La literatura es una arena de acción tan extensa que admite lo mismo despliegues de religiosidad, que autoerotismo o la desnudez ficcional más insólita. A la manera de un sello personal de los autores, revela la psique más profunda incluso en contra de la voluntad de quien escribe. El aspecto social de la literatura se amplía hasta límites insospechados cada que se inaugura una nueva generación, y entonces la partida del ajedrez literario inicia de nuevo.

Si, como refiere Juan Goytisolo, los escritores se dividen entre quienes ejercen la literatura como una carrera profesional y quienes se entregan a ella como un empeño vital, Antonio Calera-Grobet (CDMX, 1974) pertenece a esta última taxonomía por su diversidad, abundancia y el tipo de labor discreta que nunca deja de avanzar. Sed Jaguar (2018), su entrega más reciente, subraya que le interesa el lenguaje, lo que no debe sonar paradójico aplicado a los escritores, ya que puede hallarse toda suerte de malabaristas que lo utilizan con un fin meramente utilitario, sea para consignar su fortaleza en la ingesta de alcohol o para compilar retazos de periodismo descarnado, hoy puesto de moda debido al clima de violencia que vive el país.

Sed Jaguar es un libro tenso de sonoridades. En diálogo con las imágenes del artista Demián Flores, en las que se diría que una extraña viruela ataca a los sobrevivientes de un mundo en ruinas, Calera-Grobet se instala en esa geografía presurosa del apunte que se estira según el requerimiento de los lectores. Hay una línea sutil que se recorre en estas páginas, y que lo mismo puede direccionarse hacia cualquier punto del espacio para desde ahí reimaginar cómo la palabra —y más aún: la palabra sonora— puede ayudarnos en la construcción de un nuevo edificio de valores. Cito in extenso la pieza “Tu y yo” para probar lo dicho:

Yo todo toro y tú que no querías, toro yo que te quería querer, querida, pero tú querías serlo por otro querer, no un toro ese otro, acaso novillo que sería. Y quisiste así al tal otro, mero loro sin decoro, pura pose sin Poesía. Pero uno así no es ninguno: por lo menos no un toro, querida mía: sólo una canasta de casta vacía. Poseerte como todo yo quería, levantar juntos por el mundo la Poesía, ser para ti un toro de verdad, pero tú no lo quisiste, vida mía. Y mírate: que ese otro querer te quiere ahora sin que sientas que cimbra tu vida, canasta tú también de versos y embelesos vacía. Y mírame: yo toro solo aquí, sólo soleando por la ganadería, en la ganancia sola de la nada, puras naderías y sin Poesía: carne agusanada, bulto de porquerías, saco de recuerdos y huesos, ya ni de toro, casi sin vida, que vale menos que nada sin ti, querida mía.

 

Estamos ante un volumen que llama a ser leído en voz alta. Y no me refiero sólo a la plaza pública. Cualquier sitio, incluso la soledad, es el mejor espacio para escuchar cada línea como si se tratase de un mantra, ya que la plastificación que Calera-Grobet logra en estas páginas, que además están ensambladas en un solo aliento, ya que ninguna de las piezas tiene un punto y aparte, se yergue entusiasta sobre su propia sombra. Leemos bloques de lenguaje de uno de los autores de la generación de los setenta que con cada entrega prueba que la literatura se puede vivir como un empeño vital sin remordimientos. El encuentro con el lenguaje puede ser un choque antes que una acicalada sin nobleza sólo para acomodar algún título en los estantes de las librerías.

Es mi convicción que esta categoría de escritor es la que arropa de mejor manera, pasados los años, a una tradición literaria. Son obras sembradas casi en secreto que llegado cierto momento se unen de modo magnético para revelar una forma visible del espíritu. El escritor que se entrega a la literatura como un empeño vital no piensa en nada más que en ella, que en acrecentarla con sus mejores herramientas, para disfrute de los lectores presentes o futuros, siempre ávidos de aquello que dejó rastro sin la pirotecnia de los agentes de prensa, que difícilmente ya pueden engañar a los lactantes.

Líneas de Sed Jaguar me confirman una intuición que albergo respecto de la obra caleriana. Hay un sesgo de sensibilidad intuitiva, diríase cuasi-religiosa, que se fundamenta en las palabras y en el gozo de la experiencia siempre que pueda transmutarse en otra realidad. Es el mismo caso de Thoreau, que se sintió minúsculo en medio del bosque y de Kant que pedía mirar el firmamento para comprobar la existencia de Dios. Calera, menos estridente aunque sin duda más certero, confirma que la escritura permite hermanarse con otros hombres y con la memoria; que tiende un puente entre la historia personal y colectiva y que, al final, nos permite diferenciarnos de todo aquello que no somos nosotros, incluso en la visión más panteísta que pueda imaginarse.

Calera-Grobet no detiene la siembra de sus símbolos y al paso saluda a sus lectores con un movimiento gentil de su sombrero.