X. El fin de una época

 

La juventud se esmera por reinventar el hecho humano. Es uno de los periodos de la vida en que con más entusiasmo se critica el estado del mundo. Todas las energías de la juventud se destinan a entender y cuestionar por qué la realidad sucede de un modo y no de otro.

La lenta revelación de la forma secreta del mundo, con sus leyes no escritas aunque más presentes que aquellas que se publicaron apenas ayer, termina por modular ese entusiasmo, que con suerte derivará en un acto creativo para el enriquecimiento de la sociedad. Lo común, no obstante, es que se naufrague en el silencio de las generaciones, una vez que se ha confirmado el gusto por la inmovilidad de la masa humana. Cambios graduales, imperceptibles, cómodos para la mayoría. Es la historia, desesperante si se quiere, del mundo.

El movimiento punk fue uno de los últimos temblores juveniles que buscó subrayar la necesidad de hacer uso del radicalismo para modificar las estructuras sociales. A su modo, con sus alcances limitados y sus gestos adolescentes, no hizo poco. Abrió nuevas vertientes para la música popular, la estética, la moda, el arte, etc. Revitalizó un segmento del pensamiento político, el anarquista y socialista pacífico, con el cual se dio herramientas para poner en entredicho una modalidad de ser joven y ejercer la juventud, esto es, de actuar en los límites de la realidad, de entenderla y, de manera consecuente, de integrarse a la dinámica social.

La extensa bibliografía escrita sobre el movimiento punk revela sus puntos de contacto con revueltas sociales, políticas y culturales. A la manera de una gigantesca onda expansiva, sus provocaciones se mantienen como válidas y la “actitud punk” se asentó en el imaginario colectivo para encarnar una forma irreverente de hacer frente a la sociedad. Ser un punk se ha vuelto sinónimo de ser un antisocial, un inconforme y, con alguna suerte, un luchador por la libertad.

Pero las condiciones sociales en las que se generó el movimiento han cambiado radicalmente. Uno de los cambios más sensibles: la división entre capitalismo y socialismo dejó de existir. El mundo bipolar se trasformó en un canto único al libre mercado, la (aparente) libertad de iniciativa y acción y a los procesos democráticos como el punto más alto de la experiencia civilizatoria. Ahí donde se vota y se respetan los resultados, se amanece a una realidad más vivible, parece decir el pensamiento único. Y, pese a ello, subsiste la pobreza extrema, el hambre en naciones consideradas periféricas, la muerte por enfermedades curables en los países menos desarrollados, la migración por motivos económicos o de guerra.

Diversas batallas que han sido adoptadas y vigorizadas por la izquierda, ya estaban en el programa de los punks setenteros: el feminismo radical, la diversidad del género, la lucha por la dignidad de los animales, la vuelta a la naturaleza, la dimensión política de la vida vegetariana, etc. El punk, que no logró generar a un hombre nuevo —no se lo propuso, por lo demás—, se enfrentó valerosamente con su primitivismo a las células cancerígenas que acosan a las sociedades actuales. Ese choque, que parecía infructuoso, generó beneficios para las nuevas generaciones. Su legado no ha sido sobrepasado por otro con una fuerza semejante.

Las Pussy Riot, por ejemplo, tan mediáticas y radicales, son un eco de aquel episodio en el que los Sex Pistols cantaron en una barcaza contra la Reina de Inglaterra en las aguas del Támesis, frente al Parlamento británico. El mérito que se les concede brota de la ignorancia más irreparable. O de un entusiasmo temporal a falta de más opciones para confrontar al poder. El punk, de ser una arena para la invención, se transformó en un banco de ideas para cuando ya no hay ideas.

Aquel entusiasmo, como sucede, menguó. La caída del muro de Berlín pareció otorgar de manera definitiva la victoria al capitalismo, y la juventud se lanzó de manera obsesiva a la persecución del confort, los bienes materiales y el consumo desmedido. El periodo que corre de 1990 a 2010 se percibe suelto de ideas y flaco de provocaciones. Es una década perdida para los jóvenes. Esa zona de interregno, que no era fin de siglo aunque tampoco un reverberante inicio, motivó la infelicidad y la decadencia de las ideas políticas. Ni hubo siquiera, como en el caso del primer movimiento punk, un coqueteo con el anarquismo, el anarcosindicalismo o cualquier forma de socialismo para mejoramiento de la sociedad. Hubo muecas en el espejo, luego de una borrachera de ego.

Ya no hay ideas porque todo sucede en un orden sensorial que persigue la novedad a cualquier precio, y se paga con tarjetas de crédito con aplicativos electrónicos. Hubo algunas corrientes musicales aunque ninguna mostró la habilidad o el vigor necesario para generar un cambio en las estructuras. O siquiera para plantear una forma posible de proyectarlo. Fue un época negra para la juventud, incapaz de subvertir el orden que recibió como si se tratase del más perfecto posible.

La música, por su parte, que nunca ha negado su histrionismo seductor, sus aditivos para ganar adhesiones, se entregó con frenesí a la construcción de figuras para venerar. No importa si se llamaron Kurt Cobain o Marilyn Manson, en todos ellos iba encriptada una modalidad autodestructiva y ruinosa de entender la vida. Se aceptó la propuesta de la violencia y muchos se lanzaron a venerarla como si se tratase del nuevo becerro de oro. Aquí y allá brotaron discursividades que celebraron el imperio de la violencia, fuera en la literatura, la pintura, la música.

Esta aceptación vuelve explicable que Cobain haya elegido suicidarse, además de cientos de jóvenes que lo siguieron como los roedores al flautista de Hamelin. El desánimo, la falta de opciones para el desarrollo de las capacidades, someten a la masa de la juventud hasta volverla una población indiferenciada que debe perder su identidad en aras de la construcción social.

Las oportunidades de la izquierda a nivel mundial, sea a través de movimientos moderados con una perspectiva de centro, o de radicalizaciones a partir de las versiones menos hospitalarias del pensamiento marxista, dejaron más endeble que nunca el panorama de las sociedades occidentales. El producto de la juventud democrática se extravía con facilidad en los laberintos de la drogadicción, la persecución de sueños para un disfrute de minutos y la confianza en escenarios que no soportan el escrutinio más elemental. Oscilan entre la ingenuidad y el desbarrancamiento.

Estos escenarios de ningún modo son responsabilidad de los más jóvenes, que amanecen a la madurez con la obligación de emplearse para instalarse en la ansiada “productividad”. Estas pérdidas de sentido, según sea el caso, son responsabilidad de quienes capitalizan a la juventud apenas como otro agente poblacional antes que como el cuerpo social que habrá de operar los controles de la sociedad, eventualmente.

La actual resurrección del pensamiento conservador es un síntoma que atiende a los repetidos fracasos de la izquierda alrededor del mundo. A partir de pequeños brotes, por lo común anatemizados por los medios de comunicación, los jóvenes se sienten compelidos a salvar lo rescatable de los fascismos europeos de los años treinta, y pensadores de la teoría política que vivían en la sombra como Alain de Benoist o Alexander Dugin, de pronto son consultados para vislumbrar cuál podría ser la dirección actual de la órbita occidental. Lo anterior, de la mano de los estudios que revelan las consecuencias fatales de la implementación de las ideas de izquierda.

Eso lleva a pensar que la tarea de los más jóvenes es la comprensión del mundo, en primer término, para luego abrir paso a un entendimiento veraz de la condición humana que permita articular un pensamiento para darse a sí mismos un futuro promisorio. Nadie más lo hará por ellos. Se terminó la época de las consignas, las soluciones mágicas, el áulico programa de gobierno.

Los sectores privilegiados son impermeables a los cambios desfavorables a sus intereses. El capital financiero internacional dicta la agenda a organismos internacionales y gobiernos nacionales, con lo que apenas hay espacio para lograr un centímetro de movilidad en el cual celebrar la vida y sus instantes de plenitud. Quizá el hallazgo más revelador después de 1989 es que no hay un sistema ideológico capaz de prever toda situación humana. El paso del hombre por el mundo está gobernado por el azar y cualquier postulado ideológico inflexible termina por convertirse en una jaula. Más de cien millones de muertos es la cifra de los que perecieron en la construcción del “socialismo real” alrededor del mundo. Esto nunca más puede volver a ocurrir.

Así que pese a lo escrito, respecto a la falta de ideas o de iniciativa para los jóvenes, destellan aquí y allá líneas de esperanza para otear un camino al frente. Ya no habrá otro movimiento punk, ya no habrá otro enfrentamiento musical con la autoridad. El uso político de la música se encuentra casi agotado. El punk fue un hecho único que no se repetirá. De aquello, queda un ejemplo vivificador para fomentar la esperanza y el consuelo. Esto nunca será poco y siempre queda camino para seguir adelante.