[De la serie “Los emigrados”, esta plática con Sandra Hernández, diseñadora mexicana residente en Canadá. Búscala en Twitter como @Vita_Flumen.]

*

¿Porqué emigrar a Canadá, Sandra?

Vivir en el extranjero ha sido una idea que he tenido desde niña. Después de un par de mudanzas dentro del país—mis primeras emigraciones—, y de pasar algunas temporadas fuera de él, me quedó claro que tenía que seguir mis instintos. Tardé un tiempo en llevar a cabo mi plan. La vida cotidiana nos atrapa y nos pone la trampa de los apegos. Tenía mi cátedra en la universidad, actividad que me llenaba de vida y me hacía muy feliz. A eso súmale la familia y los amigos entrañables, una vida casi perfecta. Emigrar, a los ojos de muchos, era una estupidez, un capricho. En el verano del 2005 visité Canadá de vacaciones y fue amor a primera vista.

—¿Qué idea se tiene en Canadá de México?

En general, los canadienses son gente reservada y respetuosa. En el trato cotidiano, no tienen la costumbre de expresar sus opiniones, mucho menos si éstas pueden incomodar a alguien más. Me atrevería a decir que el estereotipo impera en la imagen que los canadienses tienen de México. Lo deduzco a partir de sus reacciones y el tipo de preguntas que hacen. Cuando les digo que soy mexicana, se asombran porque “los mexicanos no tienen los ojos verdes” [Sandra tiene ojos verdes].

Me preguntan con genuina curiosidad si tenemos luz eléctrica o si mi familia es azteca o maya. En una ocasión, mostré una foto de la ciudad de México a un grupo de colegas, en el fondo se veía una agencia Mercedes-Benz y ellos me dijeron que eso no era México, que eso era Montreal. Hay mucha ignorancia y tal vez poco interés por nuestro país. Es increíble la cantidad de gente que viaja a México. Su destino principal: Riviera Maya. Van por una semana a encerrarse a un hotel all inclusive para tomar el sol y descansar. Son pocos los arriesgados que saldrán uno o dos días a las pirámides o a Xcaret. Ir a un restaurante en Playa del Carmen es casi una aventura extrema. Regresan diciendo que en México “se come muy bien” porque el hotel en donde se quedaron tenía un buffet lleno de frutas tropicales, o porque las pizzas del restaurante eran sabrosas y de porciones generosas.

Vuelven con la imagen de las casitas que ven a lo largo de la carretera que va del aeropuerto a su hotel y piensan que todos vivimos así. Los medios de comunicación tampoco ayudan. Las noticias solo hablan de la inseguridad, el narco y la corrupción de nuestro país. Más de una vez me han dicho que soy muy afortunada por no vivir más ahí. Reitero que hablo del común denominador. También me he encontrado con gente que conoce México mejor que yo y sus comentarios e impresiones son verdaderamente conmovedores. Aprecian—y envidian—, la riqueza de nuestra cultura y esa joie de vivre con la que nos desenvolvemos.

Cada año, cientos de campesinos vienen a trabajar por tres o cuatro meses en los campos de cultivo canadienses. Esto es gracias a un programa de intercambio que hay entre los dos países. El gobierno de Canadá emite las visas de trabajo y paga todos sus gastos incluyendo un buen seguro médico. Un esquema donde todos ganan. Los mexicanos obtendrán por estos cuatro meses el dinero que necesitan para vivir durante todo el año en su país; los canadienses tendrán quién se ocupe de sus tierras porque los locales ya no lo hacen más. Estos campesinos forman parte de la vida estival de algunas ciudades y se han ganado la simpatía de la población. Los empleadores se desviven en elogios y los catalogan de gente trabajadora y amable.

¿Cómo fue el recibimiento por parte de los canadienses? ¿Qué tan grande es la comunidad mexicana en Québec?

En general, el recibimiento de los canadienses fue cálido y amistoso. Sienten curiosidad por las razones que una mexicana pueda tener para haber escogido Québec para vivir. Es esa su primera pregunta: ¿Por qué Québec? Después quieren saber cuál es mi impresión acerca del invierno. Les digo que es precisamente la nieve y los menos treinta grados centígrados lo que me trajo hasta aquí—bromeo—e inmediatamente me los echo a la bolsa. Se conmueven al notar que he aprendido su lengua y los desarma el hecho de que haya elegido esta tierra—rechazada por muchos—para vivir.

La mayoría de los mexicanos que emigran a la provincia de Québec se queda en Montreal. Las razones: una ciudad con más oportunidades, más abierta a los inmigrantes y con un mejor clima. En la ciudad de Québec, donde resido, la comunidad mexicana es pequeña y dispersa. Desconozco las cifras. En mi opinión—basada en mi experiencia y comentarios de algunos compatriotas—, la mayoría busca integrarse con los quebequenses, por lo que, a diferencia de otras comunidades de inmigrantes, el grupo de mexicanos está bastante diluido, borroso.

—¿Cómo se vive el multiculturalismo en Québec? ¿Qué tan animada es la vida cultural canadiense?

Con respecto a las preguntas que me haces, debo decirte que la provincia de Québec tiene dos mundos diferentes: Montreal y Québec city.

Montreal es una ciudad cosmopolita definida precisamente por su multiculturalismo. Caminar por la calle de Ste-Catherine, poco importa el día o la hora, es una muestra del catálogo de gente, lenguas y culturas que cohabitan en esa ciudad. Los montrealenses están acostumbrados a pasar del inglés al francés sin esfuerzo y nadie levantará la ceja ante un acento diferente o un francés mal hablado. El encanto de Montreal radica en su heterogeneidad y la convivencia de todas sus etnias es natural y armoniosa. Y la vida cultural montrealense es un reflejo de su sociedad. En esta ciudad encontrarás expresiones artísticas impregnadas de este mestizaje cultural, vanguardistas y, en cierta forma, osadas. La sociedad montrealense tiene sed de cosas nuevas y diferentes y está siempre abierta a dejarse sorprender.

Mientras Montreal es vanguardista y arriesgada, Québec city es conservadora y cauta. Aquí se consume arte local, hecho por artistas locales y, muy importante, en el idioma local: el francés. Los quebequenses defienden su idioma y su cultura con una devoción admirable. Esta ciudad ha sido cuna de grandes artistas como Guy Laliberté (creador del famoso Cirque du Soleil) o Robert Lepage, y los quebequenses están muy orgullosos de ellos. Con respecto al multiculturalismo, la sentencia es clara: si no hablas francés, no tienes nada que hacer aquí. Los quebequenses se mostrarán receptivos a las expresiones artísticas de otras etnias siempre y cuando éstas no supongan una amenaza a su lengua y cultura.

En términos de arquitectura, Sandra, ¿qué está pasando en Québec?

No es una pregunta fácil, ¿sabes? Me acuerdo que hace como diez años vi en la televisión una entrevista que le hicieron a Ricardo Legorreta. Hablaba de su trayectoria como arquitecto y del ejercicio de la arquitectura en México. Después de contar un par de anécdotas, concluyó que México era un país con cien millones de arquitectos. Me pareció una observación genial porque siempre he creído que los mexicanos somos diseñadores natos. Y algo que me ha sorprendido en Québec, es que los arquitectos son—en su mayoría—, gestores. Las condiciones climáticas y, en consecuencia, los métodos de construcción utilizados en esta zona aparentemente no dejan mucho espacio para la creatividad. Mantener calientes los espacios interiores durante seis meses, conservarlos libres de humedad (el peor enemigo) y luchar contra el peso de la nieve que se acumula por todo este periodo es la prioridad en la concepción arquitectónica. El diseño viene—o venía—, después.

El papel del diseño apenas empieza a tomar un lugar importante en el ejercicio de la arquitectura en Québec. Me atrevería a decir que eso es lo que está pasando. Y Montreal lleva la delantera en esta evolución que se está gestando. Firmas como Saucier + Perrote comienzan a destacar en el panorama internacional ofreciendo arquitectura de vanguardia y soluciones visionarias. Como diseñadora que soy, creo que he llegado a este lugar en el mejor momento.

Finalmente, Sandra, ¿hay planes de regresar a México? ¿O Canadá será la primera parada de un viaje más largo?

No me imagino paleando nieve seis meses del año por el resto de mi vida, y eso en ocasiones me hace fantasear con otros destinos, con más mundo. Por otro lado, el exilio me ha ayudado a ver mi país con otros ojos y, cuando me pongo nostálgica, pienso en regresar y explotar alguno de los nichos que he logrado visualizar desde la lejanía. Creo que, a corto plazo, la fórmula perfecta sería estar seis u ocho meses del año en Canadá y el resto del año en México u otro lugar. Estoy trabajando en ello y, mientras tanto, estoy abierta a las oportunidades que se me presenten.

[Foto: SH]

*

Twitter: @LBugarini