[Una nota sobre el director griego Theo Angelopoulos, con imágenes de su película “El prado que llora”.]

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Ignoro si pueda considerarme un cinéfilo, ya que abandoné la ceremonia de acudir a las salas de cine aunque sigo con atención algunas filmografías: Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Peter Greenaway. El cine me inquieta. Vuelvo sobre ciertas imágenes y más de un diálogo me hace perder el sueño. Pienso en Claudia Cardinale, Alida Valli, Irene Papas, Alain Delon. Tantos más y tan queridos. A fecha reciente, quedo suspendido con el cine nostálgico de Theo Angelopoulos (1935-2012), director griego de filón francés, que descubrí con La mirada de Ulises (1995).

La que fue su última película, The Dust of Time (2008), reitera los motivos que orbitan alrededor de su obra: la memoria, el tiempo, la marcha ciega de la historia. “Nothing ended. Nothing ever ends”, son las palabras en off que abren el filme, cuando la secuencia nos introduce en los estudios Cinecittá de Roma.

No es casual que en sus largometrajes demasiadas mujeres se llamen Eleni (Elena), ya que Angelopoulos se sirve de armazones mitológicos para articular una vereda intemporal por donde transita el drama humano—que cambia tan poco. Quizá ningún otro cineasta logra retratar cómo las vidas individuales padecen a quemarropa el hecho histórico. Las historias, en sus distintos niveles, se entrelazan: tragedia individual de seres mínimos y asimismo colectiva, aquella de los grandes discursos y los personajes indispensables.

Los protagonistas de sus películas habitan interregnos, edades fronterizas. Se abren o se cierran periodos de la historia. Y acaso sus actores lo adivinen. La historia de Grecia es uno de sus leit motifs (El viaje de los comediantes [1975], Alejandro Magno [1980] y La mirada de Ulises, naturalmente), pero no es necesario ser experto en ésta para entender que sus accidentes se parecen demasiado a la historia fragmentada de los países latinoamericanos: un poder hegemónico gravita sobre la espalda de las pequeñas naciones, trazando destinos en mapas apenas autónomos. En el caso particular de Grecia figura la influencia de la Unión Soviética, el mundo árabe y las identidades regionales. Luego, el desajuste provocado por la Unión Europea.

Siempre este golpe brusco de la turbulencia política, que corta destinos sin apenas preguntar.

En medio del tumulto, destaca la soledad y melancolía de las historias trágicas de persecución, romance y lucha contra el odio entre familias disímiles (El prado que llora [2004]). Y es que sin haber filmado demasiados títulos, Angelopoulos logra edificar un escolio personal y lo dota de soberanía. Sus temas, de manera obsesiva, se repiten. Una historia de amor, trágica y levantisca. Un pueblo entero que sufre. La soledad. La añoranza. El desarraigo y el exilio. La época que ya se fue.

En Lumiere & Company (1996), proyecto colectivo que agrupa un corto de los mejores cineastas actuales, utilizando la cámara de los Lumiere, el autor griego confiesa: “hago películas para endulzar el paso del tiempo”. Filmografía poética de la nostalgia. Se crean ficciones para leernos después en las huellas de la ausencia.

En sus momentos más altos, películas como The Dust of Time y otras, abordan la tarea del creador. Angelopoulos consigna el proceso de crear a la manera de un parto que cimbra el ciclo histórico. Crear estremece la vida colectiva. No es un acto en la sombra: es luz vuelta obra/objeto. Lírica de la secuencia larga y pausada. Las fronteras como configuración de un mundo que apenas cambia. De fondo, el soundtrack absorbente e hipnótico de Eleni Karaindrou, en una asociación afortunada que duró por décadas.

Presenciamos una filmografía arropada por la mirada atenta a los procesos de la soledad, ejercida en medio del ruido. La importancia de la música en sus películas fue confesión expresa de Angelopoulos. Siempre se baila. Incluso si hay cadáveres que nadie levanta. Largas secuencias de danza colectiva en medio de la tragedia. Se brinda y se marcha con los zapatos manchados de sangre. Y todos sonreímos, pues la Historia tiraniza los calendarios y la vida se va muy pronto.

Tonino Guerra (1920-2012) fue consejero permanente de Angelopoulos. Dicho por él mismo. El gran guionista italiano, igualmente escritor, lo mismo colaboró con Fellini, Antonioni, De Vittorio De Sica o Andrei Tarkovski. Un nombre que devino sinónimo de calidad en el escenario cambiante del cine europeo. Angelopoulos explicó en una entrevista que le acercaba a Tonino el guión de la nueva película y éste lo leía para sugerencias. Para Viaje a Citeria (1984), por ejemplo, el cineasta griego dudaba sobre cómo resolver la frase del encuentro del protagonista y su mujer, quien regresa a casa después de veinte años. Al final, Guerra le sugiere que opte por lo más simple y así lo hizo. El protagonista llega a casa, su mujer lo recibe, abre los brazos y pregunta a media voz: “¿Ya comiste?” Tan sólo. No hay respuesta. Sigue una secuencia larga, muda, en donde los protagonistas intercambian una sonrisa remota. Ni una palabra más.

Aunque aún no hay un solo filme de Angelopoulos en Criterion Collection, es posible ver algunos de sus títulos en Artificial Eye, o también en las versiones críticas, impecables, presentadas por el propio Angelopoulos, en el sello español intermedio. Una cita apremiante para quien cree en los poderes sugestivos del cine que siembra interrogantes y a un tiempo las refuta.

Destaca en Angelopoulos una irrenunciable visión poética del mundo. Y aún a riesgo de ser parcial, es posible ver en La eternidad y un día (1998) uno de sus momentos más altos—la cual, incluso, gana la Palma de Oro en Cannes en 1998. Bruno Ganz interpreta a un poeta cansado de la vida. Lo ronda la idea de abandono, de lejanía del mundo. Aquí la muerte como lindero. Se encuentra de manera fortuita con un niño albanés y a lo largo del filme, entre memorias cruzadas, ambos personajes se comparten la soledad del mundo moderno. Una película reveladora, que comprime fragmentos de historia griega, los abismos del multiculturalismo europeo, y que también perfila el conflicto de la interacción con el resto de los hombres.

Pero aún con su énfasis en la actualidad del relato mitológico, su cine polemiza de frente con la decadencia del mundo actual. Idea que reitera Pere Alberó, acaso su crítico más concentrado y quien hiciera el estudio de La mirada de Ulises para la emblemática colección Paidós Ibérica (1999):

“El cine de Angelopoulos recorre el siglo XX en diversas direcciones, creando, a través de sus películas, una tupida red de referencias y nuevas perspectivas, pero a pesar de esta constante revisitación del pasado, lo que acaba imponiéndose es el presente desde el que se organiza el relato. Ya fuera en las películas históricas de los setenta, donde se perseguía comprender porqué se estaba cómo se estaba; o las posteriores de los ochenta donde los protagonistas arrastraban las marcas de esa historia, particularmente cruel con la Izquierda; o en La mirada de Ulises donde la sobreposición de tiempos y de guerras evidenciaba cómo un pasado mal cerrado acaba repercutiendo en el presente; como si la historia de Europa en el siglo XX se abriera y se cerrara—solapándose—, en Sarajevo.”

No deja de ser, al menos paradójico, que su muerte apenas causó revuelo. Sólo algunos diarios hicieron una nota de memoria. Raro: murió una de las miradas cinematográficas más significativas e insólitas del cine mundial. Al igual que sucede con Béla Tarr, su manera personal de entender el cine lo llevó a cruzar umbrales a los que pocos se aventuran. Él lo hizo y regresó triunfal, a la manera griega.

Tenía setenta y seis años.

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Twitter: @LBugarini