El acceso a un cenicero por parte de un fumador —y más aún si se cuenta con la exclusividad de su uso—, dice más del mundo actual de lo que pudiera intuirse a partir de un mero acercamiento casual y hasta distraído a lo que se denomina “la experiencia de estar vivo”.

Las razones de este hecho son variadas aunque la mayoría de ellas inciden en la siguiente intersección: el fumador es un ser que ha realizado los méritos suficientes como para que todo a su alrededor le recuerde su condición de fumador. Yo no lo soy (ya no), pero sí recuerdo que ejercí la libertad de fumar, no en los aviones, como lo presumen los más viejos, pero sí en lugares públicos o en sitios que ahora se mantienen como santuarios de la vida sanitaria. Ya tengo algo que contar a los más jóvenes.

El ostracismo al que es arrojado un fumador, convengamos, ya excede los límites del sentido común. ¿Hay razones fundadas, más allá de las que hacen referencia a la pérdida de la salud, para establecer en normas jurídicas que su elección es perturbadora para la sociedad? Cada vez me parecen menos contundentes. Si no somos dueños de la vida que se nos dio al nacer, en el acto nos degradan a la condición de un organismo que subsiste por procesos biológicos y químicos.

El cenicero y el fumador son alejados uno del otro en la actual lógica social de preservación de la vida por decreto de ley. Sin embargo, esas disposiciones que norman una elección de consumo y destrucción personal, carecen de “autorictas” aunque cuenten con “potestas”, en términos del antiguo si bien atemporal derecho romano. Un conflicto que no se resolverá ni aun si se fuma en un sólo día todo el tabaco del mundo.

Estas prevenciones tienen lugar no debido a una preocupación por el fumador, condición tan volátil como azarosa, sino porque el legislador pueda mañana dictar una ley que lanza al ostracismo a quien consume, digamos, elotes de grano mediano en cierta temporada del año o algún tipo de bebida energizante. Las acciones de esa mano larga, que dispone sin más lógica que la de mantener viva a una parcela de seres vivos, es preocupante por donde quiera que se le mire.

Tengo simpatías por los fumadores. Y no a causa de la sonoridad improbable de alguna línea poética, sino por su deliberada voluntad de inmolarse en un mundo que defiende la vida por encima de cualquier valor, incluso si no enseña de manera contundente a cómo vivirla o que, una vez que se aprende ese elusivo arte, ofrezca medios para llevarlo a cabo. Es una caída en espiral.

El fumador, en efecto, muere con su elección, aunque nunca de manera diferente a quien se lesiona con el consumo de azúcar, una vida laboral estresante elegida por voluntad propia o por las tensiones que genera una infidelidad sostenida en el tiempo. “Vivir es morir”, “Empezamos a morir cuando nacemos” y demás frases justificatorias para aceptar el hecho de la muerte, dicen, se aquilatan con más precisión cuando se tiene un cigarrillo en la mano, encendido y humeante. Hipótesis improbable no obstante se le concede el mérito de atraer incautos.

De aquella etapa, en la que anhelaba el consumo del tabaco, sólo recuerdo que un día sin explicaciones me olvidé de fumar. Habré obsequiado mi última cajetilla a alguna pareja efímera, con lo que quedé libre para entregarme a otras ceremonias de autodestrucción, como el deporte por fines estéticos o la lectura sin medida en detrimento de mis ojos, el sistema cardiovascular y la presión arterial.

Los modernos ceniceros, instalados en edificios públicos, son las nuevas estaciones para que los guerreros puedan darse algún alivio a media batalla. Ahí puede vérseles a distancia, arremolinados en conversaciones mudas, abstraídos en el teléfono o, sencillamente, con la vista perdida en un horizonte improbable debido a la selva de asfalto. Pero siempre se les ve. Es una población de esforzados en un empeño vital que los orienta hacia la muerte.

Porque debe decirse: un fumador es un ser que resiste. No importan los dientes amarillos, la piel ajada y seca, el mal aliento, la imposibilidad para la actividad física, las complicaciones cardiacas. Hay un ahínco superlativo al que se entrega porque nadie podría hacerlo mejor que él, que fuma en solitario o acompañado por sus pensamientos.

En ese arco de tiempo, el roce de una colilla abre la mañana o cierra la tarde. Los hitos de una jornada dejan su marca en el cenicero, lugar que guarda la memoria de los días y las noches.