Si la vida humana admite ser calibrada a la manera de una secuencia de pasajes, que lo mismo pone a prueba nuestra capacidad física que intelectual, entonces el instante en el que nos preparamos para matar a una mosca admite ser una imagen fidedigna de nuestro paso por el mundo.

Medito en voz alta: el matamoscas, herramienta sencilla y salvífica, permite el placer de la destrucción controlada y también aquel que compele a mantener un lugar libre de agentes de la llamada “insalubridad”. Porque la mosca, con su modo amenazante de volar en círculos amplios o con ese zigzag impredecible y exasperante, ha logrado un lugar de primer orden como uno de los enemigos más temibles de la humanidad.

No seré exhaustivo, pero a la mosca se le atribuye la repartición de todo tipo de infecciones, que llevaría de un lado a otro a partir de su condición nómada, al punto de que un lugar en el que puede verse una o varias de ellas se considera “malsano” de manera automática, como si su presencia fuese un signo indubitable de que el ser humano debe huir con la mayor velocidad posible. No será lejano el día en que leamos que también provocaron la extinción de los dinosaurios.

Y es que el lapso que va de la detección de la mosca, a que su cuerpo diminuto yace sin vida sobre una superficie, de cuerpo entero o como un registro impresionista, pone a prueba el ingenio humano y la capacidad de reacción del organismo. Más de uno habrá intentado, en la urgencia, enrollar un periódico para intentar la eliminación del agente patógeno. Esta suerte, por lo común, termina en una pifia, salvo que la mosca sea obesa y se mueva con dificultad, luego de comer aquello que coman. La conclusión es que somos seres lentos.

Para un lance con éxito se requiere ese brazo ondulante de plástico, que permite el paso del aire y esquiva la capacidad el enemigo para presentir el golpe certero que lo hará conocer el más allá. Porque a la mosca, que por su tamaño y condición puede hallar refugio de manera súbita, debe cogérsele por sorpresa, jugar a que no se advierte la música infernal de su vuelo en círculos, o ese modo insistente de ir y volver al mismo punto para frotarse las patas delanteras, como si tramara un acto melodramático en contra de la humanidad.

Es una pena admitirlo pero el ser humano requiere destrezas —llamémosle “trampas”— para eliminar a uno de sus adversarios más persistentes. Por supuesto esta consigna de su triunfo diminuto está ligado al uso del matamoscas, y no, como suele hacerse, al empleo de insecticidas o productos para atraparlas en superficies pegajosas. No hay goce posible en el uso de estos artificios, creados por mentes que buscan ahorrar cualquier inconveniente a quienes viven con prisa, en cincuenta metros cuadrados, con cucarachas en la cocina y cuatro perros que comen dos veces al día.

El goce legítimo por la eliminación de una mosca implica utilizar el matamoscas, con toda su imperfección y capacidad lúdica. Porque debe decirse: en entornos familiares también puede utilizarse para “matar” simbólicamente a un entrañable, que por su modo de ser comparte alguna cualidad con las moscas, y con ello ahorrarnos el batidillo de sangre que genera el uso de un arma de fuego, además de las consecuencias legales, insufribles para quienes sufren un delito o lo cometen, en un país sin un aparato de administración de justicia con un mínimo de operatividad.

Hay un goce irrenunciable en la muerte de una mosca. Es de tipo sensual aunque también con un sesgo intelectual por la planeación que requiere. El cálculo del golpe no admite equivocaciones. Un exceso de fuerza puede alertar al adversario o generar un corte violento en el aire, lo que proyectará su cuerpo hacia un sitio en el cual no podamos hallarlo de nuevo. Otra confesión: no vemos con gran profundidad. Nos falta definición y algunos colores nos impiden adentrarnos en el detalle.

Verse impedido para aniquilar a una mosca genera frustración, rencor, molestia. El hombre, ser cautivo de necesidades materiales, no debe sumar a su día la irritación que provoca un gasto calórico empleado en una acción infructuosa. Esa mosca se reproducirá, una y otra vez lo hará. No detendrá su carrera por la autosobrevivencia, aunque esto conlleve la generación de decenas de oportunidades para llevar a cabo la muerte de sus congéneres.

El golpe certero de un matamoscas, con el cual se aniquile a uno de esos insectos, genera una ebriedad interior y la realidad de este país la exige para cada día del calendario. Salud.