Es usual que se piense —y habrá alguna razón en ello—, que el comentario de libro es más un acto de intención comercial o producto de la amistad, que una tentativa capaz de motivar un repaso de inquietudes una vez pasado el tiempo. La velocidad de las publicaciones genera un aluvión de comentarios en los que no es fácil distinguir entre lo que se denomina un “maquinazo” (una nota apresurada y sin apenas sustancia), y un texto que pueda revelar, así sea en parte, la curiosidad intelectual de quien lo escribe y, motivado por la pasión de compartir un hallazgo, lo publica en un medio de comunicación.

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) prueba con las notas reunidas en No leer (2018) que ese subrayado de entusiasmos admiten una remodelación en busca de un orden para gozo de los lectores y potenciales relectores. En las mejores páginas del libro, el autor chileno engarza memorias y una irónica ensayística con una forma de la crítica literaria que pasa por las emociones antes que por las teorías más recientes de cualquier academia imaginable. Esto se agradece. Quien disfruta la lectura —quiero decir: quien la experimenta como un empeño vital; quiero decir: quien ejerce el oficio de lector— busca no sentirse solo frente a sus abotagados estantes o confirmar que un título fue relevante y no sólo por un entusiasmo fugaz.

Lo que es “bueno” en literatura, esto es, aquello que debe visitarse so pena de perder referentes fundamentales para la conversación literaria, es producto de un consenso motivado lo mismo por la industria editorial, las academias de cualquier lengua y la crítica que se hace en los medios de comunicación. Sin embargo, también colabora ese lector ocasional que acude a las librerías y no se deja impactar por cintillos que anuncian premios, comentarios desorbitantes de otros escritores o cifras de ejemplares vendidos. Por el contrario, el que sí se deja impactar o visita la librería y acude directo con el personal de venta para orientarse sobre “lo más vendido”, carece de cualquier papel en esa construcción colectiva, salvo como el aportante espontáneo que mantiene una industria.

Encuentro significativo el alcance de No leer por su desbalagada forma de organizar un volumen de reseñas, todas espaciadas, azarosas y, no pocas de ellas, producto de asombros efímeros que suelen un efecto adverso en el tiempo para quien los firma. Lidiar con el presente inmediato, labor del crítico, en las manos del narrador o del poeta se convierte en una ocasión ejemplar para iniciarse en la fiesta brava sin más formación que un arrebato sin límites. Las consecuencias no siempre son positivas aunque siempre resultan divertidas. ¿Ejemplo? Forzar una comparación entre las tentativas de Josefina Vicens y Valeria Luiselli sobre la base, me parece, de que las leyó de manera sincrónica y un hado inexplicable reveló a Zambra un intermitencia con la suficiente textura como para sugerirla. O exhibir otro capítulo vivido a título personal del empacho que ha producido la literatura de Roberto Bolaño.

No leer es un libro del gusto literario y, por lo mismo, incluso pese a lo dicho, llama a la celebración. Es de la clase de títulos que es un proscrito de las ventas, destinado casi en exclusiva a los lectores de quien lo escribe y, como en este caso, críticos que comentan libros y buscan libros que, a su vez, comenten otros libros. La sensibilidad lectora de Zambra permea el volumen. Si fuera el único título que publicase de este tipo, quedaría como un lector más bien holgado, que no se enfrenta a grandes retos sino que permite que lo más reciente dicte la agenda de su brújula. Cada quien hace sus saltos de riesgo. Esto, que podría leerse como una crítica, en realidad es el señalamiento de un síntoma en una generación que experimenta el presente literario como una reducida mesa de novedades en donde con suerte habrá algunos títulos más que aquellos que escriben sus amigos o personas relacionadas por motivos editoriales. El mundo, para fortuna de quienes no caen en esa trampa, infantil trampa, es ancho.

A resultas, este no es un título que deba leer por fuerza quien sigue la narrativa de Zambra, cada vez más paradójica desde Facsímil (2015), ya que apenas le revelará algún aspecto de su proceso creativo. Debe ser leído, de manera general, por quienes viven los libros como la realidad más indiscutida y acaso la única. Me refiero a quienes no disocian la palabra del objeto, mamíferos en peligro de extinción.