se nutre del carácter contingente de la praxis poética. En un enunciado lógico, la conclusión se sigue de manera necesaria a las premisas. Valéry sostenía, exagerando sus conclusiones,  que el poema era una suerte de matemáticas aplicadas. Si uno repara en sus “explicaciones” (y en las de Poe respecto a El cuervo) sobre cómo escribió El cementerio marino, resultan obscenas. Es como estarle viendo los genitales. Es pornografía de la poesía. Pero cuando las cosas se repiten y se sigue insistiendo en que 2+2=4, es la muerte de la poesía (y del erotismo). Por supuesto, también sucede que hay un punto en el que las matemáticas, cuando se enfrentan a lo contingente, también pueden contener detonantes poéticos. Estas ideas que han sido determinantes en la poesía moderna, hay que ponerlas en tensión con otras que también han calado hondo en nuestro tiempo. La idea de la escritura interminable, inacabada, fragmentaria, azarosa y esquizofrénica. Piénsese en Eliot y The Wested Land o en Aullido de Ginsberg. O en esa tradición de la escritura aforística, ninguneada durante mucho tiempo por considerarse inacabada, incompleta, asistemática. A Cioran, tan filósofo como Kant, se le sigue regateando su estatuto en los manuales de filosofía. Pero algunas veces hay que salirse de la poesía para entenderla mejor y evitar los círculos viciosos: Hannah Arendt sostenía que lo inacabado del poema tenía su origen en el pensamiento. Y un pensamiento, a diferencia de una ecuación lógica, va y viene, se detiene y reinicia, opera con espirales, imágenes, humores, sabores, sensaciones, cosquilleos y luchas a nivel cutáneo y estructural. Cada poema es campo de batallas y lo que cuenta no son los triunfos sino las derrotas. Pero hay otro sentido de lo inacabado y este le viene de fuera y deriva de su relación con el mundo contemporáneo; éste lo atraviesa, lo acelera, ralentiza, barrena, fluidifica, quiéralo o no el poeta, sépalo o no. Esto es particularmente evidente en nuestro mundo rizomático, interconectado, fragmentario, multimedia, esquizofrénico, líquido e hipertecnologizado en el que las cosas no parecen tener límites, espesura, densidad, término o final. Los poetas —como las personas— se sientes únicos e intransferibles, por más que esa autopercepción no sea sino una estandarización. Así como existe una cultura fetichista de las mercancía, del compre, use y tire, de la misma manera el poema está instalado en esas imposibilidad de lo acabado y cerrado. Quizá por eso se escriben poemas como si se tuviera diarrea. La desgracia para las futuras generaciones es que esta percepción de vida infinita e inacabada, esta especie de positividad plena y fantasmal felicidad, esta pornografía poética, que se trasvasa al poema, objetivamente es contradicha por una civilización que parece dirigirse a la catástrofe por las crisis medioambientales, las migraciones, las polarizaciones sociales, la desvalorización de las personas y por un mundo donde el freelancero (digamos, el chofer en UBER), se siente orgulloso de ser explotado y vivir en un Estado donde no existe la seguridad social.

 

—¿Se ha modificado el oficio de la poesía con los nuevos medios digitales?

Creo que tu pregunta es nodal y no se puede responder plenamente desde la especificidad de la poesía, sino que se tiene que dialectizar con las propias configuraciones de nuestra época. La razón es que los medios digitales y las tecnologías han atravesado lo micro y lo macro, la política y lo social, la estructura y la superestructura, el cuerpo humano y el cuerpo de la ciudad. Es sabido que la tecnología es una condición de nuestro mundo y de manera más radical a como lo fue en otras épocas. Y quizá nunca en la historia de la humanidad había sido tan sutil y determinante. Es como si la lleváramos adherida a la piel. Superficialmente esto se podría sintetizar diciendo que Trump llego a la presidencia en EU con twuitazos y AMLO con facebokazos. Para comprender ese cambio radical, recordemos que en la antigüedad, la técnica, en tanto medio, era un saber esclavo y servil. En la Edad Media la religión era una mediación ordenada en tecnologías muy específicas que aseguraban la vida trascendental. Pero en el altocapitalismo, sucede que los medios digitales y sus tecnologías están reestructurando no sólo las superficies de las relaciones humanas sino sus mismas estructuras, las vuelven aparentemente más líquidas, fluidas, rizomáticas, hiperconectadas, resquebrajan las tradicionales nociones de espacio y tiempo, aceleran el cuerpo y la mirada y las disuelven en nanotecnologías; las tecnologías pasan de ser una extensión del cuerpo a ser el mismo cuerpo: llegará el día en que no exista diferencia entre el cuerpo y las tecnologías. Diría que asistimos a radicales modificaciones al nivel ontológico, epistemológico e histórico. Aquí es donde habría que situar la especificidad del uso y las respuestas de la poesía. Y no sé si los poetas están a la vanguardia para semejante cambio radical. Frente a los hackers parecen primitivos y enajenados. Y tampoco estoy sugiriendo la banalidad de que el poeta deba dejar de usar el alfabeto y en su lugar utilice memes. Mi crítica es de otro orden y atañe a los ajustes epocales, sus estructuras, su régimen histórico. Por una parte, la mayoría son sumamente conservadores y desconfían de todo aquello que no pase por el “oficio” de la escritura. Este tipo de conservadorismo, dicho sea de paso, es una de las terribles herencias de Octavio Paz. Y los pocos poetas que se han atrevido, han dado respuestas fáciles, y en mi opinión, superficiales, a manera de un tránsito, del papel al soporte digital, el uso de ordenadores, proyección de imágenes, sonidos, emoticones, memes, plataformas digitales,  hipertextos, etc., que no hace sino imitar lo que sucede en otros ámbitos y responde a otras mudas, más fundamentales, de la escritura en la cueva a la escritura en papel. Aunque creo que en la medida en que las futuras generaciones traen, por decirlo de cierta manera, integrado un chip tecnológico, o como diría Ortega y Gasset, están a la altura de los tiempos, será más natural su relación con las tecnologías. Con todo, creo que los artistas visuales han sido más sensibles a este y otros cambios. Me parece que estas limitaciones de los poetas tienen que ver con el fetiche de la autonomía: se insistió tanto en ello, se lucho tanto por la autonomía de la poesía, se tomó como un absoluto, que terminó por desfigurarla y convertir esa independencia en una suerte de autismo o gueto poético incapaz de establecer lazos con lo que no es ella, es decir, con los dominios sociales, políticos, subjetivos y experienciales. Creo que los poetas viven ensimismados, viéndose las pelotas. La poesía paso de ser un tipo de saber coagulante, dinamizante y expansivo a ser un saber técnico y servil. Curiosamente eso era lo que exigía Platón de los poetas bajo la amenaza de expulsarlos de la República. En mi opinión, la figura arquetípica de nuestros tiempos es el hacker, porque conoce el funcionamiento de la matriz. Y el hacker, a su manera, podría ser el poeta de los tiempos apocalípticos por venir, si, y sólo si, sabe superar sus saberes técnicos. Pero sería una suerte de poeta épico, por supuesto.

 

—¿Se benefició la poesía con las nuevas opciones para la autoedición, el libro electrónico o la proliferación de editoriales independientes? ¿O le resultó contraproducente?

En cierto sentido fue benéfico, pues posibilitó la difusión y expresión de otras poéticas oprimidas. A mi todavía me tocó un período en el que publicar era sumamente difícil, tanto por los filtros inherentes a la literatura como por la condiciones objetivas de edición. Era un época fecunda en la que sistemáticamente le decían a uno que no y entonces había que persistir a pesar de esas negativas y de un sistema cultural hecho para decir que no. Durante algún tiempo edité una revista y el proceso de edición era complicado; hoy basta con una tablet, una impresora o con las páginas en internet y lo que posibilita un smartphone. Y el facebook —y sus futuras transformaciones— sería el epítome de esta inflación editora del “sea su propio editor” en la que por fin se hizo realidad el sueño de que casi todos puedan publicar sus piensos y versos. Con todo, soy de los que creen que debe existir, por principios de cuentas, la mayor apertura a toda estética y, por supuesto, esto sólo es posible si las mínimas condiciones materiales de vida están dadas. Pero también con esas aparentes facilidades de edición, la poesía ha perdido y, por decirlo de alguna manera, se ha estandarizado hasta el punto de que parece que nada excepcional acontece en el poema. Hoy se cambian de la comunicación, el diseño o la contabilidad a la poesía como se cambian de género o se dan likes en las redes. Y la naturaleza de la poesía, hay que insistir en ello, es del orden de lo acontecimental, para usar una expresión de Badiou. Por ejemplo, lo que ata dos poemas tan diferentes de dos épocas distantes, la griega antigua de la Odisea y la del siglo XX de Muerte sin fin, es que algo acontece en ambas y eso está registrado de alguna manera en los poemas y el lector sabe que asiste a ello y que algo irrumpe. En mi opinión esas devaluaciones tienen que ver con el fin de las resistencias (el fin de la crítica y autocrítica, el líquido subjetivismo, el exceso de positividad y el rechazo a las negatividades; las ingenuidades en las narrativas y autopercepciones tamizadas por las redes, el abaratamiento de las mediaciones y su difusión tecnológica; etc.). Diría que es una poesía profundamente superficial, y no me refiero a frívola, sino a que se decanta y regodea en efectos de superficie; se escriben poemas sobre pececitos, series televisivas, gansitos, sobre esas cosas delicadas y lindas de lo hiperconectado y virtual; hay poetas que usan un concepto de Foucault y simplemente lo trasvasan al verso y se ponen a cavilar sobre qué falta en ser poetizado para demostrar que son genios del verso. Dicho lo anterior, me contengo de golpe y matizo: la autoconciencia histórica nos debe llamar a ser cautos; sobre todo a quienes, como yo, todavía fuimos formados en la resistencia y la fecundidad de las negatividades y tenemos plena conciencia de ese cambio justamente porque venimos de otro período o fuimos educados de otra manera, pues también es posible que esa inflación poética y esa deflación de las resistencias sean síntomas de transformaciones en el estatuto de la literatura, que a su vez descansan en las modificaciones epocales de largo alcance. No hay que olvidar que el registro de la literatura moderna, con sus reglas, juicios de valor, estatutos y dominios, es una de las manifestaciones de la modernidad capitalista que inició en el siglo XVI. Aunque la modernidad, soberbia,  se ve a sí misma como eterna e imperecedera, lleva la muerte en su seno, tal y como sucedió con los periodos históricos que la antecedieron. Habría que recordar, por ejemplo, que para los antiguos el poema era todo menos un juicio autónomo estético. ¿Qué podrá ser un poema en un mundo donde las luchas sean por el agua y un pedazo de sombra de árbol? ¿Qué en un mundo donde el cuerpo se difumine en dispositivos nanotecnológicos?

 

—¿Qué has encontrado en la poesía que no tienen otros géneros literarios?

Varias cosas, aunque mi relación con la poesía ha cambiado. Ha pasado de una especie de pistola para disparar las salvas de mi vida, una especie de descarga anímica, a generar cortocircuitos en mis propios espacios cotidianos e intelectuales. Me da el aire, pero también el suelo y las posibilidades de no olvidar mi finitud. Por un lado, la poesía me parece que permite dosis de concentración cercanas a las experiencias límites o extremas, las drogas, el sueño, la muerte, el orgasmo, los desfiguros, las personalidades múltiples, la esquizofrenia, el suicidio, la lucha de clases entre mi yo, el ello y el super-yo y las formas en que intento dialogar y conflictuar con lo que no soy yo; por el otro, posibilita interrumpir los propios mitos en los que transcurren nuestras vidas: el trabajo, el día a día, el desayuno, el padre abortado, el profesor dedicado, el esposo y todas las lindas chácharas que hacen que duermas feliz pero a las pocas horas tengas pesadillas. Por último, las experiencias desestabilizadoras que pasan por los lenguajes en tanto contenedores de la historia, sus trasformaciones y sus luchas y frustraciones. La poesía, como la historia, en parte se define por los fracasos, las vidas no vividas, los olvidos, las memorias acalladas y que en momentos inesperados emergen o corren el riesgo de desaparecer.

 

—En la actualidad, ¿cuáles son los poetas que frecuentas?

Me gusta frecuentar a los muertos. Creo que me siento a gusto con ellos. Aunque el espectro de mis lecturas donde puedo encontrar un sustrato poético es amplio; puedo encontrar poesía en la aridez de Hegel; en registro analístico de Hobbes; en la prosa cincelada e irónica de Marx; en la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Gibbon. Puedo leer sin ningún prejuicio a Benedetti y a Paz, extremos con almas gemelas. Tengo algunos amigos poetas a los que trato de leer. Algunos de ellos son perfectamente desconocidos: Pedro Goche y Ataúd Martinolli, autores de culto en Guadalajara para una minoría igualmente desconocida. Para entender esto te diría que yo asocio la poesía con la amistad. No concibo la poesía al margen de la amistad. Desde joven me di a la tarea de reventar algunas ideas judeocristianas (el amor, la familia, etc.) y en su lugar instalé una figura antigua, de raíz grecolatina: la amistad y por eso me parece un poco hipócrita el uso que se hace de la frase aristotélica, tan en boga en nuestro tiempo (Amicus Plato sed magis amica veritas); aunque en nuestras sociedad se vuelve cada vez más difícil. Por supuesto también leo poemas de otros escritores para más o menos mantenerme informado, calibrar los tensores y sus metales; aunque me gustaría leer más poesía escrita por adolescentes, porque en ellos se puede mostrar, como en un laboratorio, qué tanta vida y muerte puede contener la poesía, qué tan muertos estamos los de generaciones pasadas y qué tanto la historia redobla sus tambores; pero el día tiene 24 horas y 18 de ellas tiene uno que estar pegado a la máquina destetadora que nos da de comer y succiona los tuétanos.

 

—¿Aún es posible hablar de una poesía del compromiso social del poeta?

La palabra “compromiso social” se volvió sospechosa para los poetas y, en general, para los escritores, particularmente desde la caída del socialismo real. Pero hay varias maneras de entender el compromiso social de poeta y en general de las artes, las filosofías, los saberes, incluidas las ciencias. Y el problema son las simplificaciones que parecen situar a la poesía en dos campos antagónicos: o en uno totalmente puro, formal e incontaminado, o en otro de instrumentalización social. Ambos extremos existen pero no subsumen al fenómeno poético. El rechazo al “compromiso” de algunos poetas deriva de que se encuentran inmersos, muchas veces sin saberlo, en el extremo de la retórica del purismo y el mito de la escritura solitaria. Pero hay que insistir en que la poesía contiene un exceso que desborda el culto a la forma y también subvierte los intentos de instrumentalización política. Ambos extremos, el fetiche de la pureza como la instrumentalización política, son la muerte de la poesía. Pero, particularmente en México, por la hegemonía poética de Paz y la tradición que él representaba, se ha tendido a demonizar la segunda y se da por sentada como cosa “natural” una suerte de poesía incontaminada y pura; una poesía que, por decirlo de cierta manera, cultiva la forma y se regodea en cierto narcisismo y enajenación poética. Después de Muerte sin fin los poetas deberían saber que no es posible ese tipo de compromiso con la forma sin incurrir en frivolidad y narcicismo. Pero habría que ampliar la mirada y señalar que esto es coetáneo de otros dos registros sociales propios del siglo XX en los que también se ha radicalizado el fetiche de la forma: la filosofía analítica y el formalismo jurídico. Ese fetichismo de la forma en poesía, en derecho y en filosofía, podría ayudar a comprender el desastre político que vive el país. Por supuesto, esto que atañe a un diagnóstico, no debe llevar a inferir que entonces el poeta debe renunciar a la forma y sumergirse en las miserias del mundo y escribir informes de la morgue. El apunte crítico más bien significa que el compromiso del poeta es con las escrituras y la imaginación, pero no se trata de escrituras incontaminadas, sino que están atravesada por la vida, por la historia, por las tensiones sociales y políticas y es en ese sentido que se puede hablar de poéticas que podrían inscribirse en la tradición de los oprimidos y del compromiso. No se trata de practicar escrituras que se resguarden de la historia para no contaminarse; de hecho, habría que decir que no hay forma de que la poesía escape a su historicidad, a las contaminaciones, al ruido, a los cuerpos que segregan su células y cáncer; el riesgo es que tanto si se somete acríticamente al fetiche de la forma como si se instrumentaliza con fines tácticos, el poema puede terminar como insumo para los sociólogos del mañana que nos estudiaran para saber nuestras prácticas y hábitos. Otra cosa es el compromiso que el poeta, en cuanto individuo, tiene con lo que pasa en su sociedad y aquí la indiferencia es sencillamente intransitable, pues los tiempos que vivimos son terribles: más de 240 mil muertos por la narco guerra, siete feminicidios por día, cerca de 40 mil desaparecidos, catástrofes medioambientales en puerta, miles de personas lanzadas a la pobreza, desplazamientos y una ascendente automatización de la economía que arrojará a miles al desempleo.

 

—¿Todavía hay lugar para la realidad social y política del país en el discurso poético? ¿Te interesa esa vertiente del acto poético?

Me interesa la poesía que asume sus riesgos y que es consciente de los torrentes de historia que pueden anularla, reventarla, desestabilizarla, alzarla en las crestas y hacerle cantar por los oprimidos del pasado, presente y futuro. Y no me refiero a una poesía grandilocuente como el Neruda de Canto general o al fascista Pound de The Cantos. Desde  el siglo XIX existe toda una filosofía y sociología que supo observar en el nivel micro coagulaciones de largo alcance. Pienso en el pensamiento fragmentario de Nietzsche o en Simmel. Sobre todo en Walter Benjamín con la figura del trapero. Creo que tenemos la suficiente distancia histórica como para evitar los dos extremos de una poética purista y una instrumentalizada por lo social. En el primer caso, el poeta se instala en malls incontaminados, en el segundo, se vuelve siervo del poder. A mí me gusta oponer esa poesía pura y sierva al poder (que en el fondo son los mismo) a una poesía política. Toda la gran poesía es política en el sentido originario del término porque atañe a la constitución de la polis y sus cimientos lingüísticos, sociales, históricos, materiales, experenciales y subjetivos. En mi opinión, el punto es entender que somos seres lingüísticos —y por el momento poco importa traer a colación si la imagen antecede al logos o el logos precede a la imagen— y la lengua  o debiéramos decir, los lenguajes, son construcciones culturales y políticas, pero también campos de batalla, de forcejeos, de plasmas sociales que hierven  e intentan vulcanizar la experiencia y los espacios de poder. Lo que quiero decir es que no basta con verbalizar los cerca de 40 mil desaparecidos y dotar a esa masa de experiencias de una cierta forma lingüística, textil, digital o montar un performance poético. El camino que lleva al poema exige mediaciones y tensores o disparadores, que pueden o no estar sostenidos por una voluntad poética. Por eso es en los lenguajes —cualquiera que sea su textura o materialidad— donde acontecen esas batallas, esas rupturas, esas continuidades, esas apelaciones a lo otro del discurso poético. De otra manera, asistimos a una especie de tautología o apuesta narcisista. Adorno lo puso de manera hirsuta, pero inmejorable: “la identidad estética ha de socorrer a lo no-idéntico que es su oprimido”. La poesía solo puede cumplirse en lo que ella no es y este no, que opera como una negación radicalizada en la misma positividad del poema, puede ser entendido de múltiples manera, como lo social, lo político, las subjetividades, los cuerpos y las opresiones a las que el canto intenta dotar de voz.

 

—La violencia se instala en la conversación diaria, incluso en su vertiente más radical. ¿Qué puede encontrar el lector preocupado por la situación actual del país en tu poesía?

Creo que el tema de la violencia —o deberíamos decir, de las violencias—  en nuestras sociedades es complejo y tiene varias dimensiones. Por un lado, aparentemente nos hemos vuelto más sensibles a las violencias y eso genera la percepción de que son mayores y más intensas. Hay quienes sostiene, como el científico cognitivo Steven Pinker, que comparativamente con otros períodos, el mundo moderno es más pacífico; en lo personal desconfío de esos relatos tranquilizadores y entusiastas que provienen de países que crecieron al amparo de lo que Marx denomina  como acumulación del capital; bastaría con invitarlo un fin de semana a Guerrero para desbaratar la tranquilidad de esa buena alma. Por el otro, me parece que esa percepción también podría estar asociada a la hegemonía del consenso y sus diferentes derivas que rechazan cualquier posición que altere esa supuesta “armonía”. Y aquí incluso podría considerarse a la crítica, pues por momentos es tenida como una manera “violenta” de relacionarse con las obras y los escritores. Esto explica que a una crítica, así sea situada en la obra o en los poemas, se reaccione con cierta virulencia. Atreverse a decir que no, a sostener una opinión adversa, contradictoria, conflictual y disonante para esas sensibilidades tamizadas en el dialogismo y la hegemonía del consenso pasa por violencia. No es gratuito que dos de los filósofos del dialogismo normativo pasen por ser “autoridades” en los estudios sobre teoría de la democracia: Habermas y Arendt. Por supuesto, esto no significa que las violencias no existan. Ahí está el país tapizado de asesinatos y luego están las violencias sistemáticas del modo en el que opera el capitalismo, sometiendo a miles de personas para vivir en la pobreza y transformarles en mercancías. Entonces habría que hacer distinciones, ver dónde la acusación de violencia es, en el fondo, un dispositivo para aplastar y acallar la crítica y el ejercicio del pensamiento disidente, dónde las violencias son soterradas expresiones de la estructura del capital, dónde se parapetan las microviolencias, hasta aquellas radicales violencias como el feminicidio, la agresión y el asesinato. Por supuesto, la poesía podría hacerse eco de esos fenómenos y asumir los riesgos de pasar por oficina del registro civil o asumir lo acontecimental. Pero, en cualquier caso, el trabajo poético, antes de asumir lo que no es, debe pasar por varias mediaciones, incluidas las de las escrituras (y habría que entender por escrituras algo más amplio que el registro alfabético y su puesta en tensión por los medios de expresión tecnificado del tardocapitalismo). Y tengo la impresión que el principal eslabón de esta arista en la poesía pasa por el cuerpo como centro coagulante y disparador.  Algo de esto he tratado de trabajar en Materia en fuga. Y no es para menos, el ascenso de las subjetividades ha hecho que reparemos en los cuerpos y las maneras en que éstos están sometidos a miles de cargas y descargas, incluida la infamia de secuestrar personas y niñas para esclavizarlas, prostituirlas, extraerles los fetos, los órganos y venderlos.

 

¿Piensas en los lectores al abordar tu escritura? Has publicado cuatro libros de poesía. ¿Cuál ha sido la respuesta de tus lectores?

El lector es importante y complementa el ciclo de la escritura; aunque me parece una figura problemática. Creo que uno de los mayores riesgos de las escrituras contemporáneas es justamente que se toma al lector como patrón de medida y éste —no hay que ser ingenuos—, en el mundo moderno es un sucedáneo del comprador. El lector, en el mundo editorial, es una máscara que se usa para ocultar al comprador y las operaciones del capital. Las estadísticas anuales sobre la baja lectura ocultan el rostro de los monopolios editoriales por las ventas. Por eso, mediante el sometimiento de la escritura al “lector/comprador”, se termina por sacrificar la experiencia subjetiva, histórica, conflictual, del propio escritor. Y no es que no importe el lector; es sólo que esta figura requiere una serie de condiciones objetivas, materiales y subjetivas que, al menos, en el mundo moderno, particularmente en México, no se han cimentado; lo que existen son compradores y el capitalismo lleva más de 400 años trabajando en ello. De esa manera, se desliza la igualación del poema con la producción en serie de gansitos, calcetines y calzones que se venden en el mall. Por esto son importantes las pequeñas editoriales que operan en lo micro donde detectan al genuino lector y su lógica de operación es menos mercenaria y, diría, más honesta y justa con la escritura. Por supuesto, siempre es gratificante encontrar a alguien —sobre todo un desconocido—  que le diga a uno, “¡Ah, Ud. es el autor de tal cosa!, ¡Imaginaba que tenía más pelo¡” Pero en mi caso cuando escribo no pienso en el lector, ni me interesa complacerle; esto no debe tomarse como desdén sino por lo que mencionaba arriba: el poema es del orden de los tensores, las coagulaciones, los cortocircuitos, los residuos del cuerpo y en esa medida en mi escritura el lector es contingente. Por supuesto, una vez que se vuelve sobre la escritura, está presente el lector, aunque sea en la forma cómplice de ese lector que es uno mismo y que tasa ciertos efectos y legibilidades y que decide, finalmente, tirar el poema a la basura y continuar su vida lidiado con las maquinas sociales.