[De los “Ensayos imaginados”, esta geografía idéntica.]

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Difícil saber si Bruce Chatwin tuvo algún fundamento—real, literario o acaso sólo intuitivo—, para referir en una página de Colina negra, libro singular donde los haya, si el islote de Rockmoore, al parecer situado a treinta millas náuticas de Douglas, frente a la Isla del Hombre, Mar de Irlanda, está rodeado, en efecto, de riscos impenetrables quedando sólo un acceso: la Escalera de la Pretendida Virgen. Una escalinata, cuentan, estrecha y fluctuante a capricho de la marea, en particular durante los meses de abril y mayo. Viajeros confirman haber entrevisto el islote de camino al puerto de Liverpool, aunque ningún testimonio es fidedigno. Ni aún el que aportó National Geographic, edición internacional, al presentar cuatro fotografías que no lograron la aprobación general, pues la porción de mar que rodea al islote tiene una claridad turquesa, demasiado caribeña. Además de que, miradas con atención, las pendientes carecen de la verticalidad obligatoria que les ha dado fama, quedando en una línea apenas recta, plagada de imperfecciones. Si fue una epifanía consecuencia del hachís o si, en verdad, Chatwin tuvo oportunidad de divisar el islote, es poco relevante considerando que es posible leer en una traducción fiable de Sir Gawain y el caballero verde, referencias explícitas sobre las variaciones de tono que tiene el mar que circunda a Rockmoore, en una tarde cualquiera. Aunque sobre la forma de la escalera, el número de peldaños o el grado de inclinación de la pendiente, parece haber sólo misterio. Páginas de aquel relato confirman que el caballero, ni tan verde ni tan caballero, vivía poseído por la idea de andar inmerso en medio de una espesura de tonos verdosos, al grado de quedar, él mismo, verde. Pero alejen la imagen del bosque de Birnam, ruina de Macbeth, ya que sobre Rockmoore perdura cierta usanza secreta respecto a la supuesta gloria de morir estrellado contra las rocas, logrando un ascenso inmediato al cielo. Porque lo que importa de este islote son las alturas, a la manera inglesa, aunque mucho más elevadas que los acantilados blancos de Dover, visibles cuando se cruza en barco de Francia al Reino Unido. Las formas de Rockmoore, refiere George Steiner en Errata, son sinónimo de perfección ya que no son escarpadas, tal como lo reclama el imaginario occidental. ¿La razón? No son abruptas ni escabrosas: su verticalidad es una línea continua, interrumpida sólo por el mar y su límite con dirección al cielo. Pero olvidemos el comentario de Steiner, que sostiene haberlo escuchado en un tren de camino a Suiza, atestado de húngaros, cuando la prioridad era abandonar Alemania. Es posible entender la fascinación de Chatwin, pero difícil que tantos hayan ido a morir a sus peñascos. El asunto cobra relevancia porque se sabe que Sir Gawain rompió el código de honor de la caballería en el punto más alto del islote, en compañía de mujeres probadas en el arte de entretener caballeros. Esta aparente ironía en la historia del mito, al igual que la cuestión homérica, aún espera respuesta por parte de los medievalistas—en particular franceses (de la Guyana)—, estando por un lado quienes la juzgan un debate bizantino y, por otro, siendo los menos, quienes la refieren como un obstáculo para develar el misterio de los rosacruces, caso de Frances Yates. Ahora bien, de la lectura atenta al poema épico es posible deducir que, en efecto, el caballero derramó, al menos durante tres noches y en incontables ocasiones, el líquido masculino probatorio del disfrute—nada verde, sino blancuzco y pegajoso: de vil mortal—, para después limpiarse en el tejido rugoso de las sábanas. Detalles conmovedores del poema. Anoto lo anterior porque meses atrás viajé a la Isla del Hombre y ahí pude escuchar, de primera mano, a entusiastas que hablaron de visitar Rockmoore, al calor de unas ales servidas en pintas. Conmovido por la pronunciación tan exacta de la lengua inglesa, hice explícito mi interés y al instante fui tildado de naive. Tres días después, no obstante, logré convencer al dueño de un pequeño naviero de llevarnos a divisar, siquiera, el islote de Rockmoore. Momentos antes de partir, el capitán me hizo saber sus dudas. No era el importe—que juzgó generoso y más: inesperadamente oportuno—, sino la leyenda alrededor de esa geografía mágica. «Al acercarse demasiado», dijo el anciano, «los navegantes no resisten el impulso de desembarcar en la escalera, y una vez ahí, como por un embrujo endiablado, suben a la parte más alta para arrojarse al mar, que los devora como Escila. El tránsito a la muerte es pausado, a la manera de un oleaje infantil.» Ofendido por la referencia al monstruo griego, le hice saber que me parecía una engañifa, sostenida por temores infundados. Él agitaba la cabeza, levemente. Sin quedar tranquilo, zarpamos. Recuerdo, de pronto, la cadencia narrativa de la historia de los hermanos de Gales, relatada en Colina negra, ya que el mar, tormentoso y abrupto, se esforzaba por entorpecer la travesía. Chatwin a mi lado, fiel Virgilio: «Audentes fortuna juvat» o «La fortuna favorece a los audaces.» Ignoro si se menciona en Sir Gawain el mal clima alrededor de Rockmoore. Quizá su autor, anónimo, juzgó natural suponer que el viajero intuiría que aquel mar sería turbulento por naturaleza, al igual que los hijos de Irlanda. La geografía moderna habla del islote, en lo general, como una isla en miniatura con apenas arraigo en el fondo del mar—si es que alguno tiene—, pero también lo llega a considerar un pequeño continente. Pangea diminuta y retazo de tierra que flota y circula al eterno capricho de los vientos. Vagabundo de las aguas: errante de un mar incierto. El pentagrama en el escudo de Sir Gawain yace lejos, en los confines del mito, en tanto subrayo líneas al vuelo, con una pluma Montblanc, edición George Bernard Shaw, cargada con tinta “irish green”, la traducción que J.R.R. Tolkien hizo del poema.

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