La relectura siempre es un descubrimiento, no tanto quizá por el propio hecho de la lectura, sino por lo que permite vislumbrar de nosotros mismos como un ser en la Historia.

En sus azares, en sus puntos de apoyo y también en sus inflexiones, subraya lo que hemos cambiado porque la materia leída nos lleva a recordar las circunstancias en las que se realizó la primera lectura o, más generosa aún, aquel que fuimos, anhelamos ser o elegimos declinar. Releer siempre es una vuelta a un punto desconocido y también una escalada a un observatorio para escrutarnos sin intenciones taxidérmicas.

Esta línea de Edith Wharton, que bien podría inscribirse en la puerta que cruzan quienes utilizan la relectura como una forma primaria de interacción con la realidad, siempre viene a cuento: “Ningún vicio es más difícil de erradicar que aquel que se considera popularmente una virtud. Entre estos vicios destaca el vicio de la lectura”. Esta afirmación, vertida con alguna socarronería, puede ampliarse a la relectura, espejo doble del acto inaugural que lo motiva.

Y si la lectura, que se tiene por “buena” de manera natural —como si no produjera miopía, hipertensión o sedentarismo— admite ser considerada un vicio, lo mismo podría suceder con andar en bicicleta, besar a la misma mujer durante cincuenta años o beber un café por la mañana. Lo que digo es esto: el ser humano, organismo de costumbres, es el único animal que genera hábitos y, al paso, les atribuye cualidades intrínsecas de bondad o maldad.

La relación con el libro es mutable. Volúmenes que antes nos resultaron ociosos o incluso impertinentes, pasados los años muestran sus atributos oraculares, con las señales necesarias para darle continuidad a los días. La relectura, acto providencial que debe hacerse con paso meditado, exige de quien la practica más rigor de quien la realiza, ya que de poco vale caer en alguna reincidencia sin un efecto benéfico a cambio.

Se espera que un lector más avezado deambule con cualidades de sabueso sobre la página que ya conoce. Y no, como podría pensarse, con la desprevención de quien se inicia en las tareas de la caza. Escribo desde mis estrenados cuarenta años y las páginas de mi vida sobrescriben aquellas que releo. Ya me sucede con frecuencia que ignoro si lo que recuerdo es producto de alguna lectura, o de alguna vivencia que se emborrona en el tiempo. Ante esta eventualidad —permítaseme llamarla así— opto por el silencio aunque sí pienso en la vida triste que llevaría sin el consuelo del producto escrito.

Imagino que habrá quienes no deseen esa confusión entre vida y literatura, pues la solidez de los hechos aporta certeza y fiabilidad en lo que se hace. Ofrece la sensación de andar con paso firme. Yo elijo un área de sombra, interregno fabuloso en el cual respondo a una pregunta cualquiera con un diálogo literario para atender a una personal y, claramente, retorcida satisfacción íntima. No ignoro las felicidades sensoriales, pero sus aportes son tan efímeros que prefiero apenas detenerme en ellos.

A un lado de esta elección, habrá quien ejerce la relectura como una memoria de sí mismo. Nada hay que reprochar. La marcha de los días es una secuencia de infortunios y la experiencia del “yo” —así sea la más elemental— permite un roce de lo que se ha denominado el “hecho humano”.

Los estantes en las librerías de viejo, en donde se resguardan todos los aciertos y desaciertos de la experiencia humana, esperan con ansia la cercanía de algún curioso que se anime a soplar a los volúmenes olvidados por la humanidad misma que les dio origen. La relectura, a su modo, es una forma de retribuir los esfuerzos del pasado, así sean los más erráticos que puedan concebirse.

El mundo en sí mismo ofrece la posibilidad de la relectura. Los seres humanos también son libros. Recordamos algo de ellos en un momento determinado, y cuando cambian de página, no los reconocemos más que por aquello que nos marcó de su paso por nuestra vida. Podría tratarse de una persona diferente por completo, aunque no la vida no ofrece siempre el tiempo necesario para redescubrirla.

El goce de la relectura implica el hecho de la zambullida, que a diferencia de una lectura inicial, lleva una impronta de felicidad o infelicidad humanas. Cualquier goce imaginable, me atrevo a referir, lleva entre los pliegues de la ropa alguna memoria, con lo cual deriva reconocible si es que todos los recuerdos de la humanidad son un producto colectivo.