[De los “Ensayos imaginados”, un fragmento.]

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Por lo demás, no se ignora que Schopenhauer despreció al género humano. Lo hacía con esa vena que no admite reproche, pues el desdén iba fundado por razonamientos y pruebas históricas irrefutables que constituían, además, un escupitajo inevitable en la totalidad del homo sapiens. Sin embargo, pocos saben que el filósofo alemán suplió ese desprecio con la veneración absoluta por los perros, a quienes juzgaba seres vivos cuya supuesta simplicidad tenía mucha más fibra que los aparentes logros de los hombres. En alguna caminata crepuscular con el weimaraner, encontré a un viejo conocido que sugirió que buscase algún comentario, alguna impresión sobre el perro, en el Epistolario de Weimar, de Schopenhauer. Sabía, de manera parcial, que el filósofo tenía afecto por los perros; ignoraba, no obstante, que existiese un volumen que compendiara sus cartas desde Weimar. Por una asociación natural, un evento como la creación del weimaraner, para el espíritu refinado de un individuo como Schopenhauer, quien además, por sus obras y confesiones personales sabemos que procuraba asistir a eventos públicos, difícilmente podría pasar desapercibido. Se puede alegar que por aquellos años al joven Schopenhauer le importaban menos los perros que asegurarse una cátedra respetable de filosofía, más aún cuando el espectro de Hegel por un lado, y Goethe por el otro, eclipsaban con su brillo el horizonte del pensamiento alemán. Y acaso europeo. No obstante lo anterior, sería demasiada libertad abandonar al olvido el apasionado interés que tenía Schopenhauer por el mundo de los perros. El weimaraner, según los libros especializados, se comenzó a desarrollar en Weimar en los albores del siglo XIX por el gran duque de Weimar, Karl August, quien era un apasionado de la cinegética y anhelaba desarrollar una raza de perros especializada en el cobro y caza menor directa en los amplios valles alemanes, en los riachuelos vadosos y en las zonas boscosas, bajo el cielo eternamente nublado de Alemania. Tardé más de un año hallar el ejemplar de las cartas. Todas las librerías de viejo confirmaban haberlo tenido durante muchos años y de pronto verlo desaparecer como si se tratase del best-seller del momento. Supuse que me era una tomadura de pelo y que era el mismo argumento para todos los potenciales compradores de cualquier libro. La bibliografía académica sobre Schopenhauer, en la Facultad de Filosofía y Letras, consignaba el ejemplar como apenas un volumen para profundizar la relación temprana entre Goethe y el filósofo alemán, así como para conocer algo más de Schopenhauer respecto de su relación con Johanna. Finalmente, después de hallarlo, leí el libro en dos ocasiones. La primera rebosando de entusiasmo; la segunda, con un sopor preocupante. Increíble que el filósofo que terminó hablando del género humano con ese realismo tan lacerante, haya resultado tan obsequioso con los logros y la posición de Goethe. Llama la atención, además, que Schopenhauer pueda ser, a ratos, tan superficial. Algo inaudito para un filósofo que abrazó al final de sus días el budismo como forma y modelo de conducta. Aquel volumen de cartas me reveló que Schopenhauer no se enteró que el gran duque de Weimar, por los mismos años y en la misma ciudad, desarrollaba una ejemplar raza de perro. Acaso fue que el editor—porque el ejemplar era una selección de cartas—, para evitarle al lector misivas que juzgó innecesarias, habría suprimido las referencias al perro, preocupación lejos de sus magnas obras de filosofía y sus vértigos sentimentales. Era, entonces, imposible saber si Schopenhauer, contrario a Karl August, canófilo de cepa, tuvo algún interés temprano en la crianza y desarrollo de razas de perro. Consta una pintura del gran duque de Weimar, en la que aparece sentado, con las mejillas rosadas, un largo bastón entre las piernas y un perro durmiendo plácidamente en su regazo. Es cierto que en un primer momento deseé que aquel perro fuese un weimaraner, pero los tiempos no coincidían: Karl August está representado como veinteañero, amante de la vida libre y los paseos crepusculares por el campo, y el weimaraner, obra de vejez, fue su aportación más refinada, misma que elaboró con precisión de relojero. Años de dedicación y de avanzar a tientas. Parece escrita para el gran duque de Weimar la cita que utiliza Schopenhauer en una carta, propiedad de Giordano Bruno, en De inmenso et innumerabili, L. VIII: Nam Ceasar nullus nobis haec otia fecit, o “pues ningún césar nos ha otorgado esa musa”. Y sólo Karl August, como no lo hizo Goethe ni el mismo Schopenhauer, se enfrentó al vacío de cruzar perros ejemplares con las cualidades que deseaba para hacer aparecer al denominado “fantasma gris”. La duda que sobrevive es confirmar si el filósofo alemán veía al perro sólo como compañía, como uno de esos seres que viven en una casa y no tienen otra ocupación que vivir bajo la estufa—lejos de las crueldades del invierno alemán—o si, por el contrario, Schopenhauer vivía preso entre su pasión por la filosofía o por la vida al natural, lejos del trajín mundano, empecinado por lograr que el perro, además de compañero de vida, pudiera serlo también de trabajo.

[Foto: William Wegman]

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