Pese a sus apuntes críticos, esparcidos con más generosidad que ansia de vapulear, no es poco el mérito que James Stourton le reconoce a Kenneth Clark (1903-1983) en las páginas de Kenneth Clark. Life, Art and Civilisation (2016). Subrayo lo siguiente:

 

Hay muchos Kenneth Clark para describir: el director de museo, el cortesano, el mimado por la sociedad, el experto en Leonardo [Da Vinci], el hombre de acción, el publicista en tiempos de guerra, el que pudo ser un académico contemplativo, el conferenciante y periodista, el administrador y el profesor, el magnate televisivo y presentador, el intelectual público, el historiador del arte no-académico, el coleccionista, el mecenas, el hombre de los comités, el conservacionista, el hombre de familia y el amante – la suma del hombre es igual a las partes.

 

Una de las más estimables —y la que aquí subrayo— fue su condición doble como crítico de arte y, a un tiempo, defensor de la tradición estética clásica occidental… ¡en televisión a color! Digamos lo menos: el trayecto vital de Clark fue agitado. Vivió las dos guerras mundiales desde uno de los polos de acción bélica: Inglaterra. Hijo de una familia aristocrática, se educó en el amor al arte y en la contemplación de los maestros del Renacimiento. Esa fue la parte más importante de su educación, a decir de Stourton. Y es que para cuando la BBC autoriza el gasto desproporcionado y monumental para la filmación de su serie más importante (Civilisation, 1969), ya había sido director de la Galería Nacional y presentador en diversos programas como conductor estrella. En perspectiva, la suya fue una carrera por reivindicar la forma clásica, antes que defender las nuevas propuestas. Una elección espiritual que le valdría el reproche de los más jóvenes, entre ellos, John Berger.

Civilisation, transmitida de modo estelar por primera vez en televisión a color, lo que permitió a millones de espectadores admirarse con los frescos de la Capilla Sixtina o con los cuadros de Leonardo y otros maestros del Barroco, es su legado más importante. Incluso más que aquel que interpretó en primera persona como gestor de arte institucional, con facultades administrativas suficientes como para adquirir obra para las colecciones reales con impuestos del pueblo británico. Clark llevó una vida descansada de contemplación y gustos refinados.

Los preparativos para la filmación, a mediados de 1968, sucedieron en medio de los tumultos estudiantiles, lo que apenas importó a Clark, ya que la suya no es una visión marxista del arte, ni aún reivindicadora de cualquier movimiento social, sino una comprensión aristocrática en la cual rastrear un modelo universal para el hombre. En su modo de entender el mundo, lo que existe así debe permanecer so pena de arriesgarlo todo. Esto derivó en que apenas haya mención en Civilisation del mérito de las vanguardias artísticas (dadá, surrealismo, etc.), para concentrarse en las formas que han sido el eje con el cual mantener una conversación estética que se alarga entre los siglos.

La crítica de Clark importa porque vertebrar una historia del arte equivale a dar razón de la civilización, a la manera de un conjunto secuencial de actos creativos, unidos por lazos invisibles que el crítico intuye y visibiliza para los demás. No es, como podría pensarse, sólo hacer un recorrido de hitos y limitarse a refrendar las admiraciones inmemoriales. En ese paseo crítico, John Ruskin fue su tutor intelectual, al que nunca dejó de leer y quien ha escrito páginas intempestivas sobre las formas estéticas. Si la historia de una civilización admite ser el arte que ha creado para deleite de sí misma, Clark es uno de los historiadores menos interesados en el movimiento pendular tradición-vanguardia-tradición-vanguardia. Para él, la suma de las formas artísticas siempre atiende al engrandecimiento del espíritu, antes que sólo a los dictados del mercado o la pasión por sorprender. Clark, digámoslo pronto, era un reaccionario con los medios a su alcance para polinizar su manera de entender la historia del arte. A su modo de entender, la Victoria de Samotracia es tan contemporánea o más que el arte que se exhibe en la galería que ayer abrió sus puertas en la calle más céntrica de Londres. Su manera de oponerse a los excesos del arte actual, por ejemplo, fue ignorándolo. Stourton explica que la educación tradicional de Clark habría ayudado a esta forma de narrar la historia del arte, tal como hicieran E. H. Gombrich, Robert Hughes y, más recientemente, Simon Schama. Siempre se corre riesgo al reivindicar cualquier expresión de la actualidad.

Cincuenta años después de que se filmó Civilisation, ésta no ha envejecido. Éste no es un mérito cualquiera para un producto televisivo. Puede o no estarse de acuerdo con Clark, pero lo que no puede hacerse (a menos que se intente como una ligereza o un desplante de adolescente) es restarle mérito y hacer a un lado su modo afilado de agrupar periodos, artistas, formas estéticas. Ejerció un modo auténtico y valeroso de construir una historia del arte, y esto ya es notable en sí mismo.