[De la serie “Atelier de letras”, esta plática con Armando González Torres, quien publicó recientemente Sobreperdonar (2011). Búscalo en Twitter como @Sobreperdonar.]

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¿Cómo inicias tu diálogo con el decir poético? ¿Porqué escribir poesía?

Los motivos para comenzar a escribir poesía suelen ser azarosos (recibir de regalo un libro de poesía) o misteriosos (escribir porque sí) y, a veces, lo más importante es la revelación que genera el hecho de persistir escribiendo poesía.

Supongo que yo comencé como muchos escribiendo poesía por imitación y con la creencia de que era un vehículo directo y prestigioso para expresar los difusos sentimientos de la alta infancia y la primera adolescencia.

Superé esa etapa, por decirlo así, hormonal de la vocación poética y continué con la escritura y, sobre todo, con la lectura de poesía. He sido un lector ávido y desordenado, aunque creo en el concepto de tradición. Pienso que, si bien la concepción y función de la poesía es sumamente variable y las nociones de lo poético pueden cambiar radicalmente de una época a otra, si hay un conjunto de técnicas y perspectivas, así como un abanico de autores, que forma esa gran y heterogénea tradición que ningún aspirante a poeta puede ignorar o desdeñar.

La poesía es modulación del lenguaje convencional, diálogo con la tradición, pero también existe la aspiración a que sea más que eso. Con el tiempo, yo he buscado asumir la poesía más que como un género, como una forma de educación de la sensibilidad, de aguzamiento de los sentidos, como un oficio que es, también, una forma de ascesis.

Por lo demás, descreo de los signos externos distintivos de la poesía y lo que yo escribo actualmente quizá pueda catalogarse como un concepto más variable y ambivalente de escritura.

¿Cómo dialoga esta vocación poética con tu obra ensayística?

Pienso que la inspiración y la reflexión se encuentran profundamente ligadas y que la articulación poética requiere formas peculiares de estructura, precisión y concisión intelectual. Se habla mucho de formas distintivas de la inteligencia que no se restringen al coeficiente intelectual o al razonamiento convencional y, sin duda, puede hablarse de una inteligencia creativa que, siendo distinta a otras formas de inteligencia, no es menos rigurosa ni exigente.

El ensayo sería la expresión más acabada de esa inteligencia creativa. Para mí, salvo excepciones contadísimas, alguien que no es capaz de estructurar ideas tampoco es capaz de estructurar emociones. El ensayo, sobre todo en la época moderna, implica una especie de autoconciencia, de reflexividad estética que contribuye a brinda profundidad y espesor a una obra literaria.

El ensayo por un lado permite clarificar la concepción del oficio y las propias metas artísticas. También permite conectarse con la tradición literaria. Pero sobre todo, el ensayo permite salir del círculo de confort de las especialidades y, en el mejor de los sentidos, contaminarse con otros saberes y otros lenguajes. Eso invita a ser omnívoro y a apreciar la excelencia literaria, más allá de lo que le mercado o la convención denominan como literatura. Por ejemplo, mucho de la gran literatura alemana no sólo está en las páginas de escritores, sino de filósofos como Schopenhauer y Nietszche.

Un creador que no es capaz de salir de esa zona de comodidad que es un género y un estilo fijo, me parece muy limitado. En el caso de la poesía moderna, el vínculo de la creación con la crítica es mucho más natural: una vez que el lenguaje se convierte en un problema, exige la intervención de la crítica. Dicha crítica se realiza ya sea dentro del poema o fuera de éste, por lo que no es extraño que muchos de los poetas de talla del siglo XX hayan sido creadores y críticos de primer orden, como Valéry, Paz y Eliot. De hecho, en todas las áreas de la creación literaria, la crítica es fundamental.

En mi caso, la poesía y la superación de su etapa hormonal me llevó a su vínculo con la crítica. Posteriormente, me ha interesado la crítica en un sentido más amplio y he cultivado modalidades muy distintas del ensayo, desde esa ráfaga reflexiva que es el aforismo hasta el ensayo más sistemático, desde la miniatura filosófica hasta el ensayo narrativo.

[Foto: David Magaña]

Entenderás que me detenga y celebre tu visión sobre la crítica. Vivimos la era de la novela, que arrasa y eclipsa las mesas de novedades. No obstante los esfuerzos de muchos autoresOctavio Paz, uno de los más punzantes, la crítica sigue siendo una discursividad fantasmal. Apenas tiene espacio en los calendarios de publicación de las editoriales. ¿Cuál sería tu opinión del lugar de la crítica en el medio intelectual mexicano?

Concuerdo contigo en que, por desgracia, la crítica tiene una presencia fantasmal en la vida mexicana. La propensión ancestral a considerar la crítica como una afrenta personal y la importancia de las relaciones como medio de ascenso literario, inhiben la crítica y la vuelven una profesión de alto riesgo. De hecho, hay un paradójico estancamiento en la libertad de expresión cultural frente a, por ejemplo, la libertad de expresión política y en el medio cultural, gracias a un añejo blindaje de sacralidad, es posible que existan mayores restricciones a la opinión y mayor impunidad.

La crítica, en el sentido más amplio, es fundamental para la salud de una vida pública, para contribuir al diálogo plural y la formación de ciudadanos. En el terreno literario, la crítica es mucho más que la tarea rutinaria de extender certificados de pertenencia y competencia literaria. La buena crítica literaria no sólo se encarga de informar o juzgar la producción artística, sino de conectar presente y pasado, apostar por formas y valores y, de manera sobresaliente, vincular a la creación literaria con las perspectivas e instrumentos de otras disciplinas. Porque la gran crítica suele salirse de la aldea literaria y se deja contaminar por otras miradas y saberes.

En México, la crítica estaría llamada a la mediación e información entre la producción literaria y el consumo más amplio, al establecimiento de una memoria plural y fidedigna de la tradición literaria y a la extensión del diálogo literario más allá de sus limitadas fronteras naturales (los propios autores).

Por lo demás, más allá de su labor de orientación y difusión de la obra literaria, la crítica también debería contribuir a indagar en torno a la creación y sus formas de originalidad e integridad y fomentar un consenso más amplio en cuanto a mérito y demérito literario. Ese contrapeso de la crítica es fundamental para evitar que los mecanismos de prestigio y reconocimiento sean completamente gobernados por la publicidad, la influencia política o el interés de los consorcios editoriales, como lo hemos venido viendo en fallos tan polémicos y deplorables de premios financiados con dinero público.

Desgraciadamente, los dos grandes segmentos de la crítica (la periodística y la académica) no encuentran los mejores incentivos para desempeñar su labor. En el ámbito académico hay pocos incentivos para aventurarse fuera del círculo de especialistas; en el ámbito periodístico, escasean los espacios y, como sugería, abundan las presiones y los conflictos de interés. Por lo demás, la hegemonía de los géneros de entretenimiento y la concentración en autores “vistosos” y editoriales poderosas limita todavía más los espacios para crítica.

Afortunadamente, también existen nuevos medios y soportes en las nuevas tecnologías y redes sociales que permiten establecer agendas alternativas y ejercer la libertad crítica. Igualmente, existen numerosos cuadros críticos con una formación y perspectiva enriquecedora. En todo caso, el crítico emergente, para imponer su apuesta, deberá luchar contra muchas inercias.

¿Cómo se genera tu escritura? ¿Pasas directo a la computadora o avanzas en libretas? ¿Haces notas al vuelo o tienes buena memoria?

Me he habituado a escribir en las circunstancias más extremas: ya sea en mi estudio en silencio o en el autobús con música a todo volumen; tomando notas sistemáticas en la computadora o apuntando en un resquicio de papel las ráfagas que se me ocurren durante un traslado. Intento aprovechar al máximo el tiempo que robo para la escritura y adapto mi método creativo a la situación.

De cualquier manera, las notas son fundamentales en mi trabajo tanto en el ensayo como en la poesía. Desconfío de la volubilidad de la memoria y creo que la nota es un instrumento tan modesto como infalible para acumular el material a trabajar en la creación.

En el caso del ensayo, casi desde la adolescencia acostumbro subrayar, anotar y hacer sinopsis de los libros que considero relevantes para los temas que me interesan. Eso me ha servido mucho, pues a menudo la mera acumulación de apuntes te sugiere rumbos de interpretación. Por lo demás, al tener apuntes se avanza con gran parte de la obra negra y se facilita la redacción de un texto más largo y ambicioso.

En el caso de la poesía, las notas son muy distintas, no se trata de apuntes de libros, sino de trozos poéticos sobre un mismo tema que se van acumulando y van, por decirlo así, explorando y revelando dicho tema.

Sé bien que eres un lector omnívoro, sin embargo hay lecturas que organizan la mirada y la visión de los autores. En tu trayectoria como lector/autor, ¿a quién podríamos considerar como parte integrante de tu cosmovisión? Tanto por lo que hace a la poesía como al ensayo.

Admiro mucho a esos autores proteicos que buscan enlazar distintos géneros y disciplinas, que buscan esa secreta correspondencia del conocimiento y de las artes. Un autor que a mí me parece ejemplar por su manera de organizar su curiosidad por todo el conocimiento y la historia a través de una visión literaria es Octavio Paz. La obra de Paz abarca los más diversos géneros y materias pero nunca deja de ejercer la mirada y el toque de un escritor. Paz no sólo es un poeta excepcional sino que es un crítico de la literatura y un crítico de la cultura en ese sentido más amplio que enlaza historia, arte y política. Yo creo que más allá de la influencia que ejerció Paz sobre diversas generaciones, en mi caso ha influido esta figura omnívora capaz de desplegar una curiosidad desbordante en un orden peculiar.

Otros autores, con un perfil similar, que han marcado mis distintas etapas como lector y escritor son T.S. Eliot, Paul Valéry, Edmund Wilson, el hoy satanizado Sartre, George Steiner y los mexicanos Alfonso Reyes y Gabriel Zaid por mencionar sólo algunos.

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Twitter: @LBugarini