Es insuficiente la obra que puede hallarse traducida o en francés de Robert Brasillach (1909-1945), aunque es suficiente para concluir que su muerte por motivos de opinión no sólo fue una despropósito en términos morales y jurídicos, sino también literarios y artísticos. ¿Los motivos? Su reverencia franca a la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y, de manera más puntual, el antisemitismo que no descubre por el nacionalsocialismo ya que formaba parte de su idea de intentar una renovación de Francia y limitar la influencia extranjera.

Morir a los treinta y seis años ejecutado por un pelotón de fusilamiento fue el triste destino de un joven crítico literario, teatral y cinematográfico, además de poeta y narrador, que descreyó de la democracia y eligió cierto modo de conservadurismo para subrayar que se necesitaba una refundación del hombre antes que la veneración ciega del modelo vigente. Por supuesto apenas puede leerse alguna nota en Francia sobre el aniversario de su nacimiento. Es un nombre sulfuroso, que convoca las imágenes más escandalosas de la ocupación, como la fotografía de Hitler con las Tullerías al fondo.

Charles Maurras (1868-1952), timón de Action française, fue la figura clave en la trayectoria de Robert Brasillach, que de ser un colaborador regular de la publicación logró llegar a ser el editor literario y ganó la visibilidad suficiente como para ser llamado a cuentas una vez que Francia se sacudió la ocupación alemana. Las ideas de europeísmo, motivadas por el exceso de migración, se instalaron en el debate intelectual. El fascismo ponía en prueba su corporativismo y realizaban las primeras acciones sociales de alto impacto que terminarían por generar la impresión de que su labor era de corte popular antes que elitista.

Los siete colores, novela de inspiración modernista y por lo mismo vagamente experimental, es uno de los últimos títulos traducidos al español de Brasillach. La traducción se realizó en Argentina en 2014 y luego sería publicada en España por Ediciones Ojeda. No es la obra de un gran escritor (no tuvo tiempo de concluir su formación), pero sí el testimonio de una inteligencia que no debía perecer por motivos políticos.

Alice Kaplan, por su parte, encendió la llama de su memoria pero en un sentido que etiqueta su actuación desde antes de abrir la primera página. Escribió el mejor libro a la fecha sobre el autor francés pero lo tituló The collaborator (2011). Kaplan no considero el área de sombra que habita en cada persona. Para ella el joven Brasillach era culpable y su memoria siempre llevará un asterisco a un lado, como si fuese un ente sombrío del que hay que cuidarse. Francia aún no se reconcilia con la figura del “colaborador” y lo mismo Celine que Maurras sufrieron duros reveses en los años pasados, por lo que hace a la preservación de su obra a los necesarios homenajes por su aporte cultural.

El talento de Brasillach como crítico quedó probado con su biografía de Corneille (1938), sus notas sobre clásico de la dramaturgia francesa. En el ámbito de la crítica cinematográfica e histórica, con la Historia del cine (1935 y 1943) e Historia de la guerra de España (1939), el gran evento que marcó a la generación que vivió las consecuencias de la Gran Guerra. Ambos libros firmados conjuntamente con Maurice Bardèche, por entonces su cuñado.

En retrospectiva, la muerte de Brasillach es una claudicación de la sociedad a favor de la autocensura y la falta de libertades. El poeta francés no sólo no estaba de acuerdo con el destino que el gobierno de Francia había elegido para los franceses. No se mostró conforme con el estado de la sociedad y actuó en consecuencia. El final de la guerra, sin embargo, sería un amargo despertar para quienes se inclinaron por la tentación autoritaria. No fueron pocos. Incluso llegaron a México los ecos de la idea alemana, que proponía una novedosa cosmovisión del hombre, armada con elementos esotéricos y vitalistas para limitar el avance de la ruina moderna. José Vasconcelos sería uno de los entusiastas que no dudó en saludar el proyecto alemán, al menos en un inicio.

Brasillach ejerció su libertad y se inclinó ante una bandera que terminaría defenestrada, pero el ejercicio de coraje y temple que se requiere para oponerse a tus connacionales en tiempo de guerra germina cada cien años. Él lo tuvo. Lo convenció la propuesta del nacionalsocialismo con su llamado a revitalizar al héroe para hacer de él un modelo de conducta. Su destino fue perecer por una idea y eso nunca debe ser juzgado como una ligereza.