Los poetas viven varias vidas. La primera, piedra fundacional de las demás, es la biológica, que es un paso por el mundo ejercido con estridencia o discreción. Las venideras, si suceden, son producto del entusiasmo de los lectores, la crítica o la academia, que alimentan la necesidad de una lectura a través de los mecanismos que cada uno de ellos posee. En el caso de los más grandes, esas vidas están llamadas a durar lo que dure el tiempo humano y la memoria que lo hace un ser privilegiado.

A Saúl Ibargoyen (Montevideo, 1930–México, 2019) se le veía por ahí, a media calle, siempre como timón incansable de talleres de poesía y en las ferias del libro como el asistente más tenaz. Intuyo que no sabía o podría recordar el nombre de todas las personas que de manera espontánea lo saludaban, se acercaban a él para recomendarle alguna lectura reciente o con la intención exclusiva de hacer patente su involucramiento con el mundo de la poesía. Ibargoyen correspondía a esas atenciones como el embajador más calificado y, si la charla daba para más, con alguna sazón producto de su imbatible sentido del humor, por lo común irónico y sobrado de agudeza. Todo eso y más para compartir su vocación por la poesía. Y, sin embargo, apenas algunos sabían los motivos de su llegada a México, las causas de su salida, detalles de su vida sentimental o, por ejemplo, sus primeras lecturas de la adolescencia. Saúl Ibargoyen eligió ser un gran discreto y prueba de ello fue la modestia soterrada de sus ceremonias fúnebres.

Ibargoyen era una punta acerada con un comentario amable para orientar sus lecturas a quien se lo preguntase. El trabajo, sin embargo, es individual y donde Dios no dio él ya no podía hacer nada. Su poesía, para quienes la frecuentamos, de manera regular o esporádica, es la de la destrucción de la forma. Un flujo de palabras que se asoman a la página con un vigor enérgico para reafirmar que nunca deben ser consideradas poesía “tradicional”. No lo es ni podría serlo. Nunca dejó de ser un vanguardista y cada uno de sus títulos es un salto de riesgo, si bien más de uno se extravió en la persecución de objetivos quiméricos. Es una poesía desigual producto de una mente inquieta, aunque siempre genera interés, sea por la propuesta o porque el lenguaje se cuidó con precisión y gentileza. Ibargoyen nunca se repite y acaso una forma del estilo es la persistencia voluntaria en una posibilidad llevada a fondo.

Ibargoyen es uno de los productos más cabales del siglo XX latinoamericano. Motivado por la represión de su Uruguay natal, se exilió en México de 1976 a 1984 y desde 1990 fijó su residencia en la Ciudad de México. Abrazó el ideal socialista y eso le obligó a cambiar de residencia debido a la persecución y a la violencia política. Por lo mismo, uno de los ejes de su obra es el desarraigo, el olvido y el traslado forzoso, consecuencia de las convicciones. Hallo estos versos en “Patria perdida”:

Mi punto de partida

fue el olvido

fue aquella pureza necesaria

con que a veces la memoria

se entretiene.

 

A vuelo de pájaro, calculo que su producción sobrepasa la cincuentena de títulos, y no ha sido reunida en su totalidad por institución o editorial alguna (a menos que me equivoque), lo que ha dificultado una lectura integral para explorar sus inflexiones, hitos y puntos de madurez. Los lectores de Ibargoyen han saltado a sus títulos con la convicción de estar ante una voz poética de fuste, que de manera inexplicable fue escasamente atendida en público por el parnaso mexicano. Es acertado el juicio de Jaime Labastida, quien escribió de su labor poética lo siguiente:

Ibargoyen es un hombre de fronteras y de viajes, un hombre que se ha desprendido de muchas pieles, que se ha arrancado llagas al tiempo que la carne lacerada y viva; que ha olvidado multitud de estaciones y lugares; que ha cambiado de oficios y países, pero que siempre ha sido consecuente consigo mismo y con su patria primordial, el lenguaje, que es la patria común a todos los hombres, sin que importe su linaje (Unam, Material de lectura, 2013).

 

La obra literaria de Saúl Ibargoyen exige una lectura de los especialistas, sean mexicanos o uruguayos. Su caso es una intersección de dos países que compartieron una historia común de autoritarismo y falta de respeto por los derechos humanos. Apenas interesa si no gusta a los exquisitos o si sus convicciones políticas ya están lejos en el tiempo. Importa que su obra se mantiene como un notable ejercicio de intuición poética, goteada con estoicismo y coraje, a lo largo de varias décadas. Ibargoyen, autor múltiple, no se confinó a la poesía (no podría haberlo hecho por su inteligencia), y también se arriesgó en la narrativa y la crítica. Es otra veta que ofrece su perfil de autor sin puertas donde no está justificado que las haya.

Me llega a la memoria aquel cierre del festival de Poesía en Primavera, organizado por Hostería La Bota algunos años atrás. En la ronda de lecturas, uno tras otro subían los poetas a la tarima para leer su labor y con alguna malicia se robaban los minutos unos a otros. Al llegar el turno de Ibargoyen, quien fue invitado de honor, él no aceptó subir a la tarima y eligió leer a nivel piso, rodeado por decenas de oyentes a su alrededor, que aplaudían con vigor al final de cada poema. Uno a uno, agotó sus textos con el auxilio de los últimos rayos de la tarde. Fue una lectura crepuscular que se iluminó con sus palabras, cual si fuesen tímidas aunque incansables luciérnagas. Luego cayó la noche y al finalizar se vio rodeado por aplausos y la amistad de los escuchas y seguidores. Aquello fue una lección para los poetas más jóvenes, aunque es improbable que más de uno haya leído lo que debía leerse entre líneas.

Ibargoyen, poeta del exilio, de la dolorosa trashumancia y el andar azaroso, ya cruzó sin temores la denominada “última frontera”. En su caso, no obstante, todo indica que será la primera de muchas y esta convicción debe acompañar la lectura de su obra.