[La lírica española es una de las más vivas de la lengua. España no deja de producir poetas vigorosos, con un proyecto que es brote y roca fundacional a un tiempo. Esta selección de ocho voces es una prueba de ello.]

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Juan Bufill (Barcelona, 1955)

No siempre hace falta la profusión para probar un temperamento poético. Antinaufragios (Vaso roto, 2014) mostró a este autor barcelonés como devoto de la clase de síntesis que siempre es algo más que las cortas palabras que la enuncian.

Cada una de las piezas que integran este volumen, juegan a transmutarse a sí mismas durante el instante misma de ser leídas. El resultado es un decantado volumen de poemas, decantados por una expresión exigente y devotos de la persecución del escollo. La proximidad de otras disciplinas, como la fotografía y el video, nutren su poética hasta volverla un retador paseo de sombras, en donde no importa el sentido del viaje sino evitar la inmovilidad.

Líneas de Antinaufragios dialogan con la realidad digital y el lector más atento a las expresiones multimedia hallará en sus versos un lenguaje cifrado de códigos y señales. Bufill reordena el lenguaje poético, deja de lado las obligaciones al ritmo y la respiración y se entrega a la construcción de objetos que son hologramas, que son códigos binarios, que son brotes de vida actual.

 

Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960)

Es amplia la obra de este autor a la par en otros géneros, pero se elige la faceta lírica por su facilidad para variar el registro, además del permanente juego de sombras a partir del cual puede leerse el conjunto de su obra. Luego de diversos títulos de poesía, la publicación de Trama de niebla (1982-2000) (Tusquets, 2003), lo subrayó como un poeta de inquietudes encontradas/concentradas, a partir de las cuales, a la manera de anillos concéntricos, él entrecruza para que se fecunden mutuamente y anden hacia otros ámbitos de la experiencia humana.

Es, sin duda, uno de los autores que ameritan una lectura a detalle, con atención a cada una de sus aristas con la curiosidad de quien utiliza las manos para conocer la textura de los objetos. En Las identidades (Visor, 2012) arquea el registro hasta dejarlo en los huesos para curiosidad de sus lectores, que lo adivinan entre líneas con la satisfacción de quien observa el mecanismo que lo hace funcionar.

El otorgamiento de varios de los premios canónicos de la escena española (léase: Nadal, Loewe, Nacional de Literatura de España, y otros no menores), confirman que no habrá modo de acercarse a la literatura española contemporánea sin una visita a su obra.

 

Esperanza López Parada (Madrid, 1962)

Si es que la poesía aún ofrece la posibilidad del repliegue ante las ofensivas del mundo, con el objeto de hacernos de armas para regresar a la batalla de modo más enérgico, la línea de sombra de los versos de esta autora coadyuva a la materialización de su posibilidad. López Parada escribe crítica literaria y poesía, la que nunca es tan suficiente como lo quisieran sus lectores.

La publicación de Las veces (Pretextos, 2014) le permitió integrarse al gusto de los lectores mexicanos y acaso latinoamericanos. A ese poemario le acompañan tres más, que destacan por su persecución de lo humano: Los tres días (Pretextos, 1993), El encargo (Pretextos, 2001) y La rama rota (Pretextos, 2006).

El hilo conductor más visible de su poética es una forma sutil de perplejidad ante los fenómenos del mundo, que se traduce en un deseo de expresarlo que resulta imposible de silenciar. Líneas oraculares, que ofertan una forma de comprensión temporal, sus versos llevan a los lectores hasta ese punto en que las preguntas deben ser replanteadas debido a la falta de certezas.

López Parada, dueña de una expresión sin titubeos, deja atrás la poesía de fórmulas para instalarse en una geografía personal de signos. La suya es un tipo de poesía “de gran rigor y corte intelectual”, según Juan Cano Ballesta en Poesía española reciente (1980-2000) (Cátedra, 2001).

 

Aurora Luque (Almería, 1962)

Al menos dos libros —Carpe noctem (Visor, 1992) y Camaradas de Ícaro (Visor, 2003)— revelaron a los lectores la poesía de esta autora, conocedora del mundo clásico, mismo que se hace presente en el ritmo y el aliento de cada uno de sus poemas. Luque, especialista en la antigüedad griega y latina, pone a disposición del lector el caudal de modalidades para nombrar a la realidad, a partir del verso, según los antiguos maestros.

Es una obra de profunda sensibilidad e inteligencia, que gana solidez con cada una de sus entregas. Médula. Antología esencial (2014), publicado por el Fondo de Cultura Económica, puso a la vista de los lectores de la lengua española una de las obras poéticas más distinguibles del tiempo presente, en la que ecos del pasado clásico se nutren con la experiencia más inmediata. La obra poética de Luque será una de las más buscadas en el corto plazo y, por lo mismo, debe ser conocida a todos los niveles.

A este momento, debido a la mala distribución o a su expresión intelectual, es apenas conocida por los más dedicados lectores de poesía aunque su lectura es indispensable para intentar un entendimiento más hondo de la historia poética de nuestra lengua.

 

Javier Corcobado (Fráncfort, 1963) 

Debido a sus orígenes como cantautor de música rock, siempre a caballo entre los estertores de la depresión punk postgótica y cierto culto al ruido que ha dado canciones de relevancia, coreadas al alimón por un reducido grupo de entendidos, la obra literaria de esta autor ha sido relegada como una rareza.

Chatarra de sangre y cielo (Ediciones Libertarias, 1991) fue su primera entrega, hoy vuelta una estación de culto, sin embargo, la reunión de Yo quisiera ser un perro. Poesía completa (1991-2007) (El Gaviero, 2007), lo resaltó como un poeta lírico que conoce la tradición aunque busca escaparse de ella con estrategias de astucia. No es una poesía que será celebrada por el erudito, preso de los modelos que impone el salón de clases, y también porque su público es aquel que padece la existencia como una ciudad de asfalto que se calienta por las pasiones del celo.

Llega la hora inaplazable en que la tradición literaria lo lea para integrarlo en ese un canon extendido, en el que se recoge a los raros, los excéntricos y a quienes juegan pero con sus propias reglas.

 

Vicente Valero (Ibiza, 1963)

Hay obras poéticas que germinan en la discreción, en el goteo que por negarse al estruendo parecen menos significativas, pero no lo son. Pareciera que, casi en la distracción, Valero siembra algún título en las mesas de novedades, que es apreciado por quienes han seguido una obra poética que se adivina frágil aunque en la relectura libera toda su energía. La poesía de la experiencia, sin ser del todo cotidiana, admite refundaciones.

Libros como Vigilia en Cabo Sur (Tusquets, 1999) o Libro de los trazados (Tusquets, 2005) dan cuenta de esta capacidad para dejar hilos de luz al paso, a la manera de los faros que ayudan a los barcos en su llegada a costa. El suyo es un método de construcción lenta, en donde la verbosidad no tiene espacio de acción y entonces se opta por un avance lento y meditado.

Su interés —muy entendible— por Walter Benjamin y por Juan Ramón Jiménez, le ha dotado de una indiscutida capacidad para la comprensión del lenguaje, en un entorno que venera la profusión por encima de cualquier otro principio. Una de las trayectorias que conviene seguir aunque nunca será fácil hacerlo.

 

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967)

Fernández Mallo se refiere a sí mismo como un poeta, antes que como un narrador o ensayista. Su formación profesional de físico le ha provisto con herramientas para cuestionar los límites de la literatura, impulsando su expansión hacia terrenos que pudieran imaginarse como poco literarios.

Es una referencia constante en los medios informativos españoles, en donde arroja con opiniones picantes sobre la nueva literatura, la “postpoesía” y, en general, sobre los registros actuales por explorar para quien se proponga la escritura como medio de acción social, antes que como un modo de ponerse las pantuflas.

La publicación de Carne de píxel (DVD Ediciones, 2008) supuso un avance estratégico en su consolidación poética, al que siguió Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998 – 2012), (Seix Barral, 2015), ambos títulos lo muestran como portador de una idea renovadora del discurso poético. Es una de las trayectorias más sugestivas del panorama español, ya que cada una de sus entregas es un salto de riesgo y nunca una aceptación acrítica del canon poético.

 

Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973)

Luego de participar en diversas antologías y de publicar varios títulos con poemas de notable manufactura, la publicación de Las pequeñas espinas son pequeñas (Hiperión, 2013) confirmó que Lanseros tiene un proyecto poético que peleará por abrirse paso. De fina sensibilidad y con algo de compromiso social respecto al alcance de la poesía, su lírica rescata algunos ecos del romanticismo español e inglés para contrastarlo con las vejaciones de la actualidad más inmediata.

Traductora de autores como Edgar Allan Poe, Lewis Carroll y Louis Aragon, Lanseros asume la poesía como una permanente batalla contra el mundo, en el que sólo se puede triunfar mediante estrategias llanas de salvamento, como la belleza en la expresión y el delicado sentido de la permanencia en la comunidad.

Su entrega más reciente, Matria (Visor, 2018) subraya su idea de una lírica galopante de instantes que entrechocan para motivar una respuesta en el lector. Una de las voces poéticas que conviene mantener en el radar.